Viernes 8 de enero de 2010
+ Los desafíos del 2010 (y 5)
+ Guerra social in crescendo
Más allá de los dimes
y diretes entre PRI, PAN y PRD que nada más buscan apoyos en las masas, el
país habría ya entrado a la lógica del conflicto conocido como guerra
social. Es decir, el enfrentamiento entre ciudadanos por temas raciales,
religiosos y económicos.
No se trata de una
lucha de clases, debido al agotamiento de las ideologías y a la inexistencia
de partidos políticos de clase. Son luchas contra la discriminación, el alza de
precios, el medio ambiente, los derechos de las minorías. Se trata, en suma,
del combate de los ciudadanos contra los aparatos de poder, lo mismo en
el poder del gobierno que en poder de las estructuras políticas. Y van desde la
protesta callejera hasta los linchamientos.
Ahí se localiza la
necesidad de una verdadera reforma política. No se trata de disminuir números
de diputados o ampliar gestiones o reducir partidos, sino de crear nuevas
instituciones que respondan a las demandas de los ciudadanos en lo individual o
en comunidad: la lucha por el agua, por los caminos, por los precios de
transportes son parte de la agenda del ciudadano que ya no pasa por los
partidos. Peor aún, la hacen militantes de partidos al margen de los partidos o
aún en contra de ellos.
Se trata, acaba de
escribir el prestigiado sociólogo Alain Touraine en El País, de la “crisis
de la acción política, y, con mayor precisión, de la expresión
política del descontento, las reivindicaciones y las denuncias”. La dificultad
es que no se trata de una clase social sino de una relación transversal de
clases sociales. El problema no es una ideología sino el bienestar. Por
eso, agrega, “cada vez hablamos menos de intereses y más de
derechos. Tal es la transformación principal de nuestra vida social”.
Touraine ubica las protestas ciudadanas como una forma de resistencia
social a la crisis económica internacional que provocaron los organismos
financieros privados y que buscan una solución a partir de su refortalecimiento
a costa de la sociedad.
Se trata de una nueva
forma de participación de la sociedad en la defensa de sus intereses que
ya no se logra a través de los organismos tradicionales. Por tanto,
Touraine establece una nueva tesis política y social:
“Esta manera de
abordar los problemas de nuestro futuro no es la de los economistas; no
estoy seguro de que sea la de los políticos, pero debe ser la de los
sociólogos, para los cuales una situación es más el resultado de la
acción de mujeres y hombres que el efecto de unas fuerzas económicas que le
imponen a la sociedad la búsqueda racional del interés como prioridad absoluta.
En el presente caso esto es aún más claro que en general. Pues, frente a unas
fuerzas económicas no humanas, la resistencia no puede venir de la defensa
de intereses específicos; sólo puede venir de la invocación de unos
derechos universales que son pisoteados cuando los seres humanos mueren de
hambre o se ven privados de trabajo o libertad para que los financieros puedan
seguir aumentando sus beneficios.”
El agotamiento de las
ideologías llevó a ineficacia de partidos. Y la crisis en la gestión de
los gobiernos delineó el nuevo objetivo de la gobernanza o la calidad en
la administración pública, ya no tanto el cumplimiento de programas políticos.
La protesta rebasa a partidos, organizaciones y estructuras de control y se
convierte en una implosión social. “Este levantamiento”, agrega Touraine,
“en nombre de la defensa de los derechos más elementales y, por tanto, más
universales, es la única manera eficaz de oponerse a los intereses de los financieros
puros y duros”. Se trata de una contradicción financieros-ciudadanos, no de
clases.
La
movilización ciudadana se ha salido de los partidos. La clase poseedora
es la única que ha mantenido su carácter de clase homogénea que han
señalado los estudios financieros y marxistas. Pero ya no existe la clase
obrera como tal, como representante de los ciudadanos. Ahí están los casos
concretos de sindicatos --como el SNTE, los universitarios, el SME, los
telefonistas-- que carecen de la representatividad social de los no
propietarios porque luchan por beneficios propios aún a costa de
quitarles bienestar a los demás ciudadanos.
La guerra social se
presenta públicamente como protesta opositora a decisiones aisladas. Por
ejemplo, contra barcos balleneros o en choques con policías bajo la bandera del
altermundismo aunque no definan una alternativa, paralizando las calles
al cerrar cruceros o en los linchamientos a presuntos delincuentes por la
desconfianza en el sistema de impartición de justicia. Son protestas al margen
de los partidos, de las organizaciones o de los mecanismos de control político.
Son, al final de cuentas, formas de acción social que no asume las
características de acción política.
La guerra social
provoca inestabilidad. Y suele terminar en expresiones de anarquía
violenta que siempre deriva en endurecimientos de las autoridades y casi nunca
logran su objetivo. De ahí la importancia de una reformulación de la
reforma política, a fin de dotar al ciudadano de canales de expresión y de
protesta. Los aparatos de poder gubernamental fueron creados ex profeso
para atender a partidos, no a ciudadanos. Y es ahí donde se localiza el
principal desafío de la organización ciudadana del siglo XXI.
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