Domingo 21 de febrero de 2010
+ México: crisis 1995-2010 (7)
+ Una economía sin transición
La economía ha sido
sin duda el elemento delineador de las posibilidades e imposibilidades de la
transición mexicana. En la economía se resumen las contradicciones y
limitaciones del país: el modelo de desarrollo ha estado atado al lastre de los
compromisos históricos per se, en lugar de convertirse en el detonador
de los objetivos del Estado de bienestar. Las crisis económicas han sido los
recordatorios de que las políticas económicas carecen de una autonomía
relativa.
El problema de fondo
radica en el hecho de que el pensamiento económico mexicano ha estado articulado
al pensamiento histórico y éste ha mantenido referentes con el pensamiento
político y el pensamiento social. Ocurrió con suficiente intensidad cuando se
definieron los dos grandes modelos de desarrollo --la sustitución de
importaciones y el desarrollo estabilizador--, se convirtió casi en un acto de
fe durante los años del populismo y operaron como obstáculos en los periodos
del neoliberalismo estabilizador y del neoliberalismo globalizador. Y como para
que no hubiera duda alguna, ese pensamiento económico dependiente ha
impedido que la alternancia partidista en la presidencia de la república pudiera
redefinir las posibilidades de la nueva política de desarrollo. La transición
económica no ha cuajar por arrastrar el lastre del pensamiento oficial.
De ahí que el
pensamiento económico no ha podido salirse de los parámetros de la carga
histórica de la Revolución Mexicana. Aún después de que el PRI dio el salto
cualitativo de la Revolución Mexicana al liberalismo social como redefinición
provocada por la negociación del tratado de comercio libre, el peso de la
revolución de 1910 fue determinante. A lo largo del siglo XX, el pensamiento
crítico también cayó en esa dependencia. La izquierda comunista y la derecha
democristiana no pudieron fijar nuevos parámetros para el debate. Por tanto, la
metodología de la crisis ha debido de moverse dentro de las coordenadas de la
Revolución Mexicana. El esfuerzo teórico de Carlos Salinas en el periodo
1990-1993 y al calor de las negociaciones del TCL no pudo crear otros
referentes. Y ante las tendencias de las encuestas a favor del regreso del PRI
a la presidencia de la república para el 2012, el pensamiento político priísta
ha comenzado a regresar al modelo nacional de la Revolución Mexicana.
El debate económico
del siglo XX ha girado intensamente en torno a la dialéctica cumplimiento-incumplimiento
de los compromisos de la Revolución Mexicana. La izquierda comunista no pudo
diseñar una propuesta alternativa, quizá porque en los años cincuenta y sesenta
había logrado hacerse del control de los liderazgos de los principales
sindicatos y éstos respondían justamente al pensamiento sindical oficial que
pugnaba por una alianza histórica del Estado con los trabajadores, además de
que el Partido Comunista Mexicano carecía de reflexión teórica marxista sobre
la política del desarrollo de los gobiernos posrevolucionarios. Y la oposición
democristiana había también laborado en los gobiernos revolucionarios e
inclusive --el caso de Manuel Gómez Morín fue significativo-- habían fundado la
estructura financiera del Estado de la Revolución Mexicana.
De ahí que el gran
debate histórico del siglo XX haya girado en torno al incumplimiento de las
metas de la Revolución Mexicana y éstas determinaron los perfiles y
definiciones del modelo de desarrollo y de las políticas económicas. La
discusión se dio, en consecuencia, en torno a compromisos-pasivos de los gobiernos
posrevolucionario. En 1969 hubo cuando menos cuatro grandes cortes de caja de
la relación entre los compromisos de la Revolución Mexicana con los resultados
sociales cuantitativos: el del agotamiento del modelo de desarrollo
estabilizador, el de la crítica de Luis Echeverría al saldo social negativo, el
del recordatorio entre el consenso nacional vinculado al bienestar de las mayorías
y sobre todo el del pacto político histórico entre la clase obrera con los
gobiernos priístas.
En ese año se
enfrentó el país al primer gran desafío de advertir críticamente que el modelo
de desarrollo de la Revolución Mexicana era incapaz de satisfacer el bienestar
de una población creciente y se acumularon las evidencias de que la economía
necesitaba transitar hacia un nuevo modelo productivo: las élites optaron por
lo político en detrimento de lo económico. Pero también se tuvieron las
certezas de que el modelo de desarrollo era correspondiente al sistema
político. Uno no podía modificarse sin afectar al otro. Así, la crisis
económica condujo a crisis política y de agotamiento de la estructura de
funcionamiento del régimen político y éste a su vez retroalimentó nuevas fases
de la crisis económica. En el periodo 1990-1993 Carlos Salinas canceló la etapa
del modelo de desarrollo de la Revolución Mexicana, pero no reformó el sistema
político. La crisis de la globalización articuló conflictos en la economía y
las relaciones sociales y de gobierno.
Sin alternativas radicales
del proceso histórico, entonces el debate sobre la crisis económica a finales
de los sesenta y principios de los setenta se agotó en el eje conductor de las
metas de la Revolución Mexicana. Sin propuesta socialista ni opción
democristiana y con una clase intelectual también dependiente del proceso
histórico, en consecuencia la crítica al modelo de desarrollo se centró en el
contrapunto de las metas sociales de la Revolución Mexicana. De las críticas
desde dentro del sistema priísta una de las más lúcidas y profundas fue
la del maestro Enrique Padilla Aragón en dos ensayos fundamentales primero como
crítica y luego como propuesta: México: desarrollo con pobreza y México:
hacia el crecimiento con distribución del ingreso, el primero circulado a
mediados de 1968 y el segundo en 1981. Los dos libros fueron publicados en
fechas fundamentales del quiebre de dirección política: la crisis
político-social de 1968 y el agotamiento del populismo y la sucesión
presidencial a favor de los tecnócratas del neoliberalismo.
El primer libro hacía
un recuento del saldo social de casi sesenta años de gobiernos revolucionarios.
Y la crítica de Padilla Aragón se centraba en tres tesis: los gobiernos de la
Revolución no había resuelto el problema del bienestar social, el modelo
capitalista había polarizado la pobreza y la miseria y el camino de solución
estaba en retomar las metas de la Revolución Mexicana. Para Padilla Aragón, el
problema central estaba localizado en el crecimiento demográfico por su tasa de
3.5% de crecimiento anual porque obligaba a tasas altas de PIB. Pero también
hacía énfasis en la ausencia de mecanismos de distribución del ingreso: la
política social requería de enormes presupuestos y la política fiscal se había
tornado complaciente con los empresarios.
En 1970, las cifras
sociales de la economía expresadas en la distribución del ingreso revelaban las
falacias del discurso político triunfalista de la Revolución Mexicana:
--El 30% de la población
más rica se apropiaba del 70% del ingreso, en tanto que el 70% de la población
más pobre se repartía el 30% del ingreso.
--El 10% de la
población más rica concentraba el 45.5% de la riqueza, en tanto que el 10% de
la población más pobre apenas tenía acceso al 5.6% de la riqueza.
--Hacia 1977, el
saldo económico-social de los gobiernos de la Revolución Mexicana se resumía en
la concentración de la riqueza y de la pobreza en dos polos.
--El porfirismo hacía
tenido un ritmo irregular de crecimiento económico en el periodo 1896-1911, con
una tasa promedio anual de PIB de 2.7%. El primer periodo de la Revolución
Mexicana, de 1910 a 1927, había logrado a duras penas un crecimiento anual
promedio de 0.8%. Los años de la crisis de la gran depresión, de 1928 a 1932,
hundieron a México a tasas promedio de PIB de -4.2%. Y el largo periodo de
consolidación económica, de 1933 a 1982, el crecimiento económico promedio fue
de alrededor de 6%.
--El país había
tenido varios periodos de definición del desarrollo: el de la exportación de
materias primas, el de sustitución de importaciones al calor de la segunda
guerra mundial, el del desarrollo estabilizador luego la devaluación de 1954 a
1970, el del populismo como desarrollo compartido vía decisiones del Estado de
1971 a 1982, el de la estabilización macroeconómica neoliberal de 1982 a 1990 y
el del neoliberalismo globalizador de 1990 al 2010.
Lo paradójico del
contexto de los ensayos de Padilla Aragón radicaba en el hecho de que la
política del desarrollo se había desvinculado del discurso político de la
Revolución Mexicana. Las cifras de la distribución del ingreso en 1977
reforzaban la tesis de que México crecía a tasa altas de PIB --6% promedio
anual-- con baja inflación --2% anual promedio--, pero el país registraba un
aumento en la población empobrecida. El crecimiento económico no se
transformaba en bienestar social. Señalaba Padilla Aragón: “la Revolución
Mexicana no puede ni debe orientarse hacia un capitalismo maduro y caduco,
cuyas limitaciones padece el mundo (a finales de los sesenta comenzó la fase
conocida como la “crisis general del capitalismo”). Si la Revolución Mexicana
lleva a México a ser un país capitalista “altamente desarrollado”, como todo el
mundo dice ahora, mal habrá cumplido sus fines la revolución”.
La crítica de Padilla
Aragón se apreció certera pero tardía. Veinte años antes, en 1947, el
economista y abogado Daniel Cosío Villegas publicó un breve ensayo titulado “La
crisis de México”, en la que establecía --antes de las rupturas obreras y sociales--
que los problemas económicos, políticos y sociales respondían al hecho del
incumplimiento de las metas de la Revolución Mexicana e inclusive ponía en duda
la validez de esos objetivos. Sin embargo, casi un cuarto de siglo después, en El
sistema político mexicano, Cosío Villegas destacaba el hecho de relevos
presidenciales sin violencia y con estabilidad: sin crisis. Pero una cosa era
la estabilidad en un país con un régimen piramidal, autoritario y de partido
hegemónico y otras las cifras de concentración de la riqueza en pocas manos. En
este punto centró Padilla Aragón su crítica. A finales de los sesenta y
principios de los sesenta, la política de justicia social del Estado
revolucionario se resumía en tres instrumentos tibios e insuficientes: el salario,
la seguridad social y la tutela estatal de trabajadores y campesinos. Sin
embargo, las cifras de polarización de riqueza y pobreza desmentían el discurso
oficial de la justicia social.
El llamado de
atención de Padilla Aragón fue certero pero mal enfocado. En efecto, la tasa de
crecimiento económico promedio de 6%, inflación anual promedio de 2% y un tipo
de cambio fijo y libre sustentado en el control de la inflación no llevaban a
una justa distribución de la riqueza. Se trataba, en términos de Padilla
Aragón, en un “desarrollo con pobreza”. En un análisis social publicado en
1979, el economista Carlos Tello Macías ofreció un panorama de la desigualdad
social:
--El 35 por ciento de
la población mayor de seis años no tenía educación formal. El 22 por ciento del
total de la población mayor de edad apenas tenía la escuela primaria. Ocho
millones de personas mayores de 10 años eran analfabetas. El 59 por ciento de
la población entre los 6 y 14 años estaba en primaria.
--10 millones de
personas no comían carne ningún día a la semana; 11.2 millones no consumían
huevo; 18.4 millones no tomaban leche; 33.9 millones no se alimentaban con
pescado; y 11.3 millones no tenían acceso al pan de trigo.
--El 69 por ciento de
las viviendas del país tenía dos cuartos; el 40 por ciento, un cuarto. El 39
por ciento de las viviendas no tenía agua entubada; el 59, sin drenaje; el 44 utilizaba
leña y carbón como combustible.
--La desigualdad
regional y demográfica traía consigo sus injusticias: todo a las ciudades y a
la industria.
--El 50 por ciento de
las familias con más bajos ingresos recibía el 15 por ciento del ingreso
personal disponible. En el otro extremo, el 20 por ciento de las familias de
más altos ingresos captaba el 64 por ciento del ingreso. En términos más estrictos,
el 10 por ciento de las familias más ricas acaparaba el 51 por ciento de la
riqueza. Si el ingreso promedio por persona era de 600 dólares al año, tan sólo
el 10 por ciento de las familias más pobres llegaba apenas a 90 dólares.
--La desocupación tenía
su explicación: la oferta amplia de mano de obra disminuía los costos y
aportaba a los empresarios un ejército de reserva. Según datos oficiales, la
desocupación representaba el 7.0 por ciento de la población económicamente
activa; asimismo, el 81 por ciento de la PEA estaba ocupada más de nueve meses
al año. Si la desocupación y la subocupación tomara, además, a quienes ganan
menos del salario mínimo, la cifra de parados y semiparados llegaba al 45 por
ciento de la PEA.
--La planta
industrial ofrecía las mismas contradicciones: el 1.0 por ciento de los
establecimientos acaparaba el 67 por ciento de los activos fijos totales de la
industria, el 63 por ciento del capital y el 63 por ciento de la producción. En
el otro lado, el 92 por ciento de los establecimientos tenía nada más el 5.2
por ciento de los activos, el 5.0 por ciento del capital y el 6.0 por ciento de
la producción.
--En el campo, las
tasas de producción habían caído y la concentración de la propiedad era
significativa: menos del 5 por ciento de la superficie total era para el 80 por
ciento de los propietarios; y el 1.1 por ciento de propietarios ricos tenía
para sí el 60 por ciento de la superficie campesina.
El debate debió girar
sobre un nuevo modelo de desarrollo. Sin embargo, Padilla Aragón logró
fundamentar la propuesta de redefinir el modelo en función de dos estrategias:
el desarrollo hacia dentro y la distribución del ingreso. Su libro de 1981 fue
más a fondo y delineó cuatro criterios:
--Sí es posible la
estrategia de crecimiento con distribución del ingreso.
--La distribución del
ingreso no impide la meta de altas tasas de PIB: justicia social con
estabilidad.
--En diez años se
pueden obtener metas de equidad social.
--La política de
crecimiento con distribución del ingreso debería enfatizar cinco puntos:
alcance y dominio del gobierno sobre la economía, ir más allá del simple
ingreso cono indicador y fijar criterios de nutrición, salud, vivienda y
educación, elevar la productividad, atender la función del bienestar y
abandonar el modelo brasileño de mayor intensidad de capital por el de mayor
intensidad de trabajo.
La propuesta de
Padilla Aragón fue la más coherente porque analizaba la reorganización del
modelo de desarrollo y una reconsideración audaz de la política económica. Sin
embargo, el problema fue su dependencia no tanto de las metas de justicia
social y equidad de la Revolución Mexicana sino su fundamento histórico. El
pensamiento económico del siglo XX en México giraba en torno a temas
sustanciales: el marco teórico de la Revolución Mexicana, el papel hegemónico
del Estado, el control de los factores de la producción, el partido hegemónico
como heredero de los valores del movimiento de 1910 y el presidencialismo
dominante.
Pero la dependencia
del pensamiento económico al pensamiento histórico limitó los alcances del
desarrollo. Más aún: lo castró. En una visión de largo plazo, las metas de la
Revolución Mexicana fueron demasiado nebulosas: el bienestar en lo general. La
idea central de una tercera vía --ni capitalismo ni socialismo-- afectó incluso
la movilidad de las ciencias sociales y del pensamiento crítico del poder. El
modelo político se centró en el dominio del Estado a través del gobierno y por
el mecanismo del control de las fuerzas sociales, políticas y productivas. Por
tanto, la propuesta fue un híbrido: socialismo de Estado y capitalismo
productivo. Sin embargo, la capacidad de desarrollo de infraestructura,
tecnología y educación limitó las posibilidades del desarrollo. La fase de
sustitución de importaciones y de desarrollo estabilizador condujo a un modelo
proteccionista de alta intensidad de exportaciones controladas y poca oferta
interna.
El modelo mexicano se
agotó sólo en la definición primaria: la intervención del Estado en el proceso
productivo pero con poca dinámica en la creación de factores propiamente
productivos. El problema de fondo se localizó en la crisis fiscal del Estado,
vista en toda su dimensión en el gobierno de Echeverría: ampliación del gasto
público y mayor compra de empresas públicas, pero sin atender las exigencias de
los ingresos ni atendiendo a la utilidad real del sector paraestatal. El
déficit presupuestal rompió el equilibrio inflacionario y la inflación apresuró
la devaluación, en medio de la ruptura del equilibrio de la economía mixta. Desde
los setenta la crisis del Estado se localiza en el renglón fiscal. Echeverría
acudió al déficit presupuestal y López Portillo al endeudamiento, los dos como
caminos de corto plazo que provocaron sendas crisis.
El neoliberalismo
estabilizador preparó el camino para la globalización. Pero el error
estratégico de Carlos Salinas fue optar sólo por el comercio libre y no
explorar el camino de la reconversión industrial ni un nuevo plan de
modernización agropecuaria, a pesar de que Salinas rompió con el mito de la
reforma agraria y el ejido pero no redinamizó la producción del campo. La
apertura comercial por razones originariamente antiinflacionarias y sin una
modernización de la planta industrial condujo a la quiebra de líneas completas
de producción y la transformación de los industriales en importadores. Y el
aumento indiscriminado de la inversión extranjera directa, indirecta y
especulativa entregó sectores productivos a los intereses foráneos.
El pensamiento
político hegemónico se quedó estancado en los “ideales” de la Revolución
Mexicana y no pudo transformarlos a la dinámica de la economía internacional.
La lógica se apoyaba en el criterio de que la libertad económica podía derivar
en una libertad política y con ello la ruptura de los mecanismos de control,
productivo que determinaban el autoritarismo del Estado. Trabajadores,
campesinos y empresarios dependían de los hilos del poder del sistema político
piramidal. Los diferendos salariales, por ejemplo, se resolvían en el PRI y
luego pasaban a las instituciones. Los empresarios estaban atados a los
subsidios y a la limitada infraestructura, pero sin libertad de movimiento. Y
los campesinos veían resueltos todos sus problemas por subsidios del Estado:
tierra, agua, fertilizantes, créditos y precios de garantía, además de
seguridad social. Y luego se daba el detalle adicional de que los mecanismos de
representación política, social y de clase eran sólo una reproducción de los
espacios políticos en el partido en el poder. Aún sin tener representación en el
PRI como los trabajadores, campesinos y clases medias, los empresarios
dependían --subordinados-- de las decisiones de política económica del Estado
Al final, los empresarios formaban un sector invisible del sistema-partido.
Ahí se establecía el
mecanismo de dependencia del sistema productivo de los hilos del poder
político. Y el pensamiento económico también estaba atado a los valores
ideológicos y culturales del sistema político priísta, sin que la izquierda y
la derecha pudieran ofrecer caminos alternativos. Los economistas trabajaban en
el Estado a través del PRI. Y los intelectuales dependían del discurso
ideológico de la Revolución Mexicana. Por ello la política económica nunca se
salió de los caminos institucionales, cuyas vertientes eran suficientemente
laxas como para tolerar inclinaciones a la derecha y a la izquierda. La salida
del pensamiento económico no fue trabajar la libertad de ideas sino preferir la
ortodoxia. Las escuelas de economía de las universidades públicas --sobre todo
la UNAM-- fijaron su pensamiento en el Estado y éste vivía a cuenta de del
pensamiento histórico de la revolución mexicana.
La última oportunidad
de debate dentro de los parámetros fue la abierta por Padilla Aragón. Pero la
definición de un modelo de desarrollo para el crecimiento con distribución del
ingreso requería de un esfuerzo de reestructuración no sólo del pensamiento
económico sino de la organización de la clase política. Es decir, de una
segunda Revolución Mexicana, aunque ahora sin muertos ni guerra civil. Sin
embargo, la clase política priísta estaba burocratizada, los liderazgos
presidenciales impedían el juego de ideas y la izquierda y la derecha no
cumplían su función de contrapesos políticos e ideológicos. Echeverría y López
Portillo no quisieron la profundización ideológica y se conformaron sólo con la
revitalización del Estado, pero sin atender la lógica de ingresos-gastos,
conduciendo al país a estallamientos presupuestales que derivaron en
devaluaciones y recesiones.
En este contexto, las
crisis económicas tuvieron un escenario poco atendible: el pensamiento
económico sin libertad de reflexión y con el pensamiento político-histórico
atado al cuello de sus propias posibilidades. Lo malo de todo fue que la
Revolución Mexicana como célula madre del pensamiento político e histórico del
siglo XX no tuvo preocupaciones por la teoría económica sino que se conformó
con la vía intermedia de un Estado políticamente fuerte pero sin una teoría
para la intervención creciente en el proceso productivo. El ejemplo lo dio
Echeverría: se dedicó a comprar empresas en quiebra pero no a crear un sistema
paraestatal funcional a la dinámica productiva. La salida de Salinas tampoco
fue solución: liquidó el pensamiento histórico de la Revolución Mexicana y
subordinó la economía nacional a la internacional.
Lo que pocos han
entendido es que la transición política real requiere de un nuevo equilibrio
productivo y de clases y éste sólo se determina por la transición económica.
Por tanto, el pensamiento económico debiera romper con las ataduras del
pensamiento político ortodoxo.
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