Miércoles 23 de junio de 2010
+ Prensa 2010: daños colaterales
+ Salpica guerra sucia PAN-PRI
Con la
certeza de que Carlos Marín, director de Milenio, no necesita
defensa porque lo avala su sólida trayectoria profesional, lo cierto es que la
guerra sucia entre los partidos está arrastrando a los medios a la
situación de daños colaterales.
El fondo
radica en la decisión de algunos medios de carecer de código de ética y
de meterse en la dinámica de la guerra sucia sin criterios de definición
informativa. Así, el periodismo ha sido arrastrado al amarillismo de la
denuncia por sí misma pero sin la confirmación de credibilidad o la oportunidad
de aclarar confusiones.
En la guerra
sucia del PAN contra el PRI apareció una grabación ilegal de una
conversación del gobernador de Oaxaca con el operador de prensa del candidato
del PRI al gobierno estatal. Al hacer referencia a un tercero en ausencia, el periodismo
de ética exigía cuando menos buscar una aclaración por el involucrado. Y ahí
apareció el nombre de Carlos Marín.
Pero el
problema no es Marín sino la decisión de un programa de radio de Carmen
Aristegui de difundir una cinta de procedencia sospechosa que forma parte de la
guerra sucia del PAN contra el PRI sin hacer las aclaraciones
pertinentes ni buscar reacciones de los involucrados. No se trataba de un
programa de crítica --que puede hacerlo-- sino informativo.
El asunto
central es que los medios están siendo usados como peones de jugadas de
poder de los grupos políticos en pugna. Para todos es obvio que la avalancha de
grabaciones ilegales para grabar conversaciones telefónicas --un hecho
prohibido por la Constitución-- es una apuesta desesperada del PAN-PRD para
alcanzar a los priístas que llevan ventaja. Pero lo grave es que los políticos
están usando
a los medios y con ello contribuyendo a su descrédito.
Y lo
deleznable del asunto es que entrarle al terreno de la difusión de grabaciones
ilegales entregadas por manos malamente insidiosas se convierte a la postre en
una práctica que demerita el periodismo porque suple las deficiencias de
la investigación periodística y se asienta en el cómodo papel de los escándalos
de los juegos de poder de los grupos políticos.
El periodismo
contribuyó ya a la limitación de las garantías civiles. En el caso de
Lydia Cacho, el ministro Genaro Góngora Pimentel se permitió una violación
constitucional que fue aclamada por los grupos radicales: leer en el pleno de
la Corte Suprema de Justicia la transcripción de una grabación telefónica que
en ese momento prohibía la Constitución. Y lo peor es que por presión
política se le dio valor probatorio a una prueba que la Constitución
señalaba expresamente que no lo tenía.
Lo grave fue
que Góngora logró a posteriori la modificación constitucional para permitir
las grabaciones ilegales y su difusión con la autorización de una de las
partes involucradas. El asunto negativo registró el hecho de que un ministro de
la Corte Suprema violó la Constitución, fue aclamado y regresó al país a las
prácticas de espionaje político del viejo régimen priísta. Y ese
retorno a la violación de las garantías individuales ha sido posible con la complicidad
de una prensa acomodada a los intereses de los grupos políticos en pugna.
El caso reciente
del gobernador de Oaxaca carece de valor periodístico porque está lleno
de vacíos informativos. Ganó el periodismo del escándalo político pero falló gravemente el
periodismo de ética: ¿por qué no se investigó el origen de las
grabaciones y se denunció el juego de poder en el proceso electoral? ¿Por qué
no se investigó si lo dicho coincidía con la realidad? En esa grabación
en realidad salen ganando Carlos Marín y Milenio porque el
gobernador se quejaba de los espacios abiertos al candidato de la coalición
PAN-PRD. Es decir, que Milenio no se ajustaba a ningún convenio.
Lo paradójico del
asunto fue que Marín resultó víctima del espionaje político cuando él
como reportero de Proceso realizó una acuciosa investigación sobre el
espionaje político, entrevistó con nombre y apellido a un ex agente de
Gobernación y logró presentar el primer reporte periodístico de
investigación --en reportajes y un libro-- de cómo operaban los espías del
gobierno. Y hoy una grabación lo menciona de manera irresponsable como tercero
en ausencia y lo presenta como daño colateral y, peor aún, con deficiencias
de técnicas periodísticas de tipo informativo y de ética.
El periodismo debe
plantear sus propias reglas del juego. Se trata de un asunto
deontológico, de decisiones de autorregulación. La guerra sucia en política y la
crisis de seguridad está desafiando a los medios a definir nuevas
prácticas informativas. El agotamiento del viejo régimen y aquel periodismo del
poder no ha derivado en una autorreflexión de la prensa sobre las nuevas
formas del ejercicio de la información y la crítica. Mientras haya una prensa
que busque acreditarse con el escándalo y no con el profesionalismo, los
medios seguirán siendo peones de juegos perversos del poder.
Lo bueno de todo es
que el profesionalismo representa un blindaje. Y Marín no tiene que
preocuparse del problema porque lo acredita un profesionalismo que se respeta y
se reconoce, en tanto que los periodistas del escándalo se definen con
acciones que los colocan como bocinas del poder; y con ello hasta ganan
premios.
www.grupotransicion.com.mx
carlosramirezh@hotmail.com
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