Domingo 31 de febrero de 2010
+ México: crisis 1995-2010 (4)
+ Literatura de anti transición
En 1937 el país se
encontraba en el ojo del peor de los huracanes: la guerra civil en las élites
del poder. Los grandes jefes revolucionarios se habían asesinado entre sí, la
revolución se había convertido en una estructura burocrática de un partido de
reminiscencias fascistas, la lucha por el poder comenzaba a ser del arte de la
guerra, Calles finalmente fue destruido y México se encontraba en una especie
de leninismo enguarachado en el Partido dominante. Atrás quedaba la fase
más violenta de la revolución: la disputa por el poder, no la destrucción de la
dictadura.
Dos obras lograron
correr el velo del discurso oficial de la demagogia: en 1929 publicó Martín
Luis Guzmán su novela La sombra del caudillo y en 1937 terminó de
escribir Rodolfo Usigli su obra de teatro El gesticulador. Dos reflejos
del mismo prisma del poder: la política sin sentimientos sociales. Guzmán dio
estructura de novela a la lucha por la sucesión presidencial de 1924, cuando Alvaro
Obregón impuso la candidatura presidencial de Plutarco Elías Calles, previó el
asesinato del general Francisco Serrano en 1927, un hecho histórico que marcó
el inicio de la fase de los caudillos político-revolucionarios. Y Usigli logró
fotografiar, sin un hecho en especial, el tránsito del sistema político revolucionario
de su fase realmente de convicciones revolucionarias a la etapa de los gesticuladores
de la política como uso del poder.
Nunca como antes en
la literatura mexicana dos obras lograron no sólo reflejar la realidad sino
entender la lógica del poder político. Guzmán, nacido de un militar porfirista,
se había hecho revolucionario en las aulas universitarias y escaló posiciones
hasta secretario particular de Francisco Villa. Usigli, menos activo,
paradójicamente más conservador, inclusive más tarde entronizado en las reglas
priístas de la política, también como Guzmán, retrató el momento en que los
héroes de la revolución fueron aplastados por los generales de los pasillos de
Palacio Nacional. Los dos, en una lectura lejana de sus obras --lejana en
tiempo aunque no en historia--, pudieron congelar en obras que se leen casi
cuadro por cuadro los conflictos de la transición política mexicana a la
democracia: sus personajes del poder carecieron, como todos los revolucionarios
y políticos forjados en 1910, de voluntad democrática, aunque todo hablaron en
nombre de la democracia.
Las obras de Guzmán y
Usigli, además de ser obras literarias de primer orden, fijaron las coordenadas
de instantes en que fracasaron las posibilidades de la transición. Aplacados
casi los principales líderes revolucionarios, el país hubo de enfrentar hacia
1924 el dilema de encauzar la revolución hacia prácticas democráticas modernas
o hundirse en los vericuetos del ejercicio personalista del poder. La ambición
de Obregón iba más allá de la democracia: quería convertirse en el dictador revolucionario.
Hombre de astucia en el campo de batalla, con habilidad en el movimiento de los
hilos del poder y hombre fuerte que había sobrevivido a las purgas
revolucionarias, Obregón tenía el impedimento del principio de la no reelección
presidencial en la Constitución.
En 1924, al terminar
su periodo cuatrienal de gobierno, Obregón instauró el mecanismo de sucesión
presidencial, que era algo más que la operación política para definir un
candidato presidencial a su modo: se trataba, en la versión jurídica del
concepto, heredar el poder, de imponer a un sucesor que representara sus
intereses. Obregón optó por el leal Calles y le asignó la tarea de modificar la
Constitución para permitir la reelección presidencial luego de un periodo.
Calles cumplió la tarea, pero la elección presidencial de 1928, con Obregón
como candidato-caudillo y previo el asesinato del general Francisco R. Serrano,
condujo al magnicidio: Obregón fue asesinado por una conspiración del poder. La
casuística de la sangre --como escribiría Albert Camus-- determinó cambiar el
curso de la historia: Obregón, el que cargó con la culpa del asesinato de
Serrano, fue asesinado en Coyoacán. Calles, el beneficiario obregonista de la
muerte de Serrano, quedó marcado como el responsable político del crimen en el
Parque de la Bombilla, aunque se erigió en el jefe máximo de la
revolución… pero hasta que otro caudillo, Lázaro Cárdenas, lo liquidó
políticamente e instauró, quizá para evitar más disputas criminales, el
caudillismo de partido.
La historia de las
sucesiones presidenciales es literaturizada por Guzmán. Con un estilo sobrio,
sin intervención excesiva del narrador, ajustándose a contar una historia de
personajes, Guzmán exhibe, de manera descarnada, el ejercicio del poder:
engaños, crímenes, corruptelas; el fin de las ideas; el verbo político del
poder era madrugar, madrugar al adversario, ganarle la partida en el
tiempo. Si Mario Puzo logró resumir en la figura familiar del padrino la
personalización del poder en la pirámide de los intereses, Guzmán se adelantó
casi medio siglo en utilizar la figura política del caudillo como el eje
personalizado del poder.
No, no hubo entonces
democracia, a pesar de que la revolución había estallado para ingresar a México
en las transformaciones. La historia posterior demostraría que tampoco era
cuestión de instituciones. Calles se erigió con el último caudillo revolucionario
pero la muerte del anterior caudillo, Obregón, lo llevó a una de las etapas de
mayor confusión semántica de la política mexicana: el Caudillo Calles liquidó
al caudillo Obregón y luego fundó el Partido Nacional Revolucionario como la
figura del aparato del poder como caudillo y sobre esos hechos anunció Calles
el fin de la era de los caudillos y el comienzo de la etapa de las
instituciones, aunque esas instituciones, como lo demostraría Cárdenas con la
reforma al PNR y la creación de sectores corporativos como brazos del poder
presidencial, a su vez se convirtieron en burocracias del poder político.
La aspiración democrática,
el tránsito de la dictadura a la democracia que soñó Francisco I. Madero, no
pudo llegar. La dictadura personal de Díaz fue sustituida por la dictadura de
los jefes revolucionarios y ésta a su vez derivó en la dictadura del partido
hegemónico. Ese largo tránsito de 1910 a 2000 vio la construcción y
consolidación de una poderosa estructura de poder, un juego de engranes
político de la relojería más sofisticada, lo suficientemente fuerte para que la
alternancia partidista en el 2000 no hubiera podido en el corto plazo de un decenio
sustituirla por una maquinaria alternativa verdaderamente democrática. Guzmán
logró captar y sobre todo exponer en toda su dimensión el ejercicio
personalista del poder político de los jefes revolucionarios. La sucesión
presidencial se convirtió en la piedra de toque de todo el sistema político
revolucionario-priísta, en esa antigua roca que servía para probar la riqueza
de las joyas. Y también fue la piedra filosofal que podía transformar los
metales vulgares en oro de mayor riqueza.
Ningún ensayo político
de entonces o después pudo lograr ese negativo fotográfico del poder político
mexicano. Inclusive, el ensayo El sistema político mexicano, de Daniel
Cosío Villegas en 1971, apenas pudo dibujar tenuemente algunas de las reglas
del juego que le dieron tranquilidad a la elección de presidentes desde 1934
hasta 1994, casi dos generaciones. Guzmán consigue un estudio shakesperiano de caracteres,
convierte la lucha por el poder en los años veinte y treinta en una disputa
monárquica en los Castillos de Inglaterra y Dinamarca, pudo encontrar el
trasfondo de las pasiones en las imágenes bondadosas y enérgicas de los jefes
revolucionarios. El caudillo engaña, obliga a los políticos y jefes militares a
pervertirse políticamente. Los aspirantes tienen que ceder. Y no sólo eso: Ignacio
Aguirre --la figura literaria de Serrano y Adolfo de la Huerta-- es conminado a
probar su lealtad al caudillo no sólo negando públicamente sus aspiraciones
presidenciales, sino entregando a sus seguidores a la justicia criminal revolucionaria.
Y el general Hilario Jiménez --Calles como personaje literario--, siempre
oculto detrás de las cortinas del despacho presidencial, se deja llevar de la
mano por el caudillo, pero --como ocurrió en la realidad-- preparando el
parricidio como zarpazo final.
¿Y la democracia? La
lucha contra el dictador Díaz se organizó porque el ejercicio unipersonal del
poder impedía convertir la democracia en el factor de funcionamiento de la
política y de las instituciones. Madero convirtió su gobierno en una institución
democrática, pero fue arrasado por las ambiciones de poder. Madero quiso una
verdadera transición a la democracia, pero los demonios se soltaron
rápidamente. De 1913 a 1920 el país se desbarrancó del camino de la democracia
y cayó en la cuneta de la dictadura revolucionaria y de la dictadura de
partido, con la circunstancia agravante de que las instituciones presuntamente
democráticas se fundaron no para la democracia sino para el dominio hegemónico
del partido en el poder. Guzmán, en su novela, exhibe el fracaso de las
instituciones ante las ambiciones de poder de políticos y élites
revolucionarias.
La ficción logró, en
Guzmán, abarcar la realidad. La construcción y crisis del caudillismo se
entiende hoy con facilidad debido a La sombra del caudillo. Obregón
impuso a Calles, Calles modificó la Constitución para permitir la reelección de
Obregón, Obregón cayó asesinado a las pocas horas de haber ganado las
elecciones, Calles --sospechoso del magnicidio-- entendió la lógica del poder e
inventó la dictadura del caudillo a través del partido, el Partido se
fortaleció con el corporativismo organizado por Cárdenas y Cárdenas marcó la
declinación de la fase política de la revolución mexicana. Avila Camacho y
Alemán consolidaron la etapa de la burocracia del poder. El huevo de la
serpiente había sido incubado en 1924. Y Guzmán logró fotografiar, a través de
la literatura, ese proceso.
Usigli, por su parte,
completó el gran fresco literario de ese proceso. Escrita en 1937, al calor del
cardenismo, El gesticulador pudo ponerse en escena hasta 1947, en pleno
ascenso de Miguel Alemán como el inicio del gobierno de los
civiles-abogados-burócratas. A diferencia de Guzmán, en realidad Usigli no
participó directamente en la lucha revolucionaria; más bien tuvo cargos
burocráticos en el área cultural, diplomática y de comunicación. Nacido en
1905, su obra El gesticulador la escribió apenas rebasado los treinta
años. Luego escribió obras de contenido religioso, entre ellas Corona de
sombras. En 1972 publicó Buenos días, señor Presidente, un drama que
se quiso meter en el asunto de la rebeldía estudiantil, que fue leída como de
apoyo al gobierno priísta y que se preocupó por enviársela al presidente Luis
Echeverría con una dedicatoria muy sentida. La obra de teatro aborda el
conflicto estudiantil pero dejando entrever la incapacidad de la lucha de los
jóvenes.
Este perfil
conservador de Usigli le dio un valor más especial a El gesticulador,
aunque al final fue leída por el gobierno priísta de Miguel Alemán como una
dura crítica al modelo ideológico de los gobernantes posrevolucionarios y en
ciertos sectores progresistas se entendió como una versión conservadora del
ejercicio del poder. Pero en el fondo, la obra llegó al corazón de la clase
gobernante. Usigli cuenta en su texto “Gaceta de clausura de El gesticulador”
que el presidente Alemán ordenó a sus ministros del gabinete acudir al teatro a
ver la obra y que luego realizó una reunión formal para escuchar impresiones.
La principal inquietud radicaba en la percepción política, en su primer efecto,
de que trataba mal a los generales. Pero en el fondo, la obra no abordaba
formalmente al sector militar, sino que aparecía el choque entre un general
amado por el pueblo y un general marcado por la ambición personal. Por tanto, Usigli
no quiso poner a los militares en la mira. A partir de las opiniones de su
gabinete, Usigli fue separado de un cargo diplomático.
La lectura del poder
sobre la obra concluyó que “atacaba” la esencia de la revolución mexicana. Pero
Usigli no era en realidad un enemigo del sistema. En todo caso, había logrado,
como Guzmán, encontrar una veta creativa de la realidad. La anécdota de El
gesticulador es sencilla: una noche, en un pueblo apartado, un profesor
norteamericano busca refugio en la casa de un modesto profesor mexicano de
historia. El extranjero estaba indagando datos sobre un famoso general César
Rubio, de los más puros de la lucha revolucionaria, quien había desaparecido y
lo daban por muerto. El profesor mexicano, llamado también César Rubio, le
cuenta a su invitado datos desconocidos del militar y le vende documentos de la
vida del revolucionario. El profesor norteamericano, invadido por la emoción,
publica en un periódico estadunidense la versión de que el general César Rubio
está vivo.
Ahí se desencadena la
historia. La versión es recogida por la clase política y dan por el general
César Rubio al profesor César Rubio. La pasión política crece y el presidente
de la república, un general, deja entrever que el general Rubio debiera ser el
candidato oficial a la gubernatura. Uno de los generales más perversos de la
comarca, Navarro, se sentía ya el candidato y va a ver a Rubio. Tienen una
discusión fuerte: Navarro comprueba que Rubio no es el general, pero conoce
datos de su traición, de Navarro, a Rubio. Se amenazan mutuamente. La
conversación es escuchada por el hijo de Rubio, quien se decepciona de su
padre. Rubio asume la personalidad del general con el objetivo de hacer el
bien. Pero Navarro no se deja y el día de las votaciones sus sicarios matan a
César Rubio. El hijo del profesor amenaza a Navarro con dar a conocer la
verdad, pero las ruedas del sistema comienzan a moverse: más vale un héroe
muerto como víctima que vivo haciendo daño con sus idealismos. Al final,
Navarro grita vivas a Rubio y dice que enarbolará las banderas de Rubio.
Los simbolismos
permean el dramatismo de las páginas finales --o los minutos finales--.
Conocido el magnicidio, la esposa de Rubio, Elena, le dice a su hijo: “cierra,
Miguel. Las puertas, las ventanas, ciérralo todo”. Su hijo le responde: No,
mamá. Todo el mundo debe saber, sabrá… No podría yo seguir viviendo como el
hijo de un fantasma”. Elena, desecha, se derrumba y le dice a su hija: “Cierra,
Julia. Todo se ha acabado ya”. La lectura política de esta escena no puede ser
más crítica: la vida ideológica de los valores de la Revolución Mexicana habían
caído abatidas por las balas del oportunismo político, de la corrupción, de los
intereses dominantes. Esa Revolución Mexicana en estado puro, había sido
asesinada. Y sus herederos, sin fuerza, abatidos, se encerraron en el
aislamiento, mientras afuera la revolución oportunista asumía todo el control
de los acontecimientos… y del poder. Este simbolismo se ajusta a la percepción
del dramaturgo Vicente Leñero de que Usigli estaba obsesionado con el teatro
político del radical anarquista Bertolt Brecht.
En el juego dramático
de Usigli se resumió una percepción de la lucha revolucionaria. El movimiento
armado y social de 1910, pese, inclusive, a una de las constituciones de mayor
contenido social, se había reducido a una disputa por el poder. Los valores
morales esenciales --honestidad, servicio al pueblo, poder popular-- fueron
asesinados en la figura simbólica del general César Rubio. La obra fue escrita
en 1936-1937, en la fase más radical del cardenismo, pero ni esa forma populista
de ejercer el poder cambió el enfoque moralista de Usigli. Quizá los hechos más
cercanos a la obra de Usigli fueron, como en Guzmán, los de la sucesión
presidencial de 1924: el general Serrano como la revolución social y el general
Obregón como la perversión del ejercicio del poder: los generales como
gesticuladores. Luego vendría el asesinato de Obregón y el fortalecimiento de
Calles como el jefe máximo de la Revolución Mexicana, con esa forma de
ejercer el poder por la vía de la corrupción de los valores idealistas de la
misma revolución. En el fondo, Usigli logró captar dramáticamente el parteaguas
de las dos revoluciones: cuando la corrupción le ganó la partida al idealismo.
La Revolución Mexicana había muerto para darle espacio al ejercicio oportunista
del poder. Inclusive, la escena de la muerte del general Rubio tiene muchos
parecidos con la del general Obregón: desde el poder, pero vía un asesino
solitario fanatizado.
Los hechos
posteriores a 1937 parecieron darle la razón a Usigli. Cárdenas sólo reformó la
estructura del partido para consolidar al presidencialismo, a costa de
establecer mecanismos de control social de las masas a cambio de beneficios vía
subsidios. Avila Camacho enterró los últimos valores morales de la revolución.
Y Alemán, el primer gobierno de los civiles, abogados y burócratas de la
revolución, entronizó la corrupción. Usigli no llegó a tanto, pero en su obra
dejó entrever que la transición política del país no había llevado a una
democracia ni menos aún a un modelo moral del poder, sino que había sido
expropiada por las élites dominantes que despojaron al ejercicio del poder su
compromiso de justicia y equidad. Los políticos priístas habían encarnado en
uno, dos, muchos generales Navarro: ejercer el poder sin escrúpulos, aunque con
el discurso de los idealistas que fueron abatidos por los corruptos.
La conversación de
Miguel, hijo de Rubio, con el general Navarro es la síntesis del final
histórico de la Revolución Mexicana: más vale un héroe muerto que vivo y
causando estragos en los altos niveles del poder ya corrompido. Dice Navarro:
“todo aquel que derrama sangre por su país es un héroe. Y México necesita
héroes para vivir. Su padre es un mártir de la revolución”. Navarro encuentra
el punto débil del hijo: Miguel no puede revelar la verdad porque entonces
probaría que su padre era un farsante. Pero la maquinaria del poder había
convertido a Rubio en un héroe en el instante mismo del primer disparo. “Es
usted mi mejor defensor”, le dice Navarro. Miguel queda derrotado. Y ahí hay
otra escena simbólica de Usigli: Miguel toma la maleta y escapa, desaparece,
“huyendo de la sombra misma de César Rubio, que lo perseguirá por siempre”. La
desaparición de Miguel es, simbólicamente, el fin histórico de los valores
morales y éticos de la Revolución Mexicana.
Las obras de Guzmán y
Usigli en realidad cerraron el ciclo ideológico de la revolución social de 1910
y revelaron, de paso, la perversión de la lucha de millones de mexicanos. La revolución
no había llevado al país a una situación de justicia y bienestar, sino de
creación de una nueva élite explotadora, aunque ahora en nombre del pueblo. Aguirre
en Guzmán y Rubio en Usigli representaban los valores éticos y sociales de la
revolución y los dos resultaron asesinados desde el poder por la clase
revolucionaria gobernante. Por tanto, la revolución había sido derrotada por sí
misma, aunque la demagogia había logrado superar los conflictos. Más que una
bandera, la Revolución Mexicana se redujo a un discurso. En lugar del ideal de
justicia, se impuso el objetivo de la coartada política y demagógica. La
transición política de una dictadura a un régimen de justicia social se había
pervertido desde el poder.
Lo paradójico fue que
los dos autores, Guzmán y Usigli, aportaron elementos literarios para la peor crítica
política al régimen revolucionario, pero los dos lo hicieron desde dentro de la
clase gobernante, sin afanes de disidencia y terminando sus vidas reafirmando
su compromiso con el mundo político perverso que denunciaron de manera
descarnada: Guzmán como funcionario y senador, sin duda ajeno al espíritu del
agitador social Axcaná González, y Usigli sin hacer honor a la rebeldía de Miguel
Rubio, los dos, ciertamente, sin llevar su crítica a posiciones idealistas más
profundas. Ahí se percibió la segunda derrota de la transición política de la
revolución: la falta de coherencia de sus protagonistas para defender los
valores sociales de la revolución. Eso sí, La sombra del Caudillo y El
gesticulador quedaron prendidas como las grandes obras literarias críticas
de las traiciones de la Revolución Mexicana.
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