Domingo 11 de enero de 2010
+ México: crisis 1995-2010 (1)
+ Cuando quisimos, no pudimos
En 1995 publiqué el libro Cuando pudimos,
no quisimos (editorial Océano) con la tesis central de que el colapso de
1994 había enfrentado al país a la inigualable oportunidad de optar por la
transición a la democracia pero al final las élites políticas no quisieron
aceptar el desafío. Quince años después, comienzo hoy una lista de ensayos
dominicales bajo el título genérico de Cuando quisimos, no pudimos:
ahora que están dadas de nueva cuenta las condiciones para transitar a un
sistema político democrático, no hay posibilidades de dar el salto cualitativo
a la democracia. En este juego de palabras se resume la incapacidad de México
como sociedad política para enfrentar las grandes crisis con grandes decisiones
de transformación.
Los ensayos abarcarán una lista de autores
que analizaron las crisis políticas y aventuraron propuestas de fondo. El
argumento central se basa en el método milenario pero enfocado con
nuevas fechas: las grandes transformaciones mexicanas fueron producto de
rupturas irreconciliables pero sobre todo en el escenario de una sociedad
exigente del cambio. Se pueden establecer cuando menos tres etapas
fundamentales: la sociedad fluctuante que definió Jesús Reyes Heroles
para caracterizar la reforma con los liberales que transitaron de la sociedad
religiosa a la civil, la sociedad invertebrada que estableció José
Ortega y Gasset para España y que en México se percibió como el tránsito de una
dictadura personal a una dictadura de partido e ideológica de la revolución
mexicana pero sin crear una estructura social coherente y la sociedad en
transición en el largo periodo 1994-2010 en donde el viejo régimen político
fue rebasado por la sociedad.
La discusión actual sobre el futuro de México
se mueve en los espacios poco aprehensibles de las maldiciones centenarias,
como esperando una nueva revolución en el 2010 sólo por mandato del calendario.
Pero la dinámica de las leyes históricas es otra. El estallido social que
quiere convocarse para el 2010 como una forma de interrumpir el proceso
político institucional pareciera asumirse sin analizar el modelo del conflicto
dialéctico: la pobreza no necesariamente provoca una revolución y las
dictaduras políticas pueden, ellas sí, acelerar la violencia. Mientras existan
distensiones políticas y permeabilidades sociales, las posibilidades de un
estallamiento políticos son menores. Y la pobreza no siempre ha conducido automáticamente
a explosiones sociales.
Sin embargo, los escenarios tienen que
acomodarse justamente a las percepciones. Y hay sólo cuatro opciones: pactar la
transición, esperar la ruptura, profundizar la crisis o continuar en la
mediocridad. La crisis de 1994 fue el segundo gran aviso después de la de 1988:
alzamiento rural, asesinatos en las élites del grupo político en el poder y
multiplicación de grupos animados por la urgencia de reformas. Pero como siempre,
el miedo logró dominar las pasiones. Aunque luego vino la gran crisis económica
de 1995, la derrota del presidencialismo en 1997 y finalmente la alternancia
partidista pacífica en la presidencia de la república. La sociedad encontró el
espacio político ajeno a las rupturas y los estallidos sociales.
La crisis ha sido el denominador común del
México posrevolucionario. Inclusive, los llamados años de oro del México
como cuerno de la abundancia fueron en realidad perfiles mediáticos conformados
por el cine y el crecimiento económico para ocultar el México real, marcado por
la desigualdad. De 1910 a 1917 estalló el movimiento armado, de 1917 a 1928
ocurrieron los ajustes criminales en las élites. De 1929 a 1947 se agotó el
camino propiamente revolucionario, de 1954 a 1976 se dio la dualidad de
crecimiento económico de 6% promedio anual pero con un aumento del
empobrecimiento, de 1977 al 2000 hubo un ciclo de crisis económica con
aperturas políticas. El largo ciclo de estabilidad que señaló Daniel Cosío Villegas
en 1971 en su ensayo El sistema político mexicano fue en realidad
consecuencia de un sistema político piramidal, autoritario y unipartidista, con
mecanismos de control social.
El error de precepción de Cosío Villegas fue
producto del método analítico: el sistema visto desde el punto de vista del
poder, no de la sociedad. El PRI pudo arrancar en 1929 como Partido Nacional
Revolucionario con el gran fraude electoral contra José Vasconcelos, Cárdenas
logró exiliar al jefe máximo Plutarco Elías Calles por el poder autoritario
de la presidencia de la república, la revolución mexicana se burocratizó por la
fuerza del PRI, la disidencia política nunca dejó de provocar violencia y
represión --los campesinos, los sindicatos y los estudiantes-- y la crisis de 1968
fue quizá el momento más importante de la crisis de legitimidad del sistema
político priísta.
El colapso de 1968 marcó el agotamiento del
sistema político priísta. Y delineó las diez grandes crisis que condujeron al
2010:
1.- La crisis política estalló en
1968: el sistema reventó por la crisis, el desempleo juvenil y el
autoritarismo priísta como respuesta.
2.- La crisis económica se manifestó
en 1976 con la devaluación del tipo de cambio y el agotamiento del viejo modelo
de desarrollo. El país ya no pudo crecer a tasas de 6%.
3.- La crisis del consenso de la economía
mixta ocurrió en 1982, con la expropiación de la banca y el fin del acuerdo
no escrito con el sector privado como alianza productiva. El Estado avanzó pero
ya no pudo mantener los equilibrios productivos.
4.- La crisis de legitimidad se
presentó en 1988, con el resultado electoral que obligó al gobierno de Salinas
a ceder el sistema electoral a la ciudadanía. A mayor libertad, más pérdida
electoral del PRI.
5.- La crisis de gobernabilidad del
viejo régimen irrumpió violentamente en 1994 demostrando la inutilidad de los
acuerdos tradicionales: asesinatos, alzamientos y sobre todo una crítica al
sistema. Las demandas de la sociedad fueron mayores a las concesiones
del gobierno.
6.- La crisis social se asentó en el
país en 1995 como producto de la crisis devaluatoria de diciembre de 1994 y de
la incapacidad del sistema productivo para generar riqueza para todos. Esa
crisis hizo perder al país 20 años de bienestar. La pobreza afectó a la mitad
de la población.
7.- La crisis de la hegemonía del
viejo régimen llegó en 1997, como consecuencia de la crisis económica de 1995 y
como reflejo de las nuevas reglas electorales: el PRI perdió la mayoría en el
congreso y perdió el gobierno del DF.
8.- La crisis del partido hegemónico
llegó en el 2000, cuando el PRI perdió la presidencia de la república después
de setenta y un años en el poder con tres nombres: PNR, PRM y PRI.
9.- La crisis del contrato político se
presentó en el país en el 2006 cuando uno de los principales candidatos
presidenciales se negó a aceptar los resultados electorales oficiales, se
erigió en presidente legítimo y paralelo y llamó a romper la validez de
las instituciones.
10.- Y la crisis del proyecto nacional de
desarrollo fue en 2009, consecuencia directa de la severa crisis económica,
dejó al país sin un escenario de consenso productivo, sin compromisos de
bienestar para las mayorías y con una pérdida adicional de bienestar de
cuando menos quince años.
Las élites priístas nunca entendieron la
lógica de las transiciones. Cuando llegó a México el ambiente político de la
transición de España a la democracia en 1975-1978, la respuesta fue distante:
México no era España porque aquí no había habido un Franco, sí existía
tolerancia con la disidencia, como república eludió el fardo de una monarquía,
se daban elecciones con presencia de la oposición, llegó a decir Jesús Reyes
Heroles como presidente del PRI y luego secretario de Gobernación, las dos
posiciones clave del aparato de poder. Sin embargo, poco atendieron esas élites
los mensajes de la crisis política: el fin de la hegemonía priísta se había
dado en las calles, en la movilización social, en la represión como respuesta a
las demandas de democratización, en el crecimiento de la oposición electoral y
en el efecto político de las crisis económicas recurrentes. México, en efecto,
no era España, pero México necesitaba una reforma estructural a su sistema
político para garantizar tres cosas: elecciones libres, participación de la
oposición y renovación de sus instituciones políticas y de gobierno.
La crisis política de 1994 fue diferente a
las anteriores: la de 1968 sacó a estudiantes a la calle, la de 1975 vio el
nacimiento de la guerrilla, la económica de 1982 no modificó la tendencia
electoral del PRI y la de 1988 dividió al PRI pero sin quitarle el control del
poder por las concesiones en la modernización de los organismos electorales
pero sin llevarlos a la democracia real. La crisis de 1994 tuvo puntos básicos:
inestabilidad interna, desestabilización por parte de grupos radicales,
alzamiento guerrillero con enorme base social, movilización social para impedir
la represión, división en el grupo gobernante ante la definición de respuestas,
asesinato del candidato presidencial del PRI, secuestro de empresarios, fuga
creciente de capitales hasta vaciar las reservas, renuncia escandalosa del
secretario de Gobernación, elecciones a favor del PRI, asesinato del secretario
general del PRI y coordinador de la bancada priísta y devaluación del tipo de
cambio.
A finales de 1993 y a comienzos de 1994, las
élites políticas e intelectuales se movilizaron para crear un espacio de debate
sobre la urgencia de reformas. El gobierno de Carlos Salinas distensionó el
ambiente pero no profundizó las reformas. El resultado electoral favorable al
PRI fortaleció esa percepción oficial, a pesar de que existía un clima
favorable a debatir la transición del viejo régimen presidencialista,
unipartidista y autoritario a un sistema político democrático, plural y con
equilibrio de poderes. Ahí fue cuando el país pudo haber corrido el riesgo de
la transición pero las élites gobernantes y políticas no quisieron. El
argumento fue de Salinas: el error de Gorbachov que lo llevó al colapso y a la
renuncia radicó en haber buscado conjuntamente la reforma económica y la
reforma política. Salinas estaba comprometido a la reforma económica: pasar de
la economía de Estado y proteccionista a la economía de mercado inserta en la
globalización.
De 1994 al 2009, el país amplió la apertura, resistió
la devaluación, protegió el sistema financiero, profundizó la globalización. En
lo económico, se continuó con la línea de Salinas. Sólo que el presidente
Ernesto Zedillo no se comprometió a reforzar el sistema priísta: la crisis de
1995 debilitó al PRI y en 1997 recibió el primer golpe brutal: el PRI perdió la
mayoría en el Congreso y el gobierno del DF. Y ahí se preparó lo que llegaría
casi de modo natural: la pérdida de la presidencia de la república para el PRI
o la alternancia partidista en el poder ejecutivo federal. El presidente Fox,
de acuerdo con Jorge G. Castañeda, tuvo que optar entre tres posiciones: irse
por la libre en el gobierno, acordar con el PRD o pactar con el PRI. Fox
decidió el tercer camino. Y fijó el criterio de alternancia sin transición. Fox
flotó.
Felipe Calderón llegó sin una ventaja sólida,
con un PRI sin vocación de cambio y un PAN sin una agenda de transformaciones.
Las elecciones del 2009 se cruzaron con el agudizamiento de la crisis
económica. En medio de la caída del PIB aumentaron las posibilidades de transformaciones
políticas, pero entonces el obstáculo fue otro: el fortalecimiento del PRI y el
aumento de la tendencia en las encuestas para recuperar la presidencia de la
república en el 2012. Ante esa expectativa, el PRI tomó la decisión de no
apostarle a ningún cambio. Y entonces las posibilidades de cambios de fondo en
el sistema político que tienen hoy mayor consenso nacional han perdido sus
posibilidades de realizarse.
De 1997 al 2009, la economía, la política y las
relaciones sociales han dado evidencias más que concretas de que el viejo
sistema político ya no funciona. El modelo de desarrollo, el sistema político,
el Estado, la Constitución y la política social actuales, que forman parte del
diseño del proyecto nacional, fueron construidas para un sistema político
determinado por tres instrumentos indispensables: una presidencia de la
república poderosa, una mayoría absoluta del PRI y un presupuesto
asistencialista, los tres articulados en una estrategia de conformación de una
estructura de poder corporativa y con sectores organizados para votar a favor
del PRI y no para un equilibrio de poderes, un PRI en la oposición y un 60%
ciento de mexicanos en situación de pobreza.
El momento actual detecta una sociedad en transición,
un sistema político ineficaz para la actual correlación de fuerzas políticas y
unos partidos desbordados por los movimientos sociales sin lealtades. Por
tanto, la insistencia en resanar el actual sistema político priísta o esperar
tres años al regreso del PRI a la presidencia de la república implica querer
reconstruir un edificio sin pilares sólidos y encima de un pantano. Ahí radica
sin duda el principal error estratégico del PRI: impedir las reformas al viejo
modelo para regresar a tratar de administrar una estructura de poder diferente
y determinada ya no por el autoritarismo presidencial sino por nuevos factores
reales de poder. Por eso la afirmación de que hoy que están dadas las
condiciones para transitar a un nuevo sistema político, las posibilidades de
transición son menores.
Las dificultades para salir de la crisis
económica radican justamente en las estructuras del viejo régimen: un Estado
hegemónico sumido en una severa crisis fiscal, una Constitución que limita la
actividad productiva, una política económica determinada por el mercado y la
estabilidad macroeconómica, un pasivo social provocado por estrategias
asistencialistas y no productivas y una política fiscal orientada
exclusivamente a subsidiar la pobreza y no a generar una nueva economía para el
empleo. Por tanto, las posibilidades de enfrentamiento de la crisis radica en
la urgencia de un acuerdo político para transformar los instrumentos básicos de
la economía que tienen que ver con las instituciones-pilares del modelo de desarrollo:
Estado, Constitución y partido. Para ello, se requiere que las diferentes
fuerzas sociales y políticas se sienten a definir los nuevos objetivos, las
nuevas posibilidades y las novedosas formas de conciliar extremos.
Las posibilidades no son difíciles. El
ejemplo de los Pactos de la Moncloa de la transición española a la democracia
sigue vigente. Luego de aprobarse la ley para la reforma política que garantizó
elecciones libres y de la ley de asociaciones que legalizó a partidos y
sindicatos, el gobierno de Suárez concilió todos los intereses para un programa
económico contra la crisis que pudiera catapultar a España a la modernización
productiva. Los trabajadores aceptaron la contención salarial, los empresarios
avalaron una severa reforma fiscal y el gobierno consolidó un sector estatal
fuerte y garante del desarrollo. España sorteó la crisis y sentó las bases del
salto en el desarrollo que convirtió a España en una potencia económica.
El fondo de los desacuerdos radica en los
posicionamientos de las fuerzas sociales y políticas. Pero detrás de ellos se
localiza la ideología, enfoque y compromisos del viejo régimen priísta. El
modelo priísta se sustentó en el hecho de responder las decisiones del poder a
los compromisos y propuestas de la revolución mexicana, aunque éstas tuvieran
múltiples enfoques y complicidades. El Estado priísta vigente ha sido definido
por el objetivo de definir y garantizar el desarrollo a través de una intervención
directa en el proceso productivo. Pero fueron los gobiernos priístas de Miguel
de la Madrid, Carlos Salinas y Ernesto Zedillo quienes cambiaron el modelo de
Estado por el modelo del mercado pero --y ahí se localiza el germen de las
crisis-- sin modificar la estructura política determinada por la correlación de
fuerzas productivas sino fortaleciendo artificialmente al PRI. No cambiaron la
dependencia de sindicatos ni empresas, tampoco modificaron la definición del
Estado asistencialista. Por tanto, se trató de un modelo vergonzante de
populismo neoliberal.
El fondo de todo se localiza en la definición
esencial de México como proyecto nacional de desarrollo. El Estado agotó sus
posibilidades en los gobiernos de Echeverría y López Portillo y el mercado no
pudo entronizarse como fuerza determinante en los gobiernos de De la Madrid,
Salinas y Zedillo. El gobierno de Fox fue panista pero con la estructura de
gobierno y de definiciones priístas y el de Calderón careció de una definición
de largo plazo. La crisis del 2009 fue, paradójicamente, una crisis mixta: el
Estado ya no pudo sacar al país del hoy y el mercado fue el responsable de
meterlo. Por tanto, la crisis del 2009 fue una nueva llamada de atención, por
si hiciera falta alguna, de que la salida de la crisis se localiza en la
transición a un nuevo Estado, a un nuevo modelo de desarrollo y a un nuevo
sistema político.
La sociedad fluctuante de la Reforma se
consolidó con la victoria política e ideológica de los liberales, consolidando
una sociedad civil separada de la religiosa. La sociedad invertebrada no pudo,
pese al tiempo político a su favor, crear una estructura sólida y plural porque
se asumió como la única válida. La sociedad en transición ha tenido varios
naufragios determinados las mezquindades, el control, político y la falta de
decisión para liquidar la sociedad corporativa que ha sometido a los mexicanos
durante doscientos años de vida independiente a determinismos históricos.
Lo malo es que los actores políticos carecen
de voluntad y la sociedad no se atreve a fijar las exigencias del cambio. El
PAN quiere sobrevivir y no perder la presidencia de la república en el 2012, el
PRI anhela regresar al poder presidencial y el PRD no puede cohesionarse
internamente y se divide entre el golpismo y la institucionalidad. Por eso es
que si en 1994 el país quiso transitar hacia el cambio de sistema y de régimen
pero no pudo, hoy que puede apostarle a la transición se ha encontrado con las
limitaciones de que las élites políticas y del poder no quieren esa transición
porque significaría el fin de sus privilegios.
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