Domigno 7 de febrero de 2010
+ México: crisis 1995-2010 (5)
+ Revueltas: transición socialista
El año de 1958 fue,
aún antes de 1968, quizá el verdadero año axial, año eje. El sistema
político priísta enfrentó una triple transición: de clase política dirigente,
de partido y de base social. Se había agotado ya el impulso revolucionario y
comenzaba el ciclo de la burocratización. Ruiz Cortines iba a privilegiar el
sistema presidencialista. México pasaría de una democracia revolucionaria a una
democracia bárbara.
La tesis de 1968 como
año axial es de Octavio Paz, en su ensayo definitorio Posdata. Pero 1968
fue, más bien, el año de la explosión de la clase media y del uso de la
represión como política de Estado. El año de 1958 fue, en cambio, de transición
política: la sucesión presidencial de 1958 iba a definir el rumbo del país
hasta finales de siglo, consolidaría un nuevo arreglo entre grupos y clases y
proyectaría al Estado como el pivote de las relaciones sociales.
Mientras las élites
políticas beneficiarias directa e indirectamente de los gobiernos de la
revolución se la pasaban justificando dialécticamente al sistema político como
el garante de una revolución ya para entonces mitificada, sólo una voz
solitaria se levantó para señalar la ruptura del escenario político nacional:
el escritor, ensayista y militante comunista José Revueltas escribió un breve
ensayo para fijar las nuevas coordenadas del análisis de la historia oficial.
El texto México: una democracia bárbara (editorial Era, Obras Completas
16, edición original en Ediciones Anteo 1958, primera edición en Era 1983, 168
páginas) no tuvo la lectura exigida por las circunstancias, sobre todo porque
el Partido Comunista Mexicano ya lo había expulsado en dos ocasiones por su
postura crítica. EL PCM se encontraba en ese año en medio de una confusión
ideológica severa que el propio Revueltas criticaría en 1962 en su ensayo
demoledor Ensayo sobre un proletariado sin cabeza, para demostrar la
“inexistencia histórica” de un partido de la clase obrera.
En 1958 ocurrió,
entre otras cosas, la derrota del movimiento obrero, cuyas movilizaciones a lo
largo de la década había llevado al régimen priísta a quitarse la máscara de la
Revolución Mexicana para ejercer sin pudor la represión. Las luchas obreras
habían carecido de dirección política y el maximalismo de sus líderes,
militantes del PCM, hundió a la izquierda en las catacumbas de la
clandestinidad. Maestros, ferrocarrileros, tranviarios, campesinos y otros
sindicatos fueron aplastados y sus líderes encarcelados. Sin partido de la
clase obrera, los trabajadores confundieron la democracia sindical con el papel
histórico de los trabajadores en la definición de rumbos nacionales.
Lo peor de ese año
era la incoherencia de la izquierda. Dividida entre el grupo progresista del
sistema priísta, el comunismo del PCM y el radicalismo de organizaciones
espartaquistas, la izquierda fue presa fácil de la represión oficial. La
izquierda intelectual adherida al sistema pugnaba sólo por el
cumplimiento de las propuestas básicas de la Revolución Mexicana y la izquierda
marxista apelaba a un gobierno comunista. Los grupos de izquierda dentro del
PRI se la pasaban justificando el conservadurismo oficial y consolidando un
grupo de presión dentro del partido y del gobierno. No había debate. La
sucesión presidencial de 1958 había fijado las reglas del juego: apoyar o no al
candidato oficial. Y la tesis central de la izquierda era que había que
salvar a la Revolución Mexicana desde dentro del sistema político priísta.
Lo paradójico para la
izquierda era el hecho simple de que el candidato oficial era Adolfo López
Mateos, quien como secretario del Trabajo y Previsión Social del gobierno
saliente de Adolfo Ruiz Cortines, había instrumentado la “nueva” política
laboral del régimen: subordinación al desarrollismo, sometimiento al gobierno
vía la CTM del PRI y descabezamiento de las dirigencias radicales funcionales
al PCM. López Mateos se erigió como el candidato de la Revolución Mexicana,
pero sobre los restos de la represión a sindicatos de izquierda. Y a pesar de
ello, la izquierda había sentado el principio político de que estaba en
peligro el movimiento revolucionario y había que apoyar al régimen para
consolidar una izquierda dentro de los gobiernos priístas.
En este contexto, el
año de 1958 fue de definiciones fundamentales para el país, para el régimen y
para la izquierda. En su ensayo México: una democracia bárbara logró
Revueltas --en cuarenta páginas-- aprehender el momento histórico de la
transición mexicana a la derecha. Como el niño del cuento El traje nuevo del
emperador, de Hans Christian Andersen, la voz de Revueltas fue la que
gritó: ¡el emperador está desnudo!” De ahí que el texto de 1958 deba ser leído
como una crítica a la transición conservadora del sistema político
priísta y en la requisitoria más dura contra la confusión ideológica de la
izquierda --la “locura brujular” que el mismo Revueltas acreditaría al pensamiento
marxista que había perdido la orientación de su brújula--, además de realizar
uno de los más lúcidos enfoques marxistas de la realidad mexicana de ese año.
El ensayo original no
causó polémica. La izquierda, avergonzada sin duda de sus confusiones, se hizo
a un lado. En 1983, ya muerto Revueltas, el ensayo se publicó en sus Obras
Completas en la editorial Era y los responsables de la edición --Andrea
Revueltas y Phlippe Cheron-- incluyeron un prólogo escrito por el propio
Revueltas en marzo de 1975, un año antes de su muerte y luego de salir de la
cárcel donde estuvo varios años acusado penalmente --y consta en actas-- de ser
el autor intelectual del movimiento estudiantil de 1968 y de haber propuesto la
bandera revolucionaria que hizo temblar al régimen priísta de Díaz Ordaz: la “autosugestión
estudiantil”, aunque en realidad Revueltas había propuesto sin éxito la
“autogestión universitaria”. El prólogo de Revueltas de 1975 sólo reafirmó sus
tesis de 1958: la izquierda era incapaz ya no se diga de ofrecer una alternativa,
sino siquiera de pensar dialéctica, crítica y autónomamente del pensamiento
oficial.
La versión de 1983 es
más rica porque incluye como anexos varios artículos y ensayos de Revueltas
contra Vicente Lombardo Toledano, el intelectual y dirigente obrero marxista que
se convirtió luego en vocero de la corriente progresista del PRI y murió en
medio de contradicciones de su pensamiento marxista y su práctica priísta y
oficial. En 1958 Lombardo había acuñado la tesis de que en el régimen priísta
existía una corriente democrático burguesa que podía entenderse con la
izquierda marxista para apuntalar a los gobiernos de la Revolución Mexicana y
frenar a la derecha. Revueltas, más lúcido, señaló que la misión de la
izquierda marxista no estaba para apuntalar a nadie sino para ofrecer una alternativa
revolucionaria.
En 1975 la izquierda
estaba agotada. La línea marxista se encontraba en la semiclandestinidad y en
una confrontación sin ideas al régimen y la progresista había caído en manos
del discurso priísta de Luis Echeverría. Revueltas señalaba que la izquierda
marxista había convertido la mediatización en una ideología. Es decir, que el
discurso oficial había triunfado sobre el análisis de la izquierda marxista.
“Por ejemplo, la ideología de “los factores de la producción” en lugar de la
lucha de clases; ideología del Estado-nación por encima de la sociedad;
ideología de la nacionalización y, concomitantemente, la “alianza popular” como
superación de las contradicciones internas del país”.
En 1975 estableció
Revueltas la definición más lúcida del Estado mexicano, del Estado priísta:
“Estado ideológico total y totalizador (subrayados del propio
Revueltas)”, que no resolvía la contradicción entre un Estado de la burguesía y
las clases sociales y en el que el Estado de la burguesía “encuentra su sostén más
vigoroso en las grandes masas domesticadas de la clase obrera, los campesinos y
las clases medias”. Agregaba Revueltas un razonamiento dialéctico: “el secreto
de esta dominación total no se encuentra en otra parte que en la total
manipulación, por el Estado, del total de las relaciones sociales”. Como
al pulque, se burlaba, al Estado priísta “sólo le falta un grado para ser
fascista”. Y con ironía amarga establecía el rango del doble discurso del poder:
“este es el mecanismo con el que funciona la democracia bárbara en México, la
democracia ideal, puramente invocativa, como el traje de etiqueta con que se
viste el chimpancé para su grotesca actuación en el circo de la política
mexicana.
En su ensayo México:
una democracia bárbara, Revueltas hace un análisis de la gran oportunidad
perdida por la izquierda para influir en una de las fases de la transición
política mexicana. Empujada a apuntalar al régimen priísta para salvaguardar
las conquistas revolucionarias, la izquierda había perdido la oportunidad de
convertirse en una real oposición de izquierda. La oportunidad estaba
planteada en el hecho de que el candidato oficial sería López Mateos, cuya
complicidad en la represión obrera debió de haber provocado una radicalización
de la izquierda socialista y comunista. Inclusive, Revueltas fue el primer
ensayista en llevar a la categoría de análisis el fenómeno de la sucesión
presidencial en función de un concepto que luego se haría común: el tapadismo.
Cuenta el anecdotario
del PRI que Ruiz Cortines dejó entrever que el sucesor sería Gilbertio Flores
Muñoz, pero a la hora final resultó López Mateos. Cuando Flores Muñoz se
apersonó en Palacio Nacional, el presidente lo recibió con los brazos abiertos
y le dijo: “ni modo, Pollo, nos chingaron”. Ruiz Cortines terminó con el juego
de la candidatura de contenido político y creó el tapadismo o la leyenda
política del sobre lacrado con el nombre del sucesor. Detrás de lo anecdótico
estaba la realidad política: el control del presidente de la república sobre
las instancias de poder…, o la subordinación de las instancias del poder al
autoritarismo presidencial.
El propósito de
Revueltas fue el de criticar los mecanismos del sistema político piramidal pero
también el de recordarle a la izquierda su papel histórico en la construcción
de una alternativa. Su análisis se basó primero en el desmantelamiento del
discurso oficial que señalaba el sistema político mexicano como singular y
fuera del alcance de la crítica de las ideologías. Revueltas probó que el
régimen mexicano no era autárquico. Inclusive, utiliza la anécdota de Diderot
sobre el clavicordio loco, ese instrumento musical que perdía la cordura y adquiría
autonomía total. El régimen mexicano, escribió Revueltas, era producto de
contradicciones de clase y de una dominación ideológica. Por eso Revueltas
insistía en sus escritos en el concepto de conciencia crítica como instrumento
de análisis. El análisis, agregaba debía ser dialéctico, revolucionario,
esencialmente subversivo. Había que “descifrar los caracteres crípticos con que
se formula el lenguaje político en México y descubrir el contenido real, de
clase, que se esconde entre la engañosa maraña de la ideología dominante”.
Para Revueltas, la
izquierda tenía primero que realizar su propia transición ideológica y a partir
de ella plantear la transición del sistema político priísta. El desensamblaje
del sistema debía ser primero ideológico, luego político y finalmente de
estructuras y superestructuras. La política dominante del Estado priísta
era ideológica y autoritaria y respondía a la clase dominante. En ese análisis
estaban las claves de Revueltas para transitar a México del sistema priísta a
una democracia real y revolucionaria.
La sucesión de 1958
era una gran oportunidad para la izquierda. El PRI y el PAN habían llegado a un
entendimiento. Pero la izquierda había caído en la trampa del acomodamiento. La
tesis de Vicente Lombardo Toledano de una gran coalición beneficiaba al PRI y
desviaba a la izquierda. Por tanto, Lombardo era, para Revueltas, el “líder de
la pequeña burguesía”. Para señalar las limitaciones del pensamiento marxista
aliado al PRI, Revueltas toma las tesis de Lombardo en el folleto La
sucesión presidencial de 1958. Una de ellas establecía el criterio de que
“México sí está en condiciones de desenvolverse de un modo independiente y que
el instrumento para lograr es fin no puede ser otro que un gobierno
representativo de las clases progresistas y que se apoye en programas de estas
mismas fuerzas”. Es decir, la izquierda y la clase obrera debían de
participar en el gobierno, no dirigirlo.
El factor esencial de
este modelo de coalición de clases era la vecindad con los Estados Unidos. Y en
1958 Revueltas --que fue un profundo estudioso de la historia-- estableció que
esa tesis estaba apoyada en la aseveración de Sebastián Lerdo de Tejada: “la
desgracia de México es estar muy lejos de Dios y muy cerca de los Estados
Unidos”. Esta frase, por cierto, se le acredita más a Porfirio Díaz pero
Revueltas señaló que fue de Lerdo, el sucesor de Benito Juárez en la
presidencia en 1872. Ante ese desafío de la vecindad, Lombardo proponía un
candidato único con un programa único, a partir de las propuestas
de “todos los sectores democráticos y patrióticos, desde la clase obrera hasta
la burguesía industrial nacionalista, para que cuente con el apoyo decidido y
entusiasta de la gran mayoría del pueblo”. Para Lombardo, lo que estaba en
juego no era un partido sino México como nación.
El análisis
dialéctico de Revueltas encontró los puntos débiles del razonamiento de
Lombardo: “la clase obrera y el país entero deben abandonarse en manos de esta
burguesía revolucionaria y antiimperialista hasta el fin. He aquí la cola
oportunista del “gato teórico” de Vicente Lombardo”. En esta parte del ensayo,
Revueltas demostró que Lombardo ignoraba las leyes del desarrollo histórico y
de las contradicciones propias de las relaciones sociales. Por tanto, el
escenario no podría ser peor: “no existe en México ninguna fuerza política
seria, que en materia electoral a) quiera enfrentársele al gobierno; b) quiera,
ni mucho menos derrocarlo; C) crea estar o reunir las condiciones para hacerlo;
y d) pretenda romper, en su base, el monopolio político”.
En este párrafo, de
manera dialéctica, Revueltas establecía el plan de la izquierda: competir
electoralmente con el régimen, tener el objetivo de derrocarlo, organizar una fuerza
para ello y sobre todo romper con la base del monopolio político. Lombardo
proponía a la izquierda sumarse a la pequeña burguesía supuestamente
nacionalista y supuestamente antiimperialista. Las elecciones eran, para
Revueltas, la oportunidad: “como la materia del proceso electoral es la materia
misma de las relaciones de las fuerzas sociales --las clases-- hacia el
Estado”. Había que trabajar, pues, la organización electoral porque “no hay
ninguna clase que se encuentre en condiciones inmediatas de poder
hacerle concurrencia política” al Estado priísta.
El razonamiento fue
de fondo, vinculando lo político como expresión de las relaciones sociales y de
clase y estableciendo la exigencia a la izquierda: organizarse políticamente,
disputar lo electoral y controlar el Estado, no subordinarse, como pedía
Lombardo, en un compromiso con la pequeña burguesía. Lo escribió con claridad meridiana:
“la única clase llamada a hacerle al “gobierno revolucionario” una concurrencia
política es aquélla que también viene a ser la única que puede hacerle concurrencia
económica a las clases poseyentes que el gobierno y su partido de Estado
representan. Ésta es la clase no poseyente, la clase desposeída, o se a la
clase obrera, cuya fuerza radica en que, con sólo retirarse del mercado de la
fuerza de trabajo mediante la huelga, paraliza el proceso de producción, la conciencia
de lo cual puede permitirle el arrebatar a las clases poseyentes la hegemonía y
destruir con ello el monopolio político”.
Pero la tarea de la
izquierda tenía que comenzar desde la organización de la clase trabajadora. El
sistema priísta había inventado, decía Revueltas, una superestructura política:
la dominación de clase y su articulación al partido del Estado, de tal manera
que con ello inmovilizaba la lucha de clases. La clase obrera y campesina
organizadas eran, pues, parte del Estado y con ello carecían de movilidad
para luchar por su transformación.
Las tesis de
Revueltas en México: una democracia bárbara --que siguió la línea de
John Kenneth Turner en México bárbaro, una crítica al porfirismo-- delinearon
el drama político e ideológico de la izquierda socialista y comunista e inmovilizaron
el pensamiento marxista. El análisis de Revueltas llevó a la definición del
modelo de control estatal de la sociedad con el aval de la izquierda como lombardismo,
sin duda un virus que ha paralizado a la izquierda. A poco más de medio siglo
del ensayo, la izquierda socialista y comunista ha sido absorbido por el modelo
lombardista del PRD, cuya ideología no implica una alternancia a los modelos
del PRI o del PAN sino que insiste en la coalición de clases nacionalistas e
antiimperialistas para un modelo de producción basado en la acumulación
privada.
El mensaje implícito
en la candidatura de López Mateos consolidaba la argumentación priísta: el
responsable de la política laboral de defensa tutelar de los trabajadores
--producto del artículo 123 constitucional y la ley federal del trabajo--, aunque
hubiese sido el secretario del Trabajo de la represión obrera de los sindicatos
controlados por el Partido Comunista Mexicano. En realidad, el simbolismo era
lo de menos. El candidato presidencial Miguel Alemán fue calificado
precisamente por Lombardo Toledano, dirigente de la CTM como movimiento obrero
oficial del PRI, como “el primer obrero de la patria”, aunque su gobierno
terminó sacrificando a los trabajadores en aras de la consolidación de un modelo
productivo de acumulación privada de la riqueza.
Revueltas
caracterizaría con precisión a López Mateos, más allá de los simbolismos
chabacaneros del priísmo: “este hombre, López Mateos, no es un ser subjetivo,
sino un hecho objetivo, social”. Se trataba de un candidato producto de
las definiciones y contradicciones históricas del PRI. La izquierda, por tanto,
debió de haber construido una alternativa, pero a partir de un trabajo de base,
de organización de clases y de definiciones ideológicas. La tarea era hercúlea
por los mecanismos políticos, ideológicos y de control del Estado priísta sobre
la clase trabajadora. El propósito del Estadio, señalaba, era claro: “al identificarse
el gobierno con la clase obrera, ésta se desidentificaba consigo misma,
perdía la conciencia de clase, olvidaba su propia capacidad y su fuerza para
obtener por sí misma sus reivindicaciones, y de este modo, abandonaba la
perspectiva de una acción independiente”.
La oportunidad de la
izquierda para comprender la lógica de la transición política en 1958 no fue
atendida. Los sexenios de López Mateos y Díaz Ordaz profundizaron el control de
la clase obrera vía Fidel Velázquez, quien paradójicamente logró desplazar a
Lombardo del liderazgo sindical. La tesis lombardista habían llevado al Partido
Comunista Mexicano como la formación más sólida de la izquierda a posiciones
colaboracionistas: el PCM apoyó las candidaturas presidenciales de Plutarco
Elías Calles, Alvaro Obregón, Manuel Avila Camacho y Miguel Alemán, siempre
bajo la tesis de una coalición con el sector progresista del PRI y la pequeña
burguesía nacionalistas y antiimperialista.
Esta historia de la
izquierda socialista y marxista en 1958 parece ser ignorada. El PCM y el
socialismo y marxismo como pensamiento crítico prácticamente desapareció en
1989 con el nacimiento del PRD y la hegemonía interna de ex priístas. La tesis
de la alternativa socialista quedó bajo los escombros del Muro de Berlín,
aunque sin una reflexión crítica. La estructura interna del PRD abandonó el
modelo de la clase trabajadora, su propuesta ideológica es la lombardista del
nacionalismo revolucionario con alianzas con la pequeña y mediana burguesía y
el dominio interno quedó en manos de tribus como grupúsculos de poder.
La izquierda en 1958
era una fuerza viva: telegrafistas, maestros, ferrocarrileros, petroleros. Sin
embargo, Revueltas delineaba la existencia de dos izquierda: “la diferenciación
final de las izquierdas consiste en que hay actualmente en México una izquierda
oportunista y otra revolucionaria”. El alegato de Revueltas en
1958 para sacudir los cimientos políticos e ideológicos de la izquierda para
apostarle a una transición revolucionaria fue infructuoso. El PCM fue
controlado de 1960 a 1978 por una burocracia, perdió su posibilidad de definir
una alternativa, entró al Congreso a seguir las reglas del juego institucional,
se disolvió en el PSUM y luego en el PMS y finalmente la izquierda socialista se
volvió lombardista en el PRD.
De todos modos, el
ensayo México: una democracia bárbara quedó como uno de los textos
fundamentales del análisis político. y en un alegato a favor de la transición a
la democracia socialista.
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