Viernes 3 de julio 2009
+ Crisis: no cunda el pánico
+ Ingobernabilidad, una fase
Si académicos aparecen
como los principales promotores del
voto nulo y del pasmo por la
ingobernabilidad, entonces esos académicos debieran regresar a sus libros de texto: en un país en cambio y transición
la ingobernabilidad es una fase en
la evolución política en las sociedades en movimiento.
Peor aún, los señalamientos
de los intelectuales, periodistas y analistas que animan el voto en blanco son
propios de una rebelión del pánico clasemediero fascistoide y no de
quienes debieran dominar la
dialéctica de la ciencia política. Al final de cuentas, en una sociedad en
cambio y en contradicciones, el voto inutilizado no genera tendencia política y se convierte en evasión de la realidad que manda las instituciones al diablo.
El tema de la
ingobernabilidad se ha convertido en un petate
del muerto para asustar incautos. El reporte del Banco Mundial refleja una
evaluación cuantitativa de la dinámica del cambio social, una fotografía que
capta el instante. El problema de la
ingobernabilidad no radica en porcentajes de ingobernabilidad o en indicadores
matemáticos incumplidos sino en su significado:
la ingobernabilidad ocurre cuando las demandas de la sociedad son mayores a las ofertas del gobierno o
cuando las instituciones de gobierno cambian menos rápido que las exigencias de la sociedad.
El asunto del voto
nulo-blanco-inutilizado es una muestra
de que la sociedad exige más de lo
que pueden darle los partidos y las instituciones políticas. Pero en una
sociedad en cambio, ha escrito el teórico de las transiciones Samuel Huntington, la violencia
política es una fase inevitable. La razón es muy sencilla: una sociedad
liberada de los yugos priístas se ha vuelto más demandante de cambios, en tanto que el PAN no ha sabido estar a la
altura de la oferta de transformaciones de fondo. Y no lo ha hecho por dos
razones: o carece de la reflexión
sobre una transición y no sabe conducirla o se encuentra en minoría frente a la consolidación del
viejo régimen priísta.
Lo que hace falta es una agenda de la transición, una dirección
política y sobre todo una conducción
del proceso. Fox y su gabinete decidieron eludir
el camino de la transición y decidieron pactar con el PRI. Calderón hizo lo
mismo con el senador priísta Manlio Fabio Beltrones para tener un poco de control de la gobernabilidad, pero ya se percató que el PRI
aprovechó esa oportunidad para frenar
los cambios institucionales, mantener el Estado priísta y preparar su regreso a
la presidencia en el 2012.
La ruptura Calderón-Beltrones --que no PAN-PRI-- disminuyó los márgenes de gobernabilidad por dos razones: Calderón no
ha podido modernizar su partido para ocupar
los espacios del PRI y Beltrones no pudo consolidar
su precandidatura a la presidencia de la república. En
medio, la ausencia de una agenda de
la transición que reforme el Estado, redefina el modelo de desarrollo y genere
nuevos consensos sociales ha conducido
justamente a la ingobernabilidad. Por tanto, la responsabilidad de la
ingobernabilidad es igual del
gobierno que del PRI preocupado por recuperar la presidencia y el PRD agobiado
por López Obrador.
Los cuatro indicadores de
ingobernabilidad que señaló el Banco Mundial revelan justamente los puntos
donde Calderón y el PAN no han
sabido tener iniciativas ni pactar compromisos. Y son también esos espacios
donde se agotó el modelo priísta de
las complicidades: estabilidad política y ausencia de violencia, Estado de
derecho, rendición de cuentas y participación ciudadana y control de la
corrupción. La violencia criminal es producto del agotamiento de los pactos priístas y el Estado de derecho requiere
de una nueva legalidad que las bancadas priístas han obstaculizado.
El voto inutilizado debe
asumirse también como un elemento de
ingobernabilidad. Se trata, paradójicamente, de una rebelión de las élites conservadoras,
aunque al frente existan intelectuales, académicos y periodistas progresistas.
Se trata del voto de la nostalgia
del viejo orden priísta. Por eso el grito priísta de “que se vayan los ineptos
y que regresen los corruptos”. La gobernabilidad del pasado priísta estaba amalgamada por la corrupción, la de
todos. Además, estaba garantizada
por la represión --desde los presos políticos hasta Tlatelolco
y el halconazo,
pasando por la Federal
de Seguridad-- y por el presidencialismo autoritario.
Un enfoque transicionista asumiría la ingobernabilidad como una etapa necesaria para construir un nuevo orden
político. Pero a condición de existir un proyecto de reformas integrales de los
tres pilares de la estabilidad: el régimen
de gobierno, el sistema político y el modelo de desarrollo. La ingobernabilidad
se convierte en un problema sin control cuando es producto de las rupturas de viejos acuerdos, sin
existir nuevos entendimientos.
La clave de la ingobernabilidad se va a percibir después de las
elecciones legislativas: quién definirá
la agenda de la transición, cuándo la va a presentar
y cómo la va a negociar con un PRI
encaminado a la restauración del viejo e imposible
orden sociopolítico priísta. Ahí se localiza el conflicto: el PRI quiere regresar a un pasado que carece, para
decir lo menos, de la correlación de fuerzas sociales y de los instrumentos de
control autoritario de antes. Por eso es que las sociedades que miran hacia
atrás quedan, como la mujer de Lot, convertidas en estatuas de sal.
www.indicadorpolitico.com.mx
carlosramirezh@hotmail.com
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