Miércoles 11 de agosto 2010
+ Proceso enaltece a
narcotráfico
+ Crítica sin brújula periodística
Con el título
de Proceso
enaltece al narcotráfico, el experto en medios de comunicación y director de la
revista etcétera, Marco Levario Turcott, hizo un análisis de
contenido del último número del semanario y se encontró con la con una política
editorial funcional a los intereses del crimen organizado.
El texto de Levario (www.etcetera.com.mx/articulo.php?articulo=4623)
toca los puntos de debate de las políticas editoriales parciales y
funcionales al crimen organizado. Por su interés, se reproduce casi en su
totalidad:
Desde nuestro punto
de vista, la edición de esta semana de la revista Proceso es un ejemplo
claro de la pérdida de brújula periodística entre la crítica al gobierno
federal --en particular a su estrategia contra el crimen organizado- y la
cobertura informativa que la publicación hace del narcotráfico.
Tal extravío, que no
es nuevo en esa publicación, más allá de los muchos reparos que se tengan
respecto de la política del Presidente para combatir el narcotráfico, registra falta
de compromiso con el Estado de derecho en el que se afianza la democracia.
El Coronel tuvo quien
le escriba
La crónica del
sepelio de Ignacio Coronel, hecha por la reportera Patricia Dávila, no deja
dudas, es como si asistiéramos al despido de un hombre célebre y querido por su
gente. Enaltece la violencia. Dávila describe que la partida del
personaje ocurrió mientras “esa tarde resplandecía tanto como el sol
abrasador”, en el panteón a donde “asistieron hombres, mujeres y niños de la
sierra del municipio de Canelas, Durango, lugar donde nació. También había
gente de Tamazula, donde la familia del difundo echó raíces”.
De la página 14 a la
16, el lector se entera de que Nacho Coronel se fue “vestido de forma elegante:
traje beige y camisa blanca; enmarcado su rostro por una barba oscura. Además
de informarse que el ataúd viajó en un lujoso Cadillac” y que “el cortejo
estuvo bajo el acoso” del Ejército, el lector sabe también que “en la
entrada del cementerio estaban dos orquestas que, apenas llegaron los ataúdes
interpretaron la canción 'Nadie es eterno en el mundo' y se unieron al séquito
para acompañar los cuerpos a sus tumbas” y enseguida la reportera reproduce un
estribillo.
(…)
Luego la reportera
escribe: “La gente que conoció a Nacho Coronel asegura que era un hombre de 'buenos
sentimientos', muy humano. Siempre que podía ayudaba a la gente necesitada
y siempre respetó a sus subalternos” (como se nota, Dávila no citó a una
o dos personas, incluso advirtiendo su anonimato, sino a “la gente”, y lo que
no puso en comillas nos impide saber si ella completaba o fue una transcripción
de lo que le habría dicho “la gente”.)
Sólo una vez,
en esta crónica, se advierte que Coronel era un narcotraficante.
El gobierno, asesino
En contraste con el
Coronel, y a juzgar por el reportaje de Álvaro Delgado --“En el PAN purga
sta... Calderonista”, que ocupa dos planas y cuarto, de la página 24 a la 26--
el presidente de México no respeta a sus subalternos y es intolerante.
Antes de la crónica
de Patricia Dávila arriba descrita, de la página 8 a la 10 se ubica el
reportaje de Marcela Turati en donde se hace un manejo intencionadamente
sesgado para hacer responsable al Ejecutivo de “los 28 mil mexicanos que
han muerto” (no obstante que la abrumadora mayoría, el 90%, hubiera tenido
nexos con el narcotráfico o hayan sido actores relevantes de esa actividad).
Pero Turati hace algo
más, para enfatizar en la crueldad del gobierno federal describe el
sufrimiento de los hijos que han perdido a sus padres, como “Octavio” que se
dibujaba a lado de su papá o como el pequeño Fredy también: “de tres años, no
habla mucho en clase pero un día, antes de ir, le dijo a su mamá que papi había
bajado del cielo a visitarlo y a pedirle que se portara bien: en su sueño, se
dio cuenta de que traía un 'coco' en la cabeza, en el mismo lugar donde le
dieron el balazo mortal”.
(…)
Enseguida está el
texto de Daniel Lizárraga: “Y Calderón, ante el espejo de su fracaso”.
A diferencia del
hombre bondadoso que en el lienzo de Patricia Dávila fue Nacho Coronel, en el
reporte de Lizárraga que describe las sesiones de diálogo que sobre la
violencia ocurrieron durante la semana previa a la publicación de Proceso,
el Presidente es un hombre impaciente, obsesivo y autoritario. En tres
páginas y cuarto, el reportero presenta un panorama sombrío. Más aún cuando se
lee el reportaje de Ricardo Ravelo, quien pretende documentar en cuatro páginas
que tras la muerte de Ignacio Coronel habrá “mucha más violencia en el país”.
Junto con esa afirmación, la sugerencia al lector parece ser la de que lamente
el fallecimiento de un hombre de “buenos sentimientos”.
Todos esos reportes
encuadran en una portada que reproduce un dibujo de Naranjo, en donde la
clásica representación de la parca admira al Presidente por los 28 mil muertos
que ha arrojado el combate al narcotráfico. La nota principal de la portada
dice: “La cosecha de Calderón”.
La edición no
ofrece algún material de análisis que proponga enmiendas o líneas alternativas
al gobierno para el combate del narcotráfico.
El periodismo sin
concesiones, que es la frase con la que muchas veces ostenta Proceso sus
resueltas definiciones periodísticas, significa también que, como han dicho sus
directivos, la línea editorial de Proceso no se discuta. Pese a
ello, creemos que vale la pena revisar los contenidos de los medios,
entre otras razones porque esto implica también una invitación al lector para
revisar con mayor rigor la oferta informativa que reciben.
www.grupotransicion.com.mx
carlosramirezh@hotmail.com
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