Domingo 2 de mayo de 2010
+ México: crisis 1995-2010 (15)
+ Ezcurdia: teoría de la praxis
El Partido
Revolucionario Institucional siempre fue un enigma, pero aún así se convirtió
en un objetivo. En plena transición a la democracia, por ejemplo, el Partido
Socialista Obrero Español dejó entrever su deseo de convertirse en “un PRI”. En
los Estados Unidos se hizo un esfuerzo por analizar al partido del Estado en
México pero los académicos e inclusive los analistas de inteligencia se dieron
por vencidos ante la imposibilidad de poder abrir el ostión priísta.
En 1972 Daniel Cosío
Villegas presentó al PRI como uno de los dos pilares básicos del sistema político
mexicano e hizo el primer análisis histórico de su surgimiento. Luego, con gran
rigor académico pero sin perder el espacio político, el investigador Luis Javier
Garrido realizó la más profunda indagación histórica en su ensayo El partido
de la revolución burocratizada. Luego vinieron los analistas de El Colegio
de México. Pero aún así, el PRI siempre se convirtió en un enigma.
En 1968 se publicó un
ensayo singular. El priísta, funcionario, politólogo, periodista, columnista e
historiador político Mario Ezcurdia publicó el texto Análisis teórico del
Partido Revolucionario Institucional (editorial Costa Amic, México D.F.,
1968, 183 páginas) donde su método analítico fue quizá demasiado sencillo pero
sin duda que complejo: intentar una evaluación del PRI a partir de la teoría
política de los partidos, sobre todo el modelo de Maurice Duverger. Se trató, a
decir de los editores, del primer “análisis sistemático y científico” del PRI.
La tarea no era
menor. El PRI nació cuando la ciencia política de los partidos era
prácticamente inexistente. A México la ciencia política llegó en 1950 y se
explayó en 1951 con la fundación de la Escuela Nacional de Ciencias Políticas y
Sociales de la UNAM, posteriormente transformada en Facultad. Los primeros
acercamientos al PRI se dieron en el mundo académico a mediados de los sesenta.
Eso sí, los primeros intentos de aproximación al PRI ocurrieron a finales de
los cincuenta y no propiamente en la academia sino en la política práctica: las
caracterizaciones críticas que hicieron el Partido Comunista Mexicano y el PAN.
Por cierto, el PAN
fue el que inventó la caracterización del PRI como el Partido-Estado o el
Partido-gobierno. El acercamiento no estaba ajeno a la realidad, aunque faltó
la metodología científica. Sin embargo, ahí comenzó la indagación sobre el PRI
como el partido que duró en el poder de 1929 --como Partido Nacional
Revolucionario-- al 2000. Y luego de la alternancia, el PRI demostró la certeza
de aquella afirmación de Fidel Velázquez, el todopoderoso líder sindical, de
que el PRI no era inmortal sino inmorible. Hacia el 2010 el PRI parece
ser empujado por las encuestas hacia el regreso a la presidencia de la
república, aún con muchas contradicciones internas y rupturas entre las
familias priístas del poder.
De ahí la importancia
del ensayo de Ezcurdia. Lo importante del texto radica no sólo en el contenido
sino en el autor. Ezcurdia fue funcionario público y operó como jefe de prensa
de la Presidencia de la República en el gobierno de López Mateos. Luego se
dedicó a la columna política convirtiéndose en uno de los analistas más leídos.
Asimismo, siempre estuvo vinculado al PRI y fundó y dirigió la revista teórica Línea,
además de dirigir el periódico oficial El Nacional. En materia política,
siempre estuvo en el grupo conocido como la izquierda nacionalista de la
Revolución Mexicana. A ello agregó Ezcurdia una sólida preparación teórica de
la ciencia política, al grado de que en los setenta tuvo una extraordinaria
polémica con Cosío Villegas en torno precisamente del PRI.
El PRI nació en 1929
con la propuesta del presidente Plutarco Elías Calles en su IV informe de
gobierno en septiembre de 1928 y como consecuencia del asesinato del general
Alvaro Obregón, candidato presidencial triunfante. Obregón era el último de los
grandes caudillos de la Revolución Mexicana. Su fuerza política le permitió
modificar aliarse con Calles, imponerlo como presidente de la república en 1924
y luego obligarlo a modificar la Constitución para permitir la reelección
presidencial luego de un periodo. La violación del principio de no reelección
presidencial despertó luchas internas por el recuerdo vivo de Porfirio Díaz. El
asesinato de Obregón en 1928 provocó el principal terremoto político al
interior del grupo político que ganó la Revolución Mexicana y llevó al país a
la orilla de otra guerra civil. Con astucia, Calles percibió la imposibilidad
de su propia reelección y optó por una salida de enorme inteligencia política:
crear un partido político nacional que agrupara a todas las corrientes y ser el
garante de la unidad. Calles no necesitó la reelección y funcionó como el
hombre fuerte del Partido Nacional Revolucionario y por tanto del grupo revolucionario.
Así, Calles asumió todo el poder de 1928 a su exilio forzado por Lázaro
Cárdenas en 1936.
Este periodo político
del poder de 1928 a 1940 fue el de la consolidación del PRI como el partido del
poder, del Estado, del gobierno, de la clase gobernante y de los grupos
corporativos. A partir de 1940 el PRI comenzó a ser dominado no por un caudillo
sino por el presidente de la república en turno. La clave de la fuerza del PRI
radicó en el hecho de que el presidente de la república era simultáneamente en
jefe del partido como en los sistemas parlamentarios, pero con reglas menos
abiertas y democráticas. Al controlar el Ejecutivo y el presupuesto, el PRI
tenía el control de los principales hilos de poder. El presidente de la
república decidía, por asignación personal, todos los cargos de elección
popular.
El PRI tuvo varias
etapas: la de los caudillos (de 1928 a 1940), la de los sectores corporativos
(de 1940 a 1946) y la del mando presidencial (de 1946 al 2000). Al perder la
presidencia de la república, el PRI se quedó sin el instrumento de poder y de
control. Y la posibilidad de recuperar la presidencia de la república ha
enfrentado al PRI a regresar a las viejas prácticas piramidales, autoritarias y
caciquiles. Nacido como PNR, el PRI se fue transformado por Lázaro Cárdenas en
el Partido de la Revolución Mexicana y luego Miguel Alemán lo convirtió en el
Partido Revolucionario Institucional.
El primer conflicto
para encarar teóricamente el PRI viene del nombre: la contradicción entre
revolucionario e institucional, dos términos antitéticos. Pero el sentido del
nombre era el mensaje: no perder las raíces y orígenes vinculados directamente
con la Revolución Mexicana pero dejar el mensaje hacia el futuro con el
concepto de institucionalización. El PRI, decían no sin ironía analistas y no
pocos priístas, se había bajado del caballo de la Revolución y se había subido
al Cadillac de la modernización. Ciertamente el PRI siguió usando el lenguaje
revolucionario, pero ya con un proyecto de nación ajeno propiamente a una
revolución.
En este marco
histórico sentó Ezcurdia su esfuerzo de teorización del PRI. Calles sin duda
que no era un teórico de los partidos pero tuvo la suficiente inteligencia
política para concebir un partido que juntara a todos los partidos,
organizaciones y grupos revolucionarios bajo, claro, la conducción de una
jefatura. Calles percibió las posibilidades cuando negoció con grupos
obregonistas, burócratas, líderes del congreso y sobre todo generales
revolucionarios la crisis que se provocó con el asesinato de Obregón. Por
tanto, señala Ezcurdia, el PRI no nació de una base militante, ni de una
ideología, ni de una clase. El PRI --y fue su primera aportación razonada--
nació desde el poder. Por tanto, la fuerza del PRI siempre estuvo
asociada a la conservación del poder, primero presidencial y luego de los
gobernadores y del Congreso.
En el fondo, el PRI
no nació en torno a una doctrina sino más bien a una propuesta de un grupo en
el poder. Cosío Villegas señala, con pragmatismo histórico, que el PRI nació
para cumplir con tres funciones: “contener el desgajamiento del grupo
revolucionario, instaurar un sistema civilizado de dirimir las luchas por el
poder y dar un alcance nacional a la acción político-administrativa para lograr
las metas de la Revolución Mexicana”. Ezcurdia hace un enfoque doble: un
partido para la unidad de los grupos que sobrevivieron a la Revolución y
defender la propuesta programática del programa de la Revolución. Aunque
pareciera haber una similitud, Cosío Villegas enfatiza el pragmatismo y
Ezcurdia el bagaje ideológico. El significado es diferente cuando se enfoca
desde fuera como Cosío Villegas y cuando se analiza desde dentro como Ezcurdia.
Aunque hace una
revisión exhaustiva y puntual de las teorías sobre los partidos políticos,
Ezcurdia suele terminar sus análisis parciales con el argumento de que las
teorías y metodologías no alcanzan para enfocar el análisis teórico del PRI. Sin
embargo y sin desdeñar las argumentaciones académicas, Ezcurdia reconoce la principal
fuente de nacimiento del PRI: el poder público. Así, Ezcurdia presenta su
primera conclusión tratando de ajustar la práctica a la teoría: “el PRI, por
sus orígenes, puede clasificarse como un partido endógeno --nacido del poder
público--, exógeno --originado en asociaciones de ex combatientes y en
sindicatos de trabajadores-- y de motivación programática”.
La parte más difícil
del análisis de Ezcurdia es la función de un partido nacido del poder político
para facilitar la gobernación de ese poder político con la existencia de otros
partidos. El PRI fue partido dominante y hegemónico, pero no único. Inclusive, en
el discurso de Calles el primero de septiembre de 1929, cuando da la bienvenida
al PRI, también le corre la cortesía a la derecha para que se organice como
partido. El PAN nació en 1939 de funcionarios del área económica de los
gobiernos de Obregón y Calles. El PRI y el PAN eran los dos partidos políticos
como tales. El Partido Comunista Mexicano, nacido en 1919, obtuvo su registro
legal en 1978. Antes existió el Partido Popular, fundado por Vicente Lombardo
Toledano y un grupo de militantes salidos del PCM y de los sectores
progresistas del PRI, pero después transformado en Partido Popular Socialista,
con una especie de marxismo tolerado y hasta funcional al PRI, pues el PPS tuvo
siempre como candidatos presidenciales a los del PRI. Asimismo, funcionó también
como apéndice del PRI el llamado Partido Auténtico de la Revolución Mexicana,
fundado por el jefe de ayudantes de Venustiano Carranza. El PPS y el PARM
hacían el juego de parodia al sistema de partidos dominado por el PRI.
Este sistema
controlado de partidos funcionó hasta 1978. La crisis de legitimidad del
sistema de partidos estalló cuando importantes grupos sociales le entraron a la
movilización política al margen de los partidos y cuando el PCM promovió la
radicalización y alentó la insurrección guerrillera, provocando que la
izquierda no oficial no dejara gobernar al PRI. La reforma política de 1978
legalizó al PCM y liquidó el viejo sistema de partidos apéndices del PRI. En
1988 se creó el Frente Democrático Nacional para apoyar la candidatura de Cuauhtémoc
Cárdenas y en 1989 nació el PRD con la confluencia de prácticamente todos los
grupos, partidos y organizaciones de izquierda.
En este tránsito, el PRI
de todos modos se sostuvo como el partido dominante, al grado de que sus
fracturas sucesivas derivaron en nuevos partidos. El PRD nación de dos veneros
fundamentales: el PCM y priístas cardenistas. En este contexto, el análisis
teórico de Ezcurdia apenas dibuja la hegemonía del PRI porque fue publicado en
1968, cuando el PRI tenía la capacidad de ser un organismo plural con cabida de
todos los grupos. Ahí falla un poco el análisis de Ezcurdia, pues el PRI nació
de ex combatientes y organizaciones sociales que se ampararon en la Revolución
Mexicana pero ya como PRI se abrió a prácticamente todos los grupos. Por eso
Luis Javier Garrido afirmó que en México “todos somos priístas hasta demostrar
lo contrario”.
El PRI, en
consecuencia, fue algo más que un partido político: los presidentes de la
república convirtieron al PRI en el espacio de negociación de las grandes
decisiones, para eludir la confrontación ideológica y de clase en un sistema
clásico de partidos. El PCM tuvo que abjurar de su origen comunista para
acercarse más al centro o a una izquierda liberal y finalmente en el PRD perdió
el rumbo ideológico --la “locura brujular” que invocó una vez José Revueltas-- para
tratar de crear un partido igual de pluriclasista que el PRI. El PRI, por
tanto, fue una especie de microcosmos de la conformación de grupos, clases y
organizaciones que existía en el país, además de que la estructuración
corporativa fundada por Lázaro Cárdenas le dio el poder de las tres grandes
clases subordinadas al gobierno y al Estado: los campesinos, los trabajadores y
las clases medias.
En esta parte flaquea
el ensayo de Ezcurdia porque enfatiza la tesis del dominio ideológico del PRI
por encima del control estructural pragmático que fundó la hegemonía del PRI:
el presidente de la república controlaba al PRI, decidía las candidaturas, financiaba
las campañas de sus candidatos y, sobre todo, controlaba directamente la
organización de las elecciones y contaba los votos en la Secretaría de
Gobernación. Los priístas han sido reacios --y Ezcurdia no le entró a debatir
ese punto-- a analizar la parte del fraude electoral en función de tres
criterios: la hegemonía de la ideología de la Revolución Mexicana, la
representación corporativa de los candidatos y la necesidad de controlar el
dominio absoluto de los cargos de elección popular para cumplir con los
programas de la Revolución Mexicana. Ezcurdia, en cambio, acredita las
victorias mayoritarias “al valor ideológico y programático del partido”.
Ahí, de todos modos,
Ezcurdia toca un punto sensible. El PRI logró imponerse como el partido
producto de la historia. Cuando le preguntaron en su campaña que cuál era su
programa de gobierno, Luis Echeverría contestó: “la Constitución”. Y así era,
en efecto: el PRI se convirtió en la estructura operativa de los grupos
mayoritarios del país pero transformó en Constitución su propuesta como grupo.
La Constitución fue asumiéndose como un espejo del programa de gobierno del PRI
y luego el programa de gobierno del PRI era un reflejo de la Constitución. Los
demás partidos, más tradicionales a la estructura de los partidos, tenían
propuestas parciales. Así, el PRI se apoderó de la historia, no sólo en cuanto
a propuestas sin al utilizar la educación pública como un aparato de control
político, social e ideológico, y más con el dominio de la estructura sindical
del magisterio.
En este sentido, el
PRI se convirtió en una reproducción de la república. Y los demás partidos no
pudieron competir en ese terreno y prefirieron propuestas parciales: el PAN con
el conservadurismo social y excluyente y el PCM con su socialismo minoritario.
Esta parte de los secretos del PRI fue muy difícil de ajustarlos a alguna
teoría política. Peor aún cuando los partidos de los regímenes comunistas eran
de todos modos autoritarios y dictatoriales, por lo que dependían de la
exclusión.
El PRI mantuvo su
legitimidad mayoritaria en tanto cumplió con los requisitos teóricos y las
ventajas políticas. Ezcurdia le dedica un capítulo justamente a esa parte:
“Doctrina y raigambre histórica del Partido Revolucionario Institucional”. Y
ahí se localiza la clave de la hegemonía del PRI: en tanto que mantuvo su
vinculación histórica con las luchas sociales progresistas de la nación, el PRI
se quedó como el partido de la historia nacional. Ezcurdia establece la
relación orgánica a través de la Constitución, en tanto que la carta magna fue
asumida justamente no como una norma jurídica de convivencia plural sino como
la síntesis histórica de las luchas de la nación.
Por tanto, el
escenario de la derrota presidencial del PRI no fue vista por Ezcurdia, quien
murió en 1985: cuando el gobierno de Carlos Salinas desligó al PRI de la
Revolución Mexicana y modificó la Constitución en sus artículos históricos
--propiedad de la tierra, rectoría del Estado, reconocimiento de los derechos
de la iglesia, entre otros--, el PRI perdió su legitimad histórica y por tanto
se metió en una zona de debilidad social. Ello llevó a que el PRI abandonara
los objetivos de bienestar social por los de neoliberalización de la economía y
con ello comenzó a perder votos. Al final, en el 2000, el PRI quedó como un
partido sin ideología y sin mayorías.
El PRI, según se
desprende del ensayo de Ezcurdia, logró transitar por las crisis en la medida
en que se mantuvo como el partido del bienestar social de las mayorías. Sin
embargo, la larga crisis económica 1973-1982 llevó al PRI a la ineficacia de
sus políticas económicas y a perder de vista el factor de la estabilidad
macroeconómica. Al derivar en un partido solamente populista, el PRI perdió sus
bases sociales, las nuevas generaciones más exigentes y sobre todo el
agotamiento de los liderazgos de sus sectores corporativos. Los partidos
sobreviven por la dinámica de sus relaciones internas. A ello se agregó la
larga etapa de imposición de candidaturas ajenas a las expresiones sociales que
fueron perdiendo interrelación social.
La crisis de 1968,
justamente la del año de la publicación del ensayo de Ezcurdia, reveló la falta
de dinamismo interno del PRI. Cumplió con todos los requisitos teóricos y
prácticos, pero se olvidó de la renovación de ideas y de dirigencias. Asimismo,
no supo enfrentar la ruptura generacional de los jóvenes menos vinculados a la
ideología como doctrina. Y sobre todo, acumuló un pasivo de empleo y bienestar
que estalló como demanda insatisfecha de empleo. Y peor aún, el endurecimiento
del poder político llevó al gobierno a contestar con represión las
manifestaciones paradójicamente radicales de los jóvenes alentados por el ánimo
de la Revolución cubana socialista. La protesta prendió como en un campo de
hierba seca. Y el gobierno contestó con más represión.
El PRI ya no supo
mediar. Y comenzó su declinación. El relevo presidencial implicó también una
ruptura de la continuidad política. Con López Portillo llegó la generación de
los tecnócratas ajenos a los movimientos históricos y la crisis económica y su
correlativa crisis de las ideas históricas. De ahí a la pérdida de la identidad
partido-sociedad fue sólo cuestión de tiempo para que el PRI agotara su ciclo.
Ahora sólo la falta de pericia gubernamental del PAN y la escasez de resultados
sociales coloca al PRI ante la expectativa de recuperar la presidencia de la
república, pero aún con la incertidumbre de una sociedad que ya ejerce su voto
al margen de las condicionantes históricas.
En este escenario
histórico se localiza la existencia del PRI como, dice Ezcurdia, “un fenómeno
político extraordinario”. Sin embargo, la lectura en el tiempo del ensayo de
Ezcurdia, cruzada con las evidencias de la larga crisis económica, política,
social, ideológica e histórica, además de la propia alternancia partidista en
la presidencia de la República, deja entrever que el factor extraordinario de
la percepción del PRI es menor a la estimada hace medio siglo. Quizá la parte
poco explicada sea el hecho de que el PRI y sus tres herencias malditas
--represión, corrupción y pobreza-- fueron suficientes para quitarle la
presidencia de la república pero no para derrotarlo como partido, pues quedó
con la mayoría en el Congreso y en las gubernaturas estatales. Pero con un
esfuerzo analítico podría concluirse que el PRI ha sobrevivido por su experiencia
y el control de los hilos de la estabilidad.
Lo interesante ahora radica
en revisar el PRI como partido político a partid del método de Ezcurdia pero
con la realidad cuarenta años después, pero también en el contexto de la crisis
de ideas, de historia y de futuro que atraviesa el país de lado a lado. Además,
también si el control de la Presidencia de la República y con un sistema de
partidos más competitivo. Entonces podría concluirse que el PRI ahora sí es un
partido político tradicional, aunque se percibe en sus liderazgos y
corporaciones una nostalgia del pasado hegemónica que quiere irrumpir de
regreso. Ezcurdia analizó un PRI dominante, hegemónico y lejos de perder el
poder.
Pero queda como
conclusión el hecho de que el PRI no es un invento sino que aún en sus mejores
tiempos pudo localizarse en los terrenos de la ciencia política. Y que en
ciencia política no hay fenómenos inexplicables, si acaso, hechos que exigen un
mayor esfuerzo analítico. Pero al final de cuentas, las derrotas presidenciales
del 2000 y del 2006 demostraron que el PRI puede ser inmorible y hasta inmortal
pero ciertamente vulnerable cuando la sociedad se decide a votar por sí mismo y
no por la historia.
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