Viernes 5 de febrero de 2010
+ Juárez: guerra de posiciones
+ SDN, última línea de defensa
La guerra política detrás de la
violencia en Ciudad Juárez revela una ofensiva política para caracterizar de fallida
la lucha del ejército contra el narcotráfico y dejarles la plaza a los
delincuentes. Sin embargo, las fuerzas armadas en el municipio constituyen la última
línea de defensa contra la actuación del crimen organizado.
Por tanto, en Ciudad Juárez se da un
caso típico de guerra de posiciones entre el crimen organizado que se
apoderó de la plaza bajo los gobiernos municipales panista y priísta y las
fuerzas armadas que han ido acotando la movilidad de los delincuentes.
Los espacios abandonados por las autoridades automáticamente pasan a
poder de los delincuentes.
La ofensiva contra el ejército tiene
el objetivo central de minar su credibilidad. Por ejemplo, se ha
acreditado al ejército el asesinato de Josefina Reyes Salazar, activista de
defensa de los derechos humanos. Sin embargo, Reyes Salazar quedó atrapada
entre las bandas de La Línea y de Gente Nueva. Su hijo Miguel
Angel Reyes fue detenido junto con Rodolfo Escajeda, responsable
del asesinato del líder mormón Benjamín Franklin Lebarón Rey. Escajeda había
sido identificado como lugarteniente del cártel de Carrillo Fuentes.
Más aún, una declaración de Gustavo de
la Rosa Kickerson, visitador de la Comisión de Derechos Humanos de Chihuahua y
crítico de la presencia del ejército, puso en duda la responsabilidad
militar en la muerte de la activista: “yo no me atrevería a afirmar que el Ejército
específicamente mandó matar a Josefina, y los elementos que tengo es que es
una agresión por parte de un comando de asesinos que ha estado circulando en el
Valle de Juárez, y que básicamente pertenece a la organización de El Chapo
Guzmán, aunque también hay comandos de La Línea que están actuando.”
El caso de Reyes Salazar y el
de los jóvenes asesinados en una fiesta quedaron tipificados como actos de narcoterrorismo, parte de la lucha estratégica del
crimen organizado para apoderarse de la plaza. Sin embargo, se presentan como
fracaso y se inculpa al ejército de ajusticiamientos entre cárteles.
El asesinato de catorce jóvenes forma
parte del clima de descomposición social en Ciudad Juárez. El punto
central va más allá de la presencia del ejército y la policía federal como refuerzo.
Ciudad Juárez presenta los elementos de un gobierno municipal fallido y
de una sociedad fallida; es decir, de la ruptura del tejido social, de la
inexistencia de red política, de la corrupción de las instancias municipales de
gobierno, de la articulación orgánica de las policías estatal y
municipal con el crimen organizado y de la ausencia de la autoridad regional
de gobierno.
En términos más concretos, el gobierno
municipal priísta ha sido incapaz de operar su papel mediador, el
partido en el poder municipal ha fracasado en su tarea de conciliar grupos
sociales, el poder político municipal abandonó su función de
salvaguardar las instituciones de seguridad y por ello Ciudad Juárez perdió el
control al descubrirse que los policías municipales estaban hundidos en la
corrupción o al servicio del narcotráfico. El gobierno municipal asumió la
condición de fallido cuando los picaderos de droga --lugares de
consumo al menudeo-- pagaban sobornos a la policía para funcionar.
En Ciudad Juárez se da una típica
guerra de posiciones: el crimen organizado ocupando espacios descuidados de la
sociedad, la sociedad desarticulándose como núcleo social y culpando a los
demás de su propia deficiencia, los partidos politizando el conflicto y
convirtiéndose en el congreso federal en un tribunal de juicio de las
acciones federales. En Ciudad Juárez se lucha por territorio social, político y
familiar para consolidar la hegemonía del crimen organizado. Es una
guerra de trincheras políticas.
En Ciudad Juárez no existe
solamente una lucha de policías y ladrones por un botín sino que se combate por
una territorialidad del Estado. Por tanto, se trata de un caso de soberanía
del Estado; es decir, de seguridad nacional. Sin el ejército y la policía
federal, la plaza habría quedado a merced de los cárteles. Lo malo, sin
embargo, radica en la posición cómoda de la sociedad que busca una
solución mágica a un proceso de desarticulación social y política y a la
inexistencia de una sociedad civil. Lo peor radica en el hecho de que el crimen
organizado ha logrado movilizar a la sociedad contra policías y
militares.
Los objetivos militares y policiacos
en Ciudad Juárez no han sido alcanzados por la apatía de la sociedad. En
el municipio de Monterrey, por ejemplo, el alcalde panista Fernando Larrazábal
creó consejos ciudadanos para supervisar directamente a las policías. En
el municipio de Apodaca, el alcalde priísta Benito Caballero creó un sistema
que limita la presencia de jóvenes en las calles después de media noche si
no hay la presencia de un adulto. En ambos casos la sociedad se ha organizado
para articularse a las tareas de seguridad y vigilancia. La sociedad en
Ciudad Juárez espera que el ejército y la policía le regresen la plaza
que ella cedió con su pasividad.
El dilema de la sociedad juarense es
dramático: o se involucra en las tareas del ejército y la policía para cortarle
espacios al crimen organizado o se sigue hundiendo en la descomposición
provocada por el crimen organizado y no por las fuerzas del orden.
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