Miércoles 30 de septiembre de 2009
+ Iztapalapa: entre dos Juanitos
+ Juanito Ebrard-Juanito
Acosta
Más allá de la
picaresca al estilo PRI, el caso de Juanito Acosta logró mostrar
en todo su esplendor el estilo personal de gobernar de Juanito Ebrard:
la obediencia al Caudillo López Obrador y el ejercicio arbitrario del
poder con rangos contrarios a la ética política.
Más acá del asunto que
se convirtió en la diversión del pueblo --a falta de pan--, la solución
a la crisis política en Iztapalapa exhibió la forma de gobernar de
Ebrard y de López Obrador como un mensaje de lo que le esperaría al país
si ganan las elecciones presidenciales del 2012.
Y como parte central
del conflicto, el jefe de gobierno del DF hubo de intervenir como autoridad capitalina
para resolverle un asunto a una fracción del PRD a costa de involucrarse
en asuntos internos del PT, además de que decidió oficialmente autorizar
la creación de una zona franca autónoma y separatista en
Iztapalapa, ahora dominada por los grupos radicales e insurreccionales.
La salida de la
crisis en Iztapalapa descubrió, en toda su crudeza, el colapso de la
ética política en la ciudad de México. El jefe de gobierno intervino para resolverle
un problema a López Obrador y con ello dañar al PRD que perdió ante el
PT. Al final, el asunto de Iztapalapa sirvió para demostrar, por si hubiera
alguna duda, que Ebrard es el Juanito de López Obrador, que el verdadero
cacique político del DF es Andrés Manuel y que el tabasqueño impone
decisiones políticas que rompen con la institucionalidad y que se burlan
del sistema legal, jurídico y electoral de la capital.
Lo grave para
Ebrard fue el mensaje que quedó de sus estilos políticos de gobernar el DF. La
intervención de Ebrard no fue para garantizar la institucionalidad en
los órganos de gobierno del DF sino para resolverle un asunto enredado al
Caudillo. Ebrard careció de espacio para dar sus puntos de vista, toda
vez que en junio López Obrador giró instrucciones precisas públicas a
Ebrard de cómo burlar la decisión del tribunal electoral capitalino e imponer
por la vía de un títere a Clara Brugada como jefa delegacional.
Por tanto, la
jefatura de gobierno del DF se convirtió en la dirección de gobierno del
grupo de López Obrador y el titular de la administración capitalina quedó al
descubierto como un intendente de Andrés Manuel. El caso Juanito
fue la confirmación de lo que se había percibido desde el 2005 cuando el
tabasqueño impuso a Ebrard como candidato del PRD al gobierno capitalino
con una frase dicha en una entrevista en La Jornada: “el candidato debe
ser Marcelo”. Fue Marcelo. Y ahora se sabe para qué.
Por si fuera poco, la
función subordinada de Ebrard a los asuntos políticos de López Obrador marcó
desde ahora las posibilidades de la candidatura presidencial del grupo
lopezobradorista: el candidato del PT y, si se suma, del PRD será Andrés Manuel
y Ebrard quedará de nuevo a la cola. Si acepta la nominación por otro
partido, se repetirá ocurrido en el 2000 cuando Ebrard declinó la
candidatura del menguado Partido del Centro Democrático de Manuel Camacho para
sumarse al tabasqueño a cambio de convertirse en el delfín. Así, Ebrard va
a jugar hacia el 2006 como el Patiño de López Obrador.
Detrás de la farsa
política del caso Juanito se ocultan definiciones de fondo sobre el
ejercicio caciquil y caudillista del poder de López Obrador y la sumisión
de Ebrard. Ni siquiera en los mejores tiempos del PRI se había visto una jugada
política del vodevil tan vulgar para poner a un títere como candidato y luego
éste cederle el lugar a otra persona. Y peor aún: Ebrard negoció
con Juanito dinero en efectivo --como el que el propio Ebrard le dio a
López Obrador en septiembre de 1993 a cambio de levantar su plantón en
el Zócalo-- y algunas posiciones en la administración de la delegación
Iztapalapa. Es decir, el tráfico de poder.
Lo malo para Ebrard
fue que el caso Juanito lo mostró, en vivo y a todo color, como un
político chabacano, de modos típicamente priístas, amenazante,
chantajista y sobre todo violando el funcionamiento institucional en la
capital de la república. Así gobernará Ebrard la república si gana
alguna candidatura presidencial y vence en las elecciones del 2012. Como en los
tiempos priístas. Como si Ebrard fuera una reencarnación de Gonzalo N.
Santos, el Alazán Tostado, que tanta gloria le dio al priísmo caciquil.
Lo peor de
todo fue que Iztapalapa se quedó como territorio escriturado al grupo
político de Clara Brugada y la delegación tendrá un gobierno autónomo.
Y no se trata de una delegación cualquiera, sino de una zona franca
de tipo político y criminal en donde el gobierno capitalino y la policía
simplemente no pueden ingresar. Y a ello se agrega el hecho de que la población
de Iztapalapa ha quedado como rehén de los intereses corporativos de
grupos de poder como los Panchos Villa o de las organizaciones de René
Bejarano, trocando lealtad a cambio de la expectativa de algún taxi
tolerado, algún puesto ambulante o alguna pequeña casa.
Iztapalapa se
convirtió en una marca indeleble del estilo personal de gobernar de
Ebrard y de su falta de ética política. Así de simple. Y así de
preocupante por sus ambiciones presidenciales. Iztapalapa podría ser el aviso
del México gobernado por Ebrard o López Obrador… o los dos.
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carlosramirezh@hotmail.com
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