Martes 5 de enero de 2010
+ Los desafíos del 2010 (2)
+ Reforma o transición, clave
De nueva cuenta, en
este 2010 como año político por excelencia, el país volverá a enfrentar el dilema
que viene arrastrando desde 1968: insistir en reformas parciales u optar
por una verdadera e integral transición de sistema político y de régimen
de gobierno.
En 1975-1977,
presionados por la transición española a la democracia, las élites gobernantes
priístas hicieron un razonamiento para concluir que el PRI en México era diferente
al franquismo. Entonces se tomó el camino de las reformas y no la sustitución
de estructura de poder.
En este contexto
deben leerse las reformas que envío en diciembre el presidente Felipe Calderón
al senado y algunas decisiones que se convirtieron en reformas por sí mismas.
Por primera vez desde que ganó la presidencia, el PAN tomó la decisión de
modificar la estructura priísta del poder: una reforma política para
terminar con el dedo de oro del PRI como esencia de la organización de
dominación, una reforma hacendaria para liquidar los regímenes especiales que
fundaron el modelo corporativo PRI-sociedad y una reforma laboral para
movilizar a los trabajadores como fuerza productiva y no sólo para acarrear
votos.
Por tanto, la lucha
política del 2010 no se verá en la elección de doce gobernadores sino en
las reformas estructurales. De un lado estará un PAN reorganizado aunque débil
en plazas electorales y del otro un PRI dispuesto a impedir cualquier
reforma del Estado priísta y aliado con un PRD neopopulista disfrazado de
izquierda pero al final de cuentas sólo con la intención de refundar el Estado
cardenista neocorporativo y con una sociedad subordinada a las élites
caudillistas.
Las tres principales reformas
a debate están sobre la mesa:
1.- Reforma del dedazo.
La iniciativa para la reelección de legisladores, alcaldes y jefes
delegacionales impedirá que la capacidad de decisión de candidaturas
quede en el dedo de oro --como lo calificó el escritor Guillermo
Sheridan-- presidencial cada tres y seis años y que por tanto la lealtad de los
elegidos sea con el poder y no con la sociedad. Una bancada reelegida
terminaría con esa dependencia presidencial. Sólo la reelección de cargos de
elección popular sería una reforma política por sí misma y representaría la
desarticulación de las leyes no escritas del priísmo que siempre impidieron
la democracia.
2.- Reforma
económica. La política fiscal priísta siempre fue una forma paralela de
establecer el control político vía la dependencia corporativa. Las
exenciones fiscales se convirtieron en salario no monetario para las masas,
pero atadas al agradecimiento al Señor Presidente. El PRI fundó el
sistema de dependencia corporativa vía los impuestos no cobrados. Al acabarse
con esos regímenes especiales, la fuerza corporativa de control del Estado y
del gobierno terminaría en sus utilizaciones electorales. Los causantes
habían sido asumidos por el PRI como electores, no como agentes económicos y
productivos.
3.- Reforma
corporativa. En los hechos, la decisión de liquidar la empresa Luz y Fuerza del
Centro y por tanto diluir el Sindicato Mexicano de Electricistas fue una
reforma laboral de facto: terminar con lo que la ideología priísta
bautizó como “Alianza Histórica” del Estado con los trabajadores, pero que no
fue sino una forma de controlar a las masas obreras en organizaciones
sindicales manejadas por el PRI, el presidente de la república y la Secretaría
del Trabajo: salarios a cambio de sumisión.
Al final, las
reformas parciales sólo han reforzado la estructura de poder del PRI.
Por eso la urgencia de una verdadera transición. Y será en el 2010 o el PRI
habrá recuperado el poder antes del 2012.
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