Viernes 13 de agosto 2010
+ Prensa no es seguridad nacional
+ Ataques: modelo chivo mensajero
El peor error que cometió la
prensa en el caso de los secuestros de reporteros en Durango fue haberlos
contextualizado como un asunto de seguridad nacional. Con ello, la
prensa quedó subordinada al juego estratégico del gobierno contra el
crimen organizado.
Cuando el The New
York Times tuvo la información sobre la invasión a Cuba por Bahía de
Cochinos en 1961, el presidente Kennedy habló con el dueño del periódico, Orvil
Dryfoos, para pedirle que no publicara la nota por un asunto de
seguridad nacional. El diario aceptó la (auto) censura. Meses después, Kennedy
le dijo a Dryfoos que esa censura había sido un error y que se hubiera evitado
el ridículo de EU si la información se hubiese publicado. Es decir, que la nota
no fue en realidad asunto de seguridad nacional.
Años después, en
1971, el NYT y el The Washington Post pelearon en la Corte
Suprema de EU el derecho a publicar los famosos papeles del Pentágono,
pese a la denuncia del presidente Nixon de que se trataba de un asunto de
seguridad nacional. Asimismo, la prensa norteamericana rompió el cerco
informativo en Vietnam y reportó las derrotas del poderoso ejército
norteamericano. La semana pasada, a través del sitio Wikileaks --especializado
en filtraciones-- la prensa mundial tuvo acceso a más de cien mil
documentos secretos sobre la guerra Bush-Obama en Afganistán. La Casa
Blanca quiso bloquear la difusión con el argumento de la seguridad
nacional pero no pudo lograrlo.
Las noticias, por
tanto, no caen en el terreno de la seguridad nacional. En el caso de los
reporteros secuestrados en Durango los medios aceptaron la sugerencia de
enmarcar el asunto como de seguridad nacional y con ello cayeron en los terrenos
de los intereses estratégicos del gobierno. Los argumentos de seguridad
nacional obligan a entregar la libertad de expresión a los intereses de
políticas gubernamentales. El caso de los secuestros fue, simplemente, un
asunto de seguridad pública. Y los medios deben estar preparados para negociar
por su cuenta sin la intervención oficial. Ya ocurrió, por ejemplo, con el
secuestro de Diego Fernández de Cevallos.
Las presiones sobre
los medios forman parte de la estrategia conocida como la de “matar al mensajero”
como una manera de enviarle mensajes al remitente. Al atacar a la prensa como
intermediaria, el crimen organizado busca sólo intimidar a la sociedad y
la reacción temerosa de la prensa se transfiere a la sociedad y se
convierte en parte del pánico social. Por ello se habla también del modelo del
“chivo mensajero” para atemorizar a la sociedad a través del mensajero.
La estrategia del
crimen organizado ha sido bastante audaz: atacar por uno de los flancos
débiles de la sociedad y aprovechar la falta de cohesión entre los
medios y la política estatal de combate al crimen organizado. Así ocurrió en
las luchas guerrilleras en América Latina y así también se dio en Irak y
Afganistán. Como sector más vulnerable porque está en el centro del
conflicto en su tarea de información pero sin ninguna protección, el
crimen organizado convierte los ataques a la prensa en una estrategia de desestabilización
social.
A la prensa le ha
faltado definir su papel estratégico en los procesos de cambio político.
Al difundir las informaciones sobre delitos, la prensa se convierte en un factor
de cohesión-ruptura. El crimen organizado parece haber entendido muy
bien está lógica --lógica de guerra, por lo demás-- porque con un par de
secuestros doblegó la política editorial que los medios habían salvaguardado
de las presiones den Estado en otras circunstancias. Y como intermediario
social, al aceptar el chantaje o la censura los medios desampararon a la
sociedad. Así, el narco no sólo abrió otro frente de batalla sino que
logró enfrentar a los medios con el Estado por medio de reclamos callejeros.
De ahí que los medios
hayan cometido el error estratégico de convertir el secuestro de tres
reporteros en un asunto de seguridad nacional. Ciro Gómez Leyva contó en Milenio
que fue una sugerencia de Liébano Sáenz, secretario particular de
Zedillo en Los Pinos. Por tanto, se trató de un enfoque político e
institucional. Sin embargo, los medios deben tener otro tipo de
razonamiento, comenzando por entender las razones de su involucramiento,
el papel de la difusión de los hechos criminales y las acciones
desestabilizadoras del crimen organizado.
Los granadazos contra
instalaciones periodísticas, las agresiones contra profesionales de la
información y las amenazas contra medios de comunicación son asuntos de seguridad
pública, a pesar de que tengan efectos desestabilizadores. Los medios
tienen la facilidad de definir las reglas de operación de sus
profesionales de la información pero sin subordinarse a los intereses de
seguridad nacional del Estado. Y desde luego que pueden pactar
compromisos con el gobierno en función de políticas de Estado, pero dejando muy
en claro que la tarea de la información criminal tiene sus riesgos pero no
dependen de las prioridades del poder.
Los ataques contra
medios por parte del crimen organizado con agresiones contra la libertad
de prensa. Pero la libertad de prensa se mantiene con más libertad de
prensa. El periodismo no necesita de imprudentes ni de héroes sino de profesionales
de la información. La libertad de prensa no se mide con reporteros
secuestrados o asesinados sino con la decisión de ejercer la crítica sin
temores. Aquí ya se escribió: el oficio del periodismo no es para
pusilánimes.
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