Viernes 9 de julio de 2010
+ Ejército despresuriza ambiente
+ DH, elecciones, narco, DN-III
Justo cuando se estaba
alimentando una confrontación estéril del ejército con la Comisión
Nacional de los Derechos Humanos, la Secretaría de la Defensa Nacional aceptó
la recomendación 36/2010 sobre los hechos ocurridos en Ciudad Mier, Tamaulipas,
y desactivó un punto de conflicto.
La decisión de la
Sedena reencauzó un asunto que fue sacado del carril institucional y que
quería ser utilizado para insistir en acusaciones de presuntas violaciones de
derechos humanos de una familia que quedó atrapada entre una agresión de
bandas del crimen organizado contra una partida exploratoria del ejército. La
aceptación de la recomendación demostró que las fuerzas armadas no
asumen ninguna condición de excepcionalidad.
En su respuesta a la
CNDH, la Sedena aporta elementos sobre sus programas de derechos humanos.
Sobresale, por ejemplo, el sometimiento de los militares a las reglas
institucionales de atención a los derechos humanos. Asimismo, destaca el dato
de que la Dirección General de Derechos Humanos de la Sedena firmó un convenio
de colaboración con la Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos
de la ONU para el establecimiento de indicadores de respeto a los
derechos humanos. Se trataría del primer ejército que acepta someter sus
programas a una correlación con la ONU. Las fuerzas de ocupación militar en
Afganistán, controladas por los EU, violentan impunemente los derechos
humanos. Y las ONG´s miran a otro lado.
La recomendación de
la CNDH buscó ser utilizada para acotar la participación del ejército en
la lucha contra el crimen organizado. El incidente en Ciudad Mier, donde
perdieron la vida dos niños, ha sido utilizado para generalizar la violencia
en enfrentamientos con bandas del crimen. Sin embargo, la investigación del
incidente sigue su curso en las autoridades ministeriales, la PGR y la
Procuraduría de Justicia Militar. Por lo demás, el ejército sigue siendo la última
línea de defensa en Tamaulipas ante el fracaso de funcionarios y gobiernos. En
Monterrey, donde lo acusan de reprimir, el ejército acaba de atrapar al
líd4er Zeta Esteban Luna Luna, alías El Chachis, uno de los
responsables de la balacera en el Tecnológico donde murieron dos estudiantes.
Lo malo del
asunto militares-crimen organizado radica en el hecho de que las autoridades
políticas siguen retrasando la actualización del marco jurídico para la
actuación militar en labores policiacas, ante la acumulación de
evidencias de que las fuerzas policiacas han sido rebasadas por la
organización, violencia y armamento de la delincuencia. La iniciativa de ley de
seguridad nacional fue tergiversada en el Senado y congelada en
la Cámara de Diputados, mientras la violencia de la delincuencia sigue
escalando rangos de provocación, como ocurrió con el asesinato artero
del candidato del PRI al gobierno de Tamaulipas.
Lo que está en el
fondo del debate es el papel del ejército en actividades ajenas a la
seguridad nacional ante cualquier amenaza extranjera. Pero el mapa de
violencia del crimen organizado ha modificado el concepto de seguridad nacional
como un asunto externo y ha dibujado un país prácticamente ocupado por
grupos criminales que usan la violencia y las armas. La presencia dominante de
delincuentes en cuando menos una decena de estados de la república es un asunto
de seguridad nacional interna porque rompe con la soberanía del Estado
en parte el territorio nacional. En Tamaulipas, por ejemplo, manda la
delincuencia, no las instituciones. Por tanto, es un asunto de soberanía del
Estado nacional.
En estos días, el
ejército definió su participación en temas esenciales: aceptó como principio
la defensa de los derechos humanos y reconoció a la CNDH, fue garante de
la seguridad en el proceso electoral, refrendó su papel en la lucha contra una
criminalidad poderosa, continuó deteniendo a jefes de la delincuencia y
participó con su ejemplar Plan DN-II de auxilio a la población civil por
los efectos dañinos de huracanes en Tamaulipas y Nuevo León. ¿Qué hubiera
pasado en el país sin el ejército?
La ofensiva contra el
ejército tiene un escenario especial. Las fuerzas armadas son una de las
herramientas más efectivas que tiene el presidente de la república para
encarar los problemas de seguridad, estabilidad y soberanía. La organización,
disciplina, dedicación, lealtad, profesionalismo, preparación técnica y
compromiso con la nación han convertido al ejército en objetivo de
grupos que le apuestan al debilitamiento de las instituciones. Toda crisis
de cambio político tiende a querer desviarse hacia un proceso peligroso de desinstitucionalización.
Un Estado sin ejército legitimado jurídica y socialmente es un Estado fallido.
Por eso algunos
políticos buscan minar el poder y la autoridad del poder ejecutivo mediante
el debilitamiento de sus fuerzas armadas. Mientras los legisladores siguen eludiendo
la urgencia de las reformas a la ley de seguridad nacional, deshojan la
margarita del fuero militar y polarizan opiniones con tintes partidistas o vendettas
políticas, los militares siguen sus labores de lucha contra el crimen
organizado con pocos instrumentos legales y jurídicos y sometiéndose a supervisiones
que parecieran buscar alejarlos de la lucha contra el crimen organizado
para que el país quede en manos de la delincuencia. El modelo es simple:
tamaulipatizar la república.
Ahí se localiza la urgencia
de legislar sobre seguridad nacional pero sin buscar beneficios parciales y/o
partidistas. La participación de las fuerzas militares en la lucha contra la delincuencia
y la arrogancia del crimen organizado --como se acaba de ver en Tamaulipas-- exigen
mayor voluntad de los legisladores. La delincuencia no está jugando. Y no
existe ninguna otra fuerza capaz de contener y vencer a los delincuentes que el
ejército.
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