Domingo 17 de enero de 2010
+ México: crisis 1995-2010 (2)
+ Díaz 1908, transición frustrada
El problema central
con las dictaduras radica en el hecho de que las pasiones contradictorias se
centran en la figura del dictador. Porfirio Díaz se convirtió, en la
conformación histórica, en la dialéctica del antihéroe existencial: amado y
repudiado, necesario pero condenado, monarca sin corona, factor de unidad y
punto de desunión. Entre su entrevista al periodista James Creelman en 1908 y
su carta de renuncia al cargo del 25 de mayo de 1911 se dibuja la historia
personal de una república frustrada: la contradicción entre una transición
democrática inevitable y la decisión de no soltar el poder hasta la muerte.
¿Cuáles fueron las
motivaciones personales, mediáticas, políticas y contradictorias de las
declaraciones de Díaz a Creelman sobre la “bienvenida” a la democracia? Díaz
hablaba en esa entrevista al público estadunidense. Al final, la repercusión en
México de las declaraciones fueron menores, quizá en las élites. Los datos
históricos revelaron que la dinámica política estaba ya encaminada contra Díaz
sin necesidad de estímulos externos. El tono de las declaraciones pareció
formal. Pero en el fondo reflejaron cierto estado de ánimo político contradictorio
del dictador. La construcción de las frases dejaba la impresión de que Díaz ya
había reflexionado sobre los tres temas de su entrevista: la democracia, su no
participación electoral en 1910 y lo inevitable de la existencia de partidos de
oposición con intenciones electorales.
La historia oficial
del largo reinado priísta nunca ha sabido cómo tratar la figura de Porfirio
Díaz. El ciclo priísta prefirió la condena a la historia. Y el corto periodo
panista no ha sabido qué hacer con su legado político. El solo hecho de que se
discuta el regreso de sus restos a México como un conflicto político-ideológico
coloca a las élites políticas de los partidos en situaciones de incertidumbre,
a pesar de que el PRI de la Revolución Mexicana ya se olvidó de su historia, el
PAN que abrevó en el conservadurismo del siglo XIX es minoritario y el PRD
post-priísta no ha podido reivindicar la imagen de Lázaro Cárdenas.
El auge y caída de
Porfirio Díaz fue producto de las contradicciones internas de la sociedad. Al
final de cuentas, Díaz fue producto de su época: un hombre que supo entender que
el poder se ejerce con firmeza o se cede con temores. Díaz construyó la
modernidad sin saber que las contradicciones sociales inherentes tendrían
necesariamente que destruirlo. Esa ha sido la gran tragedia de las dictaduras
personales revolucionarias. Pero también los dictadores han sido víctimas de la
historia. Díaz no cayó por sí mismo. La crisis económica de 1908 se sumó a la
crisis política del 2009 y todo ello se centró en la batalla por la candidatura
a la vicepresidencia para 1910 para saber quién acompañaría al anciano dictador
que tendría asumiría ahora sí su último periodo de gobierno. La crisis
económica dinamizó los conflictos sociales y éstas provocaron el endurecimiento
político, policiaco y militar. Las declaraciones a Creelman de que vería con
buenos ojos a la oposición fueron mal leídas, porque Díaz había dicho también
que él supervisaría su funcionamiento.
Las dudas de Díaz
fueron provocadas por la dialéctica social. La Revolución Mexicana fue producto
de liderazgos sociales populares: Villa, Zapata, Madero, animados por razones
diríase que hasta personales. Villa quiso vengar la violación a una hermana,
Zapata buscó la propiedad de la tierra, Madero se sentía un iluminado. Pero las
mechas se encendieron en una sociedad marcada por la desigualdad, por la
tecnocracia en las decisiones de poder, por la pobreza ampliada por la crisis, por
una modernidad marcada en las comunicaciones pero no en la producción,
distribución y consumo. Sobre todo, por la incomprensión de Díaz sobre el
estado de ánimo social. El factor político de ruptura no fue la reelección de
Díaz sino la mala solución en la candidatura de su vicepresidente. El país
tenía en aquel entonces una mecha corta. Las agendas de los grupos sociales
eran diversas, contradictorias, ajenas a un proyecto social coherente. La
Revolución Mexicana definió su programa hasta 1917… y no fue el mejor sino el
de los victoriosos.
La carta de renuncia
de Díaz a la presidencia fue un reclamo desconcertado a la sociedad: ¿cómo podía
él ser considerado la causa de la insurrección si había dado prácticamente su
vida al gobierno y a los mexicanos? De nueva cuenta la ceguera de los
dictadores y la dicotomía del poder: los intereses trascendentales del dictador
y los juegos del poder de los grupos políticos. ¿Cómo era posible que el gran
héroe militar de la Reforma y la lucha contra la intervención francesa hubiera
derivado en un enemigo de los mexicanos? “No conozco hecho alguno imputable a
mí que motivara ese fenómeno social (de la insurrección)”, escribió en su carta
de renuncia. ¿Y Cananea, Río Blanco, el México bárbaro de John Kenneth Turner,
la violencia social creciente? El paternalismo de los dictadores suele ser
esquizofrénico.
Aunque al final la
inconciencia suele ser la conciencia de las mentes operativas y poco inteligentes.
Por eso en su carta de renuncia envía Díaz cuando menos dos mensajes: el del
realismo, al decir que “para retenerlo (el poder) sería necesario seguir
derramando sangre mexicana”; y el del sentimiento, al señalar que ojalá que
algún día, “calmadas todas las pasiones que acompañan a toda revolución”,
pudiera llegar “un estudio más concienzudo y comprobado” para hacer “surgir en
la conciencia nacional un juicio correcto que me permitas morir, llevando en el
fondo de mi alma una justa correspondencia de la estimación que en toda mi vida
he consagrado y consagraré a mis compatriotas”. Era el hombre que decía que el
pueblo mexicano “me proclamó Caudillo durante la guerra de intervención”.
Díaz había cavado su
propia tumba. La elección de 1910 iba a ser un exceso. Tenía formas de
propiciar una transición política bajo control. La entrevista con Creelman
mostró a un dictador conciente de la necesidad de transitar a un sistema
democrático. En sus declaraciones, Díaz había dejado indicios de que ya era
hora de abandonar el poder. En las elecciones de 1910 tendría setenta y nueve
años. Sin embargo, el poder ha sido siempre una adicción. Díaz no supo leer los
signos de la crisis en el ejercicio del poder: el deterioro económico, el
rezago social, el fracaso de los científicos en el desarrollo, la creación de
focos de inestabilidad política, la ausencia de espacios de permeabilidad
social, el depresivo estado de ánimo de la sociedad ante la falta de respuestas
e iniciativas del gobierno, la capilaridad política provocada por la
conformación de nuevos estratos sociales. Díaz estaba acostumbrado al ejercicio
personal del poder, pero en una república con nueva conformación social. La
Revolución Mexicana fue, así, una implosión política.
Díaz fue víctima de
sus contradicciones: contribuyó a un salto en la modernización económica
--ferrocarriles y carreteras--, pero luego no supo lidiar con las nuevas
fuerzas sociales, sobre todo las obreras y campesinas y las nuevas demandas de
éstas. Asimismo, estaba el hecho de que Díaz eliminó de la política a las
figuras que pudieran disputar su poder y se rodeó de tecnócratas incapaces de
comprender las nuevas dinámicas sociales. Y finalmente, a partir del criterio
de que la dictadura de Díaz fue laxa, absolutista, no totalitaria, con refrendo
electoral, con represión selectiva y más inclinada a la inhibición, el régimen
no supo cómo lidiar con las nuevas formaciones políticas. A pesar de ser
dictador, Díaz tuvo el contrapeso de su propia historia en la Reforma y ello le
impidió la represión total.
Las revoluciones
obedecen a una dialéctica histórica y social. Por eso Díaz, echado del poder,
subió al Ypiranga sin entender aún las “causas” de la revolución, cuando
en realidad habían sido “razones”. Díaz seguía viviendo de su papel en la
Reforma y en la intervención francesa. Pero la sociedad había cambiado. Habían
pasado más de cuarenta años de la restauración de la república, una nueva
generación de mexicanos había definido sus exigencias de bienestar, la paz se
había impuesto a sangre y fuego. Y Díaz no pudo superarse a sí mismo, a pesar
de la transformación personal del caudillo hosco, indígena, pueblerino, al
caudillo elitista, amante de la música, adorado por la naciente burguesía, factor
de cohesión nacional por la vía de la fuerza. Díaz perdió su olfato militar,
disminuyó su sensibilidad política, quedó aislado por una clase política
egoísta y se deslumbró con los científicos.
Díaz enfrentó un
dilema histórico: optar por una transición política llena de sobresaltos pero conducida
y sin romper la estabilidad social indispensable o aferrarse a sí mismo y
facilitar el camino de la ruptura revolucionaria. Lo paradójico fue que
Francisco Madero no estaba incluido en ninguna de las dos posibilidades. La
transición oscilaba entre los científicos o los militares blandos, entre
Limantour y Bernardo Reyes, entre la tecnocracia o las armas. A Díaz le faltó
tiempo, mesura, inteligencia y fuerza personal para analizar la realidad. Su
olfato político de militar ya no le dio para más. Como todos los dictadores,
miró a su alrededor y quedó decepcionado. Primero, no estaba convencido de la
transición, a pesar de su discurso hacia el exterior a través de Creelman;
después, la parte más difícil, no podía entender que su sucesor sería también
caudillo; y finalmente, la concepción democrática de los dictadores suele ser
lo más ajeno a sus convicciones.
Díaz tuvo en sus
manos la transición pero prefirió la continuidad. Imposible exigirle coherencia
idealista a los dictadores. El ejercicio abusivo del poder conduce a una
dialéctica de la realidad: los hechos como son y no como ellos quieren que
sean. Las declaraciones a Creelman mostraron el primer piso de una democracia:
la existencia por sí misma. Pero la tarea era más hercúlea: transitar de
una dictadura personal, militar, autoritaria, sin instituciones y sin leyes, a
una democracia en funcionamiento. Díaz parecía confundir los procesos y suponía
que las elecciones iban a sentar las bases de la democracia. Su enfoque de
oposición era limitado, parecía entender una oposición leal. Aunque también
parecía ser la percepción de la propia oposición: Madero buscó ser el candidato
a la vicepresidencia de Díaz. Al no conseguirlo, entonces creó el movimiento
antirreeleccionista. Los demás se hicieron a un lado.
La transición no era
un proyecto ni programa. Como ha ocurrido en la historia, la democracia se ha
reducido al enfoque electoral. El Plan de San Luis de Madero no implicó una
transición sino una lucha a favor del sufragio efectivo y la no reelección.
Bien temprano se percató Madero que la democracia electoral era insuficiente:
las exigencias populares de Villa y de tierra de Zapata relanzaron la
revolución mexicana de electoral a social. Díaz consideró en sus declaraciones
a Creelman que la solución a los problemas de México estaba en las elecciones.
Madero también. Pero la transición era un desafío mayor: construir una
alternativa al desarrollo, edificar nuevas instituciones políticas, encauzar el
salto generacional, atender las desigualdades estructurales, definir reglas del
juego político y sobre todo crear el marco constitucional funcional al nuevo
sistema-régimen-Estado. Sólo Venustiano Carranza pareció entender la lógica
final de las revoluciones y convocó a la nueva constitución.
Lo malo fue que en el
periodo 1908-1913, la fase más dinámica de la revolución, nadie incluyó la variable
de la transición. Díaz fracasó porque supuso que nadie podía llenar su tarea de
caudillo, Madero hizo un diagnóstico del agotamiento del modelo de la Reforma
en La sucesión presidencial en 1910 pero el huracán de la revolución le
impidió consolidar un programa y las exigencias de Zapata no lo dejaron
gobernar. Paradójicamente, en los hechos Madero inyectó dinamismo a la
revolución pero en el gobierno quiso tomar el ritmo de una transición. Su
decisión de no romper con el porfiriato --con el terrible error de confiar en
Huerta-- fue el indicio de que iba a buscar el camino institucional. Al final,
la fuerza social misma de la revolución lo hundió.
La dialéctica
transición-revolución ha sido el drama histórico de los movimientos sociales. Ahora
mismo, con el simbolismo histórico del 2010 y ante otra oportunidad para pactar
una transición como forma de reconstrucción del proyecto nacional, las fuerzas
sociales han comenzado a convocar al fantasma de la revolución. El petate del
muerto del estallido social de hoy es similar han enarbolado por las élites de
la oposición en 1908 y 1909. Sólo que en 1910 esas fuerzas revolucionarias
luchaban contra un caudillo dictatorial y en el 2010 no hay un dictador enfrente.
Díaz decidió combatir a la oposición para impedirle el acceso al poder, pero no
logró construir una propuesta democrática, plural, política, de transición y
con nuevas figuras. Por eso Madero la tuvo fácil: encarnó en Díaz todos los
males de la república. En el 2010 la oposición está en el poder y puede
avanzar.
Las declaraciones de
Díaz a Creelman no conformaban un programa de transición a la democracia; si
acaso, eran el anuncio del caudillo había entendido las presiones democráticas
y la necesidad de aflojar las tensiones de la dictadura. A Creelman le
estableció la paradoja de aceptar la inevitabilidad de la democracia, pero
calificó desde el poder del caudillo la inexistencia de condiciones para el
funcionamiento de la democracia en México. Difícil para quien había gobernado
más de treinta años y había derrotado al invasor francés entender que había
llegado el momento de aceptar que el mundo se regía por instituciones y no por
personas. Por eso no ocultó su desdén:
“El futuro de México
está asegurado --dijo Díaz con voz clara y firme--. Mucho me temo que los
principios de la democracia no han sido plantados profundamente en nuestro
pueblo. Pero la nación ha crecido y ama la libertad. Nuestra mayor dificultad
la ha constituido el hecho de que el pueblo no se preocupa lo bastante acerca
de los asuntos públicos, como para formar una democracia. El mexicano, por
regla general, piensa mucho en sus propios derechos y está siempre dispuesto a
asegurarlos. Pero no piensa mucho en los derechos de los demás. Piensa en sus
propios privilegios, pero no en sus deberes. La base de un gobierno democrático
la constituye el poder de controlarse y hacerlo le es dado solamente a aquellos
quienes conocen los derechos de sus vecinos.”
En este contexto,
Díaz decidió, sobre la marcha, posponer nuevamente sus tentaciones democratizadoras
y transicionistas y aceptar de nueva cuenta la candidatura presidencial para
1910. Su propuesta, fue, mixta:
“Hemos preservado la
forma republicana y democrática de gobierno. Hemos defendido y guardado intacta
la teoría. Sin embargo, hemos también adoptado una política patriarcal
en la actual administración de los asuntos de la nación, guiando y
restringiendo las tendencias populares, con fe ciega en la idea de que una paz
forzosa permitiría la educación, que la industria y el comercio se desarrollarían
y fueran todos los elementos de estabilización y unidad entre gente de natural
inteligente, afectuoso y dócil.”
Del otro lado, de espacio
de la oposición, tampoco hubo paciencia para delinear un proyecto de transición
democrática. Al final de cuentas, Díaz se acercaba al final de sus momentos de
lucidez y fuerza. Como en toda dictadura, los hombres fuertes suelen rodearse
de hombres débiles, además de que muchos de ellos tienen a coquetear con las
nuevas fuerzas políticas. Por eso Díaz escogió como candidato a vicepresidente
a Ramón Corral, político sonorense, famoso por la represión brutal a los
yaquis. José Yves Limantour rechazó la invitación a Díaz a la vicepresidencia,
hecho que sin duda dio un giro a la historia política del país en 1909-1910. El
mensaje de Díaz-Corral fue el de la continuidad de la dictadura, sin aflojamientos
políticos y menos concesiones democráticas. Del lado de Madero estuvo siempre
el sentimiento de llamar a una revolución. La decisión de Díaz de aceptar el
juego democrático de las elecciones pero encarcelar a Madero antes de las
votaciones aceleró las contradicciones y cerró los espacios. Díaz iba a ganar
las elecciones pero le infundieron temor con Madero. Encarcelado como candidato
en San Luis Potosí --¿miedo del dictador?--, Madero lanzó el Plan de San Luis
desconociendo a Díaz como presidente y convocando a la revolución a las seis de
la tarde del 20 de noviembre. La mecha estaba encendida.
¿Cómo un caudillo
anciano que aceptaba la inevitabilidad de la democracia no buscó su propia
transición y prefirió el endurecimiento? ¿Cuáles fueron las razones del temor
de Díaz a Madero? ¿Por qué el mensaje de Corral como vicepresidente? ¿Cómo el
caudillo de la Reforma que había combatido a Maximiliano y a Juárez cometió
tantos errores con Madero? ¿Había pensado realmente Díaz en encontrar algún
camino democrático en 1908 cuando habló con Creelman? ¿Qué fantasmas se le
aparecieron en 1908 y 1909 para endurecerse en las elecciones del 1910? ¿Realmente
el país estaba preparado no precisamente para la democracia sino para iniciar
el camino de la transición a la democracia en 1910? ¿Había perdido Díaz
en 1910 sus facultades de estratega militar y político? ¿Quién le infundió
temores de que la democracia terminaría con su legado?
La lección de Díaz
fue la de dejar sentada la tesis de que las dictaduras no pueden operar sus
propias transiciones democráticas. La oleada revolucionaria en 1909 y
principios de 1910 era prácticamente inexistente. Zapata y Villa se sumaron a
la revolución, no la crearon. ¿Temía Díaz perder las elecciones en 1910 ante
Madero, cuando el aparato de poder controlaba los procesos de votaciones? El
resultado electoral de 1910 fue simbólico: 18 mil 625 votos a favor de Díaz y
apenas 196 para Madero, en un país con quince millones de habitantes. ¿Por qué
encarceló Díaz a Madero, si políticamente no era un peligro mayor para el
héroe y caudillo que derrotó a los franceses? ¿No pudo ser Madero, aún sin
ganar las elecciones, un pivote de Díaz para la transición a la democracia?
¿Por qué falló el olfato y la sensibilidad de Díaz al ganar las elecciones con
fraude pero desdeñar las protestas?
¿Fue el periodo 1908-1910
un espacio propicio para transitar a la democracia? Las declaraciones de Díaz,
tomadas literalmente, habían dicho que sí. Pero ante la organización de la
oposición, los temores de Díaz lo llevaron a desdeñar sus propias percepciones.
El punto clave pudo haber sido meter en la definición política el tema de la no
reelección presidencial, como si Díaz buscara perpetuarse en el poder más allá
de 1914, cuando tuviera 84 años de edad.
Pese a los hechos
históricos, sí hubo un espacio para la transición. Sin embargo, la política en
México había sufrido un deterioro después de la muerte de Juárez en 1872. La
policía fue sustituida por la disputa por el poder. Díaz mismo lobotomizó la
política con sus constantes reelecciones. Y la ausencia de un juego de partidos
contribuyó a darle prioridad a las rupturas. La revolución de Independencia se
organizó contra el imperio. La Reforma combatió la invasión extranjera. La Revolución
de 1910 contra el dictador. En esos casos ocurrieron situaciones de ruptura.
Pero esas experiencias revolucionarias no condujeron a la república a una
democracia madura: la Independencia llevó a la guerra civil y a la invasión
francesa, la Revolución de 1910 creó la dictadura de partido.
En todo caso queda
para la historia el hecho de que la entrevista de Díaz a Creelman en 1908
hubiera sido la posibilidad de que México saliera de la dictadura por la
puerta de la democracia. Se trató, al final de cuentas, de una transición frustrada.
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