Domingo 16 de mayo de 2010
+ México: crisis 1995-2010 (18)
+ Careaga: traición de los clérigos
La caída del Muro de
Berlín mostró en verdadero rostro de la realidad intelectual del mundo: los
pensadores, los hombres de ideas, se dieron cuenta que estaban desnudos. Unos,
por su papel legitimador de la explotación en nombre de una utopía;
otros, por la ideologización de su crítica. Al final, los intelectuales se
quedaron en medio de un vacío filosófico.
Los intelectuales
mexicanos han sido, históricamente, víctimas de sus propias limitaciones. No
fueron capaces de encararse al poder; al contrario, se convirtieron en
bocinas. El problema no fue novedoso: la hegemonía de la cultura política del
sistema priísta se convirtió en un lastre. La vinculación PRI-Revolución
Mexicana impidió la reflexión intelectual abierta, plural, crítica, salvo la
honrosa excepción --que además confirmó la regla-- de José Revueltas
desde el Partido Comunista Mexicano y luego desde su propia posición marxista
inflexible.
A lo largo del siglo
XX, los intelectuales se movieron en tres escenarios: el de su articulación
al Estado, al poder y a la ideología oficial; el del espacio liberal de
independencia crítica en función de su propia libertad de crítica; y el de la
crítica marxista al sistema, al poder y al Estado en busca de la
liberación de la clase obrera. Los prototipos recientes estuvieron a la vista:
Carlos Fuentes, Octavio Paz y José Revueltas.
El debate real sobre
el papel de los intelectuales surgió al comenzar los setenta y fue promovido
por el activismo del escritor Carlos Fuentes y el periodista Fernando
Benítez a favor de Luis Echeverría. El primero venía de una militancia crítica
pero al final de cuentas dependiente del discurso histórico de la
Revolución Mexicana y el segundo pertenecía a grupos articulados al PRI. El
punto de ruptura fue el movimiento estudiantil del 68 y el papel de Echeverría
como secretario de Gobernación. “Crimen histórico de los intelectuales no
apoyar a Echeverría”, declaró Fuentes, quien se incorporaría al sistema
político priísta como embajador de México en Francia y en 1976 actuaría como
asesor político del PRI en la candidatura presidencial de José López Portillo.
Paz fue más crítico.
En 1968 renunció a su cargo de embajador de México en la India en repudio a la
represión en Tlatelolco y desde entonces se mantuvo alejado del poder, aunque
sin romper con los poderosos. “Los intelectuales deben mantener la distancia
con el Príncipe”, declaró Paz en esos años setenta para fijar su posición:
el intelectual puede dialogar, debatir y hasta criticar al poder, pero sin
alinearse. Paz y Gabriel Zaid, y luego Enrique Krauze, desarrollaron una
crítica liberal a los excesos del priísmo y pidieron la transición de
México hacia la democracia por la vía del respeto al voto.
La posición de
Revueltas fue la más radical. Y paradójica. Como casi todos los intelectuales,
Revueltas trabajaba en los suburbios del Estado pero sin ningún compromiso de
subordinación. En 1968 trabajó en la Secretaría de Educación Pública en un
cargo menor y más por su amistad con el escritor Agustín Yáñez, entonces
secretario de Educación Pública del gobierno de Díaz Ordaz. Pero en un regreso
de Cuba en el primer trimestre del 1968, Revueltas fue acosado en el
aeropuerto. Indignado, escribió una dura carta de renuncia a su pequeño cargo.
De la SEP pasó a la oficina de prensa del Comité Olímpico Mexicano y ahí duró
hasta el comienzo del movimiento estudiantil. Renunció al COM para meterse
de lleno al movimiento como miembro del comité de lucha de Filosofía y Letras y
en noviembre de 1968 fue encarcelado bajo la acusación de ser el “autor
intelectual” de la protesta estudiantil. Antes, Revueltas fue expulsado dos
veces del Partido Comunista por sus posiciones críticas. Libre en 1971, se
dedicó a escribir.
Estas tres figuras
intelectuales podrían resumir los comportamientos intelectuales
mexicanos en el siglo XX. A pesar de algunos ensayos que no impactaron --uno de
Daniel Cosío Villegas, otro de Enrique González Pedrero y algunos ensayos de
Carlos Fuentes--, el tema fue centrado por el sociólogo Gabriel Careaga
en 1971 con la edición de su libro Los intelectuales y la política en México,
publicado por la Editorial Extemporáneos. El pequeño libro --de apenas 141
páginas en un formato de un cuarto de carta-- sacudió el ambiente intelectual y
logró fijar con precisión los contornos del debate: los intelectuales
estaban subordinados a la Historia nacional, la Historia oficial, y eran
incapaces de asumir una independencia crítica o, diría Revueltas, de asumirse
como conciencia crítica de la sociedad. Careaga logró mezclar con
maestría los elementos para el análisis: la ausencia de libertad para pensar,
los intelectuales como burócratas del poder, el sacudimiento marxista, el peso
insondable de la Historia nacional y los jaloneos de independencia. Al final,
el peso específico del poder de la Historia fue uno de los puntos que
limitaron el papel. O para seguir el concepto de Julian Benda, la Historia
nacional facilitó la traición de los intelectuales llevándolos a
preocuparse más por su comodidad que por la tarea de ejercer el pensamiento
crítico al poder.
Luego de los debates
en 1971-1973, los intelectuales fueron metidos en otra discusión en sus
funciones. En una de las mesas redondas organizada por Octavio Paz y la revista
Vuelta a propósito de la caída del Muro de Berlín, el escritor peruano
Mario Vargas Llosa logró apastillar en una frase la relación de
codependencia de los intelectuales y el Estado: México era la “dictadura
perfecta” porque lograba tener en su seno a los intelectuales críticos, aún los
que renegaban del Estado. La política cultural del Estado se conformaba con asimilarlos
aunque no convencerlos.
El tono de Vargas
Llosa había sido adelantado por Careaga veinte años antes en su libro Los
intelectuales y la política en México. El libro de Careaga fue pionero en
su enfoque: estudió el papel de los intelectuales, lo contextualizó en los tiempos
revolucionarios de entonces e indagó posicionamientos de los principales grupos
intelectuales. Su investigación más importante se centró en dos grupos
intelectuales que dominaron los cincuenta y los sesenta: el grupo de la revista
Política, de Manuel Marcué Pardiñas, y el Grupo El Espectador de Carlos
Fuentes y enrique González Pedrero. Los dos tuvieron un origen de izquierda,
los dos estuvieron dominados por su apoyo irrestricto a la Revolución
Cubana y los dos se desgranaron en el espacio político del gobierno de Luis
Echeverría.
La crítica de los
intelectuales tenía la función de acotar los excesos del poder
institucional. De hecho, en México no hubo intelectuales independientes en la
fase constructiva de la Revolución, porque los escritores eran al mismo tiempo funcionarios
y diplomáticos y creadores literarios. Los entonces considerados intelectuales
de izquierda pululaban en los pasillos del partido del Estado, aunque
ciertamente al lado de funcionarios críticos. Tres intelectuales de izquierda
fueron claves en la conformación del discurso izquierdista de Lázaro
Cárdenas: Vicente Lombardo Toledano, Jesús Silva Herzog y Narciso Bassols.
Lombardo colaboró en la construcción del discurso sindical populista, Silva
participó en la redacción del decreto de expropiación petrolera y Bassols
consolidó la propuesta de educación socialista de los revolucionarios en el
poder.
La siguiente
generación fue la de Política y El Espectador. Y ahí dedica Careaga
buena parte de su análisis casi para ofrecerlo como tipología de los
comportamientos de grupos intelectuales. Esos dos grupos venían de un
compromiso directo con el cardenismo, se entusiasmaron con la Revolución Cubana
casi como una revolución que se fijó objetivos que la Revolución Mexicana había
declinado. Inclusive, por ejemplo, Carlos Fuentes estuvo en París durante el
movimiento estudiantil del Mayo francés y publicó un largo ensayo desde el
punto de vista marxista, con invocaciones a Marx. Para esos dos grupos
intelectuales, Cuba era una especie de aire de refresco ante el agobio
autoritario del priísmo en el poder.
Pero a pesar de todo,
los intelectuales nunca se destetaron de su dependencia del Estado y de
la Revolución Mexicana. En su investigación, Careaga rastrea los orígenes
políticos de esos grupos. En mayo de 1959 apareció la revista El Espectador,
publicación del Grupo El Espectador, formado por Carlos Fuentes, el politólogo
marxista Víctor Flores Olea, el poeta Jaime García Terrés, el politólogo
Enrique González Pedrero, el sociólogo Francisco López Cámara y el filósofo
Luis Villoro. Todos ellos, con el tiempo, redefinieron sus pasiones:
Fuentes fue diplomático de Echeverría y asesor del PRI, Flores Olea trabajó con
Carlos Salinas, González Pedrero fue senador y secretario general del PRI.
Terrés se mantuvo en su espacio poético y empresario cultural pero sin
alienaciones políticas, López Cámara se quedó en el magisterio y Villoro se
negó a cualquier cargo público.
El Grupo El
Espectador definió en el primer número de la revista El Espectador sus
posicionamientos políticos. Contrasta, para el arranque, el hecho de que asuman
una posición de observación como espectadores cuando se trataba de una
militancia. En seis puntos, el grupo definía sus objetivos:
1.- El cumplimiento
estricto de la Constitución, hoy por hoy sustituida por oraciones retóricas que
pretenden suplantar la ley.
2.- Respeto
incondicional del voto en las escalas municipal, estatal y federal.
3.- Independencia del
sindicalismo, respeto a la voluntad de los trabajadores en cuanto a la selección
de dirigentes se refiere.
4.- Definición
independiente de actividades políticas en México, Primer paso hacia la creación
de auténticos partidos políticos que encarnen la división real de las fuerzas
sociales y de sus respectivos intereses.
5.- Eventual
integración de un congreso independiente del ejecutivo y representativo de las
diversas tendencias políticas del país.
6.- Manifestación
efectiva del pensamiento público y liquidación de la tácita censura que
actualmente hace de la prensa mexicana un coro uniforme del pensamiento
oficial.
No se trata de una nueva
propuesta sino tan sólo de retomar el rumbo perdido de la Revolución Mexicana,
pero sin un posicionamiento crítico sobre las desviaciones de la Revolución. La
Revolución Mexicana era asumida con un enfoque romántico, idealista, sin una
reflexión de las disputas por el poder, menos aún con una severa crítica al
PRI. Sólo el punto 5 presentaba una novedad: la apertura del Congreso a una
nueva representación política. Sin embargo, su compromiso con la Constitución
--y ésta como el proyecto político del PRI-- limitaba el alcance de cualquier
reforma.
La revista duró poco:
sólo siete números. En su contenido había más entusiasmo que realmente
propuestas de fondo. El ambiente de todos modos quedó arraigado, sobre todo por
las propuestas de una organización política continental, nacida al amparo de
Lázaro Cárdenas en 1961: la Conferencia Latinoamericana por la Soberanía
Nacional, la Emancipación Económica y la Paz”, pero como un espacio político de
apoyo a Cuba. Esta reunión se organizó un mes antes de la invasión a Cuba en
Bahía de Cochinos y luego de la definición marxista de la Revolución Cubana.
El año 1961 fue de
posicionamientos radicales de los intelectuales mexicanos. En febrero de ese
año se fundó la revista Política, dirigida por el ingeniero cardenista
Manuel Marcué Pardiñas y tuvo un espacio determinante para rescatar el debate
en la izquierda mexicana. Los miembros del grupo de la revista Política fueron,
de acuerdo al recuento de Gabriel Careaga, los siguientes: Alonso Aguilar,
Fernando Benítez, Enrique Cabrera, Fernando Carmona, José de la Colina, Carlos
Fuentes (cerrada ya El Espectador), Lombardo Toledano, Francisco López
Cámara (de El Espectador) Salvador Novo, Víctor Rico Galán, Emilio Uranga,
Antonio Pérez Elías, Antonio Rodríguez y Pita Amor.
A lo largo de cuatro
años, la revista Política giró en torno a definiciones políticas más
radicales que El Espectador y luego reformuladas al calor de la lucha sindical
y la revolución cubana:
1.- En la política
nacional, la independencia económica y cultural frente al imperialismo.
2.- La lucha por el
desarrollo económico y social de México, propiciando un avance de la revolución
mexicana.
3.- La lucha por la
independencia sindical y un movimiento obrero altamente politizado.
4.- La lucha por la
libertad de los presos políticos.
5.- La unificación de
la izquierda.
6.- La consolidación
de la propia revista.
7.- En la política
exterior, la defensa y el apoyo irrestricto de la revolución cubana.
8.- También se
hablará de la política de la guerra fría, de las luchas de los pueblos, del
Tercer Mundo, de las posibilidades del socialismo como un camino para el
desarrollo.
Pero a pesar de su
lenguaje de izquierda, la revista se inclinó más hacia el sector progresista
del PRI. Se trataba, por cierto, de un PRI en donde se fortalecía un sector de
izquierda, conformado por algunos generales radicales que participaron en la
Revolución, de militantes del gobierno cardenista, del propio Cárdenas como
conciencia crítica y de políticos provenientes del Partido Comunista Mexicano.
Asimismo, había economistas que después conformaron la teoría del capitalismo
monopolista de Estado, aunque sin romper con el PRI.
La agenda de Política
fue más radical que la de El Espectador. Pero al final, padeció el mismo
problema: las tentaciones del poder. La Conferencia alternativa al capitalismo
derivó en México en el Movimiento de Liberación Nacional, también formado al
calor del general Cárdenas. Hacia 1964 los grupos se dividieron por los
enfoques con respecto al poder. Y en 1968 y sobre todo en 1969, varios de los
principales intelectuales críticos se afiliaron a la precandidatura
presidencial de Emilio Martínez Manatou, secretario de la Presidencia en el
gabinete de Díaz Ordaz, y fuerte competidor por la nominación del PRI frente a
Luis Echeverría. Ahí los intelectuales regresaron al redil priísta bajo
el criterio --verdadera teoría del poder-- de que rendía más frutos la lucha
desde dentro.
Ahí se ha localizado
justamente el problema con los intelectuales mexicanos: su subordinación al
poder y su distancia del poder. Peor aún: la obsesión de los intelectuales para
depender del poder. Sólo la vertiente marxista de Revueltas --única, por
lo demás, por la falta de seguidores-- mantuvo el enfoque de reflexión para el
cambio. Y más aún, la militancia en organizaciones sociales de confrontación,
frente a otros intelectuales que no salieron del espacio del poder priísta. Un
caso singular es el de Enrique González Pedrero, crítico como maestro,
confrontador como intelectual, subordinado al PRI ya en el poder y finalmente
ajeno al mismo poder que contribuyó a consolidar. Y lo peor de todo: dependiente
del PRI y de su ideología. En un ensayo publicado a finales de los sesenta y
recogido en su libro El gran viraje, González Pedrero se permite un desliz
poco sensato y sobre todo sin referencia histórica: “la izquierda nació
con la Revolución Mexicana”. Esta percepción distorsionó el papel de la
izquierda, porque en realidad la izquierda nació más bien marxista a en los
años sesenta del siglo XIX y luego con el Partido Comunista Mexicano en 1919.
El dilema político e
ideológico de González Pedrero fue resumido, dialécticamente, en un diálogo de
suma importancia para la historia política de los intelectuales mexicanos
posteriores a la mitad del siglo XX. La conversación de Gabriel Careaga con
Gastón García Cantú recogida en el libro Los intelectuales y el poder.
Al entrarle al tema del Grupo El Espectador, Careaga --autor de Los
intelectuales y la política en México y la antología reunida en el libro Los
intelectuales y el poder-- sacó el tema con García Cantú a propósito de los
intelectuales que fundaron la revista Política en 1960 y que dejaron de
escribir en esas páginas en 1964. “Aparece un nuevo fenómeno que explica en
forma muy amplia Roderic Camp. Él dice que los intelectuales mexicanos han
fluctuado entre la participación en el gobierno y la permanencia fuera del
gobierno; cuando están afuera aumenta su papel como críticos sociales; cuando
son miembros del gobierno, guardan silencio. ¿Qué opinas de esta tesis de que
el intelectual debe estar fuera del gobierno para ejercer su papel de
crítico?”, preguntó Careaga.
La respuesta de
García Cantú sentó una tesis bastante original: “la observación de Camp es muy
simple, no sencilla sino trivial. En países como los nuestros, donde no ha
existido propiamente una carrera política hecha en postulaciones para la
representación popular, donde todavía es posible trazar la imagen social
conforme al laberinto de Facundo, donde la capilaridad social hace que el
lumpen de ayer sea el trabajador de hoy, donde el trabajador de antier el
clasemediero arribado a la burocracia, donde el burócrata se transforma en
comerciante o donde las clases, por falta de educación estricta, se confunden
las unas con las otras —excepto la alta burguesía—, es claro que la política
refleje la confusión de las clases. La política no es una profesión sino
improvisación continua”.
La referencia de
García Cantú al laberinto de Facundo no pudo haber sido más acertada. Se trata,
ciertamente, de una metáfora basada en el libro Facundo, del escritor
argentino Domingo Faustino Sarmiento, nacido en 1811. Se trató de la vida
novelada de Juan facundo Quiroga, un general argentino. Sarmiento utilizó ese
ejemplo para darle utilidad sociológica a su obra con el título largo de Civilización
y barbarie, Vida de Juan Facundo Quiroga. En el capítulo 5 aparece la tesis
del laberinto, luego de que Facundo se enfrenta al maestro que lo lastima y él
lo tumba de su silla para luego huir de la ciudad. “Desde que llega a la edad
adulta, el hilo de su vida se pierde en un intrincado laberinto de vueltas y
revueltas, por los diversos pueblos vecinos: oculto unas veces, perseguido
siempre, jugando, trabajando en clase de peón, dominando todo lo que se le
acerca y distribuyendo puñaladas”. Así vio García Cantú a los intelectuales
frente al poder, dando “vueltas y revueltas”.
Los intelectuales
prefirieron el poder. De la lista de El Espectador y Política, varios se
sumaron a la precampaña de Martínez Manatou durante la sucesión presidencial de
1970 definida en 1969, después de Tlatelolco. En 1969 un grupo de académicos,
entre ellos varios del Grupo El Espectador --Francisco López Cámara y Víctor
Flores Olea-- redactaron junto con García Cantú, Enrique González Casanova,
Gustavo Romero Kolbeck y Horacio Labastida un ensayo titulado El dilema del
desarrollo: democracia o autoritarismo, destinado a servir de apoyo a la
precandidatura presidencial de Emilio Martínez Manatou, secretario de la
Presidencia y aspirante junto con Luis Echeverría y Alfonso Corona del Rosal.
Se trataba de aprovechar el espacio político.
El nominado fue Luis
Echeverría, secretario de Gobernación. Acicateado por la sombra de Tlatelolco,
Echeverría buscó desligarse de la relación con Díaz Ordaz. Ése fue el sentido
de su minuto de silencio en la Universidad Nicolaíta de Michoacán por los
muertos en Tlatelolco, presionado por los estudiantes. Ese hecho irritó al
ejército y estuvo a punto de provocar el cambio de candidato presidencial. Ya
en el poder, Echeverría distensionó la política, liberó a los presos políticos,
abrió espacios de poder para los jóvenes y convocó a los intelectuales a la
función pública. Dos casos fueron significativos: el escritor Carlos Fuentes
fue designado embajador y el historiador Gastón García Cantú fue hecho director
del Instituto Nacional de Antropología e Historia. En ambos hubo reflexiones
abiertas sobre su incorporación al gobierno en función de la institucionalidad,
pero al final de cuentas ambos fueron muy criticados por sus vaivenes.
Inclusive, García Cantú --cuyos artículos en Excelsior habían enfurecido
a Luis Echeverría y había provocado el golpe para destituir a su director Julio
Scherer García-- había recibido una dura crítica en Proceso en una
colaboración del escritor Fernando del Paso haciendo referencia al “cambio de
piel” de García Cantú al incorporarse al gobierno de López Portillo como
director del INAH.
Los intelectuales
mexicanos quedaron marcados con sus indecisiones, pasiones y sobre todo
intereses. Su papel pudo haber sido más crítico respecto al agotamiento del
modelo político del PRI y más inclinado a propiciar --no sólo proponer-- la
transición hacia la democracia. Lo plantearon El Espectador y Política
en sus declaraciones políticas, pero a la hora decisiva se quedaron como
subordinados al poder. Sólo la vertiente liberal de los intelectuales con Paz
le entró al debate de la transición, pero sin el acompañamiento de otros grupos
que prefirieron viajar en el furgón de cola del sistema político priísta.
www.grupotransicion.com.mx
carlosramirezh@hotmail.com
-
- 0 - -
Imprimir
|