Domingo 30 de mayo de 2010
+ México: crisis 1995-2010 (19)
+ Córdova: el otro sistema político
El final de los años
sesenta y principio de los setenta se dio en México un despertar
político pero sobre todo ideológico. La represión en Tlatelolco, menor a otras
más graves, tocó los sentimientos de la clase media, además de que atrapó a los
mexicanos en el inicio de una larguísima crisis económica con secuelas
sociales.
En esos años se
dieron cuando menos tres redefiniciones básicas: la caracterización de
la Revolución Mexicana más allá del lenguaje de la historia oficial, el estudio
a fondo de las verdaderas estructuras del sistema político priísta y la
conformación de una oposición académica fuera de los controles oficiales.
Paradójicamente la crítica no salió de las bases sociales, de la clase obrera o
de la oposición, sino de la academia crítica influida por el marxismo.
La idea central fue
hacer una radiografía del poder, de sus instituciones y del PRI. Se
trató de identificar la estructura del aparato político de poder. Una parte se
fue por el lado de la ideología y con ello logró desmitificar los
valores políticos del régimen priísta, como la Revolución Mexicana entonces
enferma de arterioesclerosis, y otros enfatizaron el papel dominante de las
instituciones.
En este contexto se
localizan dos obras vitales de aquellos años que luego se convirtieron en obras
clásicas: La formación del poder político en México y La ideología de
la Revolución Mexicana, escritas por el politólogo Arnaldo Córdova,
bastante influido por Gramsci y definido hacia el marxismo. El valor de ambos
libros radicó no tanto en el enfoque del análisis sino en la profundidad de la
investigación y en las conclusiones desmitificadoras. Los estudiosos comenzaban
a demostrar que el sistema político, como en el cuento de Hans Christian
Andersen, estaba desnudo. Luego vinieron, como avalancha, otros: Daniel
Cosío Villegas, Manuel Camacho Solís, Lorenzo Meyer y bastante más. Y todos con
el mismo objetivo: desentrañar los misterios del funcionamiento del
aparato del poder en México.
El ensayo La
formación del poder político es México fue un ejercicio de síntesis de
Córdova. Su meta fue encontrar la relación entre la estructura social y el
grupo político en el poder. Y ahí detectó cuando menos tres instancias:
el Estado, el partido y la historia. El análisis historicista de Córdova
enfatiza justamente un proceso de continuidad en el tiempo, aún cuando
se tratara de rupturas revolucionarias. Así, la Independencia abrió pasó al
periodo de caos y luego a la Reforma y ahí se fundó el Estado que utilizó Díaz
y luego el PRI.
La tesis de Córdova
no sólo fue audaz sino aparentemente contradictoria: el factor
fundamental del sistema político a lo largo de la historia independiente de
México fue el Estado, pero no sólo como el elemento de cohesión nacional en el
siglo XIX ante la falta de una unidad interna sino como el pivote del
desarrollo den el siglo XX. Se trató de una institución que logró subordinar a
clases y élites y consiguió colocarse como el elemento conformador del
desarrollo. “El Estado”, escribió Córdova, “se convierte a partir de un cierto
momento en el principal promotor, si no es que en el único, del desarrollo
social”.
El otro
descubrimiento clave del sistema político mexicano fue la relación entre
política y economía, una dependiente y correspondiente de la otra. Por eso el
sistema político fue determinado por la correlación de fuerzas productivas y
éstas a su vez respondieron a los equilibrios. Se trata de un ensayo más
historicista-estructural que el funcionalista que dibujó Daniel Cosío Villegas
en El sistema político mexicano. Los dos, el de Córdova y el de Cosío
Villegas, tratan de desentrañar los misterios del poder político, las razones
de legitimidad y de fuerza que condujeron a la conformación de una estructura
de dominación social y política a lo largo, contando ahora, de doscientos años.
Los trabajos de esos
tiempos llegaron a una conclusión terrenal: el sistema político mexicano
carecía de secretos. Se trataba más bien de una maquinaria aceitada que
respondía al funcionamiento social y a las estructuras autoritarias de poder.
Lo malo fue que la identificación de sus tres subsistemas --óseo, nervioso y
sanguíneo-- no tuvo una mejor correlación de fuerzas sociales y políticas como
para apelar a la modernización. De hecho, el PRI como tal --de 1946 al 2000-- se
convirtió en obstáculo y lastre para continuar la dinámica del proceso
histórico. Es decir, el sistema político priísta se convirtió en un fin en sí
mismo, interrumpió la modernización de las clases y contribuyó a la
inutilización de los engranes del sistema.
La indagación de
Córdova es histórica. El Estado priísta fue el mismo que se fundó a mediados
del siglo XIX ante la inexistencia de una cohesión nacional. Como en ningún
otro ejemplo pudo aplicarse la tesis del Estado-nación. Y el Estado fundacional
es el mismo de la actualidad, aún después de haber pasado por la experiencia de
la alternancia. Ahí se ha probado la fortaleza de la tesis de Córdova respecto
a lo que pudiera ser el eje motor de la estructura de poder en México.
Alrededor del Estado
se fue conformando una estructura de dominación. Lo paradójico fue que operó
igual en los tiempos del caos posterior a la Independencia, que en la guerra de
Reforma y luego en el tránsito a Díaz y más tarde su evolución hacia la
Revolución Mexicana. Por tanto, el estudio del Estado se ha convertido en uno
de los más elusivos de la politología moderna aunque con creciente necesidad,
pero también es uno de los penas menos tratado por la ciencia política
mexicana.
Córdova construye el
triángulo de la dominación sistémica en el país, con sus tres aristas: el
Estado, el poder y la sociedad. La referencia al triángulo permite jugar con
las imágenes. Se trata del triángulo mexicano de las Bermudas, donde se
extravían todas las intenciones --buenas y malas-- de estudio del sistema
político mexicano. Para Córdova, el Estado es en realidad el centro motor, el núcleo
de energía que hacía función el sistema. El Estado mexicano ha tenido parecidos
muy cercanos a los Estados totalitarios marxistas, fascistas y coloniales, pero
con un perfil social. Quizá la mejor definición del Estado mexicano haya sido
la de José Revueltas en 1976: un Estado total y totalizador, no totalitario,
porque manejaba directamente la totalidad de las relaciones sociales.
Los otros pilares del
sistema político, para Córdova, estaban identificados en su ensayo: un
populismo --gobierno fuerte vía programas sociales--, un discurso nacionalista
de apropiación histórica a través de la educación y un sistema presidencialista
reforzado por la Constitución, el Estado y el manejo de la casi totalidad de
las relaciones sociales. A diferencia de Cosío Villegas, Córdova no parece
darle mucha importancia al partido del Estado, el PRI en sus diferentes
modalidades. El cemento cohesionador ha sido la política social definida,
impulsada y operada por el Estado como una forma de desmovilización de masas.
Inclusive, en el cardenismo que también ha estudiado Córdova, el populismo
logró desmotivar a las masas de participaciones sociales y las convirtió en
sectores corporativos incrustados en la estructura del Estado.
En este contexto, la
correspondencia Estado-ejecutivo se convirtió en la piedra de toque del sistema
político. “El poder ejecutivo”, establece Córdova, “ha sido fortalecido como
único camino para que el Estado desempeñe tal papel”, el “papel central que el
Estado ha desempeñado en el desarrollo de México”. Pero, como Revueltas,
Córdova también elude el camino fácil de las caracterizaciones extremas: no
define al Estado como dictatorial, aunque ha sabido utilizar los mecanismos e
instrumentos autoritarios de una dictadura, aunque con un sistema político de
hegemonía de partido y sin mecanismos de participación para la oposición. Al
final, el brazo político del Estado ha sido el presidencialismo, y aún en los
tiempos del PAN en la presidencia de la república.
Córdova abordó en su
pequeño pero sustancioso ensayo --apenas 75 páginas-- los pilares del poder y
con ello abrió temas para los estudios científicos del sistema político mexicano:
el Estado, el presidencialismo, el populismo, la conformación de las clases y la
hegemonía autoritaria de una élite. El presidencialismo comenzó a ser
estudiando a fondo apenas en los años ochenta. El Estado no ha tenido una
indagación de fondo. Y las clases sociales sólo han sido enfocadas,
críticamente, por los científicos sociales marxistas. Paradójicamente, en
México siempre ha habido tendencias a buscar la transición hacia un sistema
democrático, pero más basados en el pragmatismo. De las tesis sobre transición,
la que más se ha aplicado en México ha sido la de la poliarquía de Robert Dahl
por el hecho de cuantificar las ocho variables que permitirían concluir que
México se acercaría a una condición de país democrático.
El punto central que
podría considerarse como el corazón del sistema político mexicano y de
su estructura de poder radica en la legitimidad social, es decir, en el
control de las masas por mecanismos populistas de logrolling o
intercambio de favores: el Estado-gobierno-ejecutivo desarrolla una política de
bienestar social para desmovilizar a las masas y fortalece ese mecanismo con un
discurso radical --sólo discurso-- de representación de clase pero más cercano
al bonapartismo que al socialismo; es decir, ejercer el poder en nombre de las
clases mayoritarias pero para beneficiar a las clases minoritarias. Por eso el
saldo final del modelo político-económico mexicano reventó cuando el
Estado-gobierno-ejecutivo careció de recursos presupuestales para mantener sus
compromisos con las masas sociales.
La crisis del sistema
político mexicano, por tanto, es fácil de explicar a partir del modelo de Córdova:
una estructura de ejercicio del poder legitimada por el bienestar social --como
un típico populismo latinoamericano, similar al peruano, argentino y
brasileño--, pero sin funcionalidad con la crisis de las finanzas públicas. La
globalización impulsada por Carlos Salinas y el tratado de comercio libre careció
de la modernización del sistema político. En la primera mitad de los noventa se
hizo el juego de palabras correspondientes a la perestroika y glasnost
soviéticas: una salinastroika sin priisnot; es decir,
modernización productiva sin modernización democrática de la política. El
triángulo Estado-gobierno-ejecutivo no pudo sustituir la política social
de control de masas y éstas perdieron su impulso político y decidieron optar
por la alternancia hacia la derecha.
Una de las partes más
importantes del en salvo de Córdova se encuentra en su enfoque del populismo y
el colaboracionismo de clases. Ahí se basa para eludir cualquier potencial
revolucionario al movimiento social del 1910 y sobre todo a los acuerdos de
estabilidad posteriores. Inclusive, de ahí partió su tesis de que la Revolución
Mexicana fue en realidad populista, no socialista. Su investigación La
ideología de la Revolución Mexicana abrió el debate en torno al delicado
tema de la caracterización del movimiento social de 1910. El sistema priísta,
vía su ideólogo Porfirio Muñoz Ledo como secretario del Trabajo y luego
presidente del PRI --en el sexenio de Luis Echeverría--, encontró una salida:
la primera revolución social del siglo XX, un concepto que decía mucho
aunque al final no resolviera el asunto de la ideología. Inclusive las
revoluciones burguesas y las revoluciones populistas fueron sociales porque se
hicieron en nombre de una clase social popular.
Sin embargo, el
problema no fue la caracterización sino el papel de la lucha de clases. La
Revolución Mexicana comenzó como un alzamiento campesino por la tierra y como
un movimiento elitista contra la reelección de la dictadura, hubo una guerra
civil, se conocieron puntos de radicalización ideológica en materia de
refuncionalización del Estado, se sometió al sector privado a un estricto
control estatal y se terminaron con los fueros de los sectores privilegiados,
pero el saldo final debe medirse en función de la propuesta de un modelo revolucionario
de capitalismo monopolista de Estado, con una activa reforma social. El punto
de definición fue la búsqueda de la igualdad de oportunidades y la atención a
las necesidades de alimentación, apoyo productivo, educación, salud y salarios
para las mayorías no propietarias.
Así, la Revolución
Mexicana se convirtió en un modelo social de desarrollo capitalista dependiente
bajo la hegemonía del Estado y en función del gasto público. Para fortalecer la
viabilidad del modelo, el gobierno de Lázaro Cárdenas construyó una política de
masas apoyada por la reforma estructural del entonces Partido Nacional
Revolucionario, lo convirtió en Partido de la Revolución Mexicana y creó el
sistema corporativo de clases pero bajo el control, la hegemonía y el
colaboracionismo de clases del Estado. La clave se encontraba justamente en el
papel del Estado como tutelar del nivel de vida de las masas no propietarias,
pero también del sistema de subsidios para promover la acumulación privada de
capital. El Estado se consolidó sobre tres pilares: el partido hegemónico, la
estructura administrativa y de gobierno y el control absoluto de los cargos de
elección popular. La crisis del Estado priísta o del Estado de la Revolución
Mexicana comenzó cuando esos tres pilares comenzaron a debilitarse.
Córdova establece el
modelo de populismo reformista. El mexicano se construyó con bases propias,
pero teniendo a la vista otros más o menos similares: Brasil, Argentina y Perú,
sobre todo, y luego con la oleada de golpes de Estado de militares populistas y
de izquierda. Pero todos tuvieron el mismo fin: el control de las masas se
salió de control cuando los gobiernos ya no pudieron atender las demandas
sociales o cuando se perdió el equilibrio productivo con el sector privado. En
México, el modelo populista reventó por tres razones: la crisis fiscal del
Estado que ya no pudo sostener los subsidios populares, el fin ideológico de la
Revolución Mexicana y la democratización obligada por el creciente uso de la
represión.
Para Córdova, los
puntos de sostenimiento del sistema político priísta fueron tres: el Estado
fuerte, el PRI corporativo y el presidencialismo. El punto central fue el
Estado y su capacidad para organizar y controlar a las clases sociales. Lo
escribió en la misma línea José Revueltas en el prólogo de 1976 a su ensayo México:
una democracia bárbara de 1958: la clave de la dominación del Estado radica
en el hecho de que el Estado mexicano no era totalitario sino “total y
totalizador” porque “controlaba la totalidad de las relaciones sociales”.
Córdova lo escribió así: “el Estado mexicano se constituyó sobre la base de
una integración dirigida políticamente, llegando a abarcar la mayor
parte de los sectores organizados de la población y adoptando los intereses de
esos sectores como programa, modificable según las circunstancias y según la
correlación de fuerzas existentes y como motivo inmediato de acción”.
La consolidación del
Estado a mediados del siglo XX, del brazo de la hegemonía ideológica, política,
económica, cultural y autoritaria de la Revolución Mexicana, fue un paso continuado
de, primero, la consolidación del Estado-nación a mediados del siglo XIX con la
Reforma de Juárez y la derrota de los fueros internos e internacionales y,
después, por el mismo modelo aplicado durante el largo reinado de Porfirio
Díaz. En descargo, el Estado-nación cumplió la tarea de operar como un factor
de cohesión social y federal en una república acosada desde el extranjero y en
un estado permanente de guerra civil. El Estado priísta subsidió la ausencia de
sociedad, de partidos políticos nacionales y de entendimientos internos.
Lo malo, sin embargo,
fue que el Estado fuerte y hegemónico se justificó por la inexistencia orgánica
de una estructura social, de gobierno y de poder político plural, pero el
Estado priísta tardó tiempo en comprender que esa ausencia de fuerzas sociales
activas fue producto del ejercicio del Estado autoritario y de la tardanza en
aplicar medidas de democratización de la vida política nacional. De 1910 a
1078, el Estado y su partido se negaron, por ejemplo, a permitir juegos reales
de partidos, de clases y de cargos de elección popular. El Estado ya no
subsidiaba la inexistencia de una sociedad políticamente viva, sino que se
encargó de inhibirla. Ahí fue donde se formó lo que Córdova llamó el “poder
político”, una estructura de poder y dominación política nacional.
Así, las prácticas
democráticas se contuvieron y se estimularon tibiamente en función no de la
democracia ni de la productividad económica sino de la estabilidad política del
régimen. Los fraudes electorales, por ejemplo, se aplicaron no como vicios
dictatoriales sino como una forma de legitimar al partido del Estado. Lo malo,
sin embargo, fue que el Estado priísta tuvo una mala gestión económica, causó
desequilibrios financieros que llevaron a la crisis y el Estado tuvo que
replegarse para entregarle el control del país al neoliberalismo. Lo demás fue
consecuencia: el PRI perdió la legitimidad política e histórica con las crisis y
la élite priísta tuvo que entender que la hegemonía en el control del poder iba
requiriendo cada vez más represión para contener las movilizaciones sociales.
Así llegó el PRI a sus tres grandes pasivos que llevaron a la alternancia
partidista en la presidencia de la república: la represión, la corrupción y la
pobreza.
El ensayo de Córdova
fue uno de los primeros en detectar críticamente y con un instrumental
metodológico marxista la verdadera estructura de poder del Estado, el PRI y el
presidencialismo. Su enfoque histórico resultó sólido para apoyar sus
conclusiones. Porque en efecto, la estructura del modelo de dominación del PRI
se construyó a partir del proceso histórico de las élites en el poder: Calles
fundó el partido del Estado, Cárdenas edificó las estructuras corporativas, Echeverría
convirtió al gasto público en el motor del desarrollo. El enfoque científico
del análisis del modelo mexicano es historicista. Por ello Córdova establece el
criterio de que la evolución histórica de México forma parte de una continuidad
en el tiempo y en el espacio, al grado de que la dictadura de Díaz respondió al
proceso de consolidación del Estado-nación y no a una ruptura del proceso. En
todo caso, la Revolución fue producto del agotamiento del modelo de dictadura
personal y de la ausencia de una élite con preocupaciones sociales, casi los
mismos elementos que explicarían el fin del dominio priísta en el 2000.
El ensayo de Córdova
logró abrir un espacio para el debate político a partir de otras bases. La
academia comenzó el estudio del sistema político apenas al abrir la década de
los setenta. Y fue crítica en el siguiente decenio. No fue fácil discutir con
los ideólogos priístas ni con su enfoque historicista. La crítica de Córdova
desde el enfoque marxista tuvo su correspondiente en el espacio liberal con
Octavio Paz en su ensayo simiente Posdata y luego en sus artículos en la
revista Vuelta. Ahí sin duda comenzó la pérdida de legitimidad histórica
del sistema político priísta. De hecho, el fundamento intelectual de ese modelo
tuvo sus espacios autoritarios. En los cincuenta y sesenta del siglo XX era un
sacrilegio no digamos ejercer la crítica o la observación no complaciente, sino
siquiera tratar el tema de la indagación política del Estado priísta.
La conclusión de
Córdova se basó en su análisis histórico: “la Revolución Mexicana estuvo lejos
de ser una revolución social; más bien constituía una forma, inédita en la
historia, de revolución política, a saber, una revolución populista”. No
hubo, pues, milagros políticos. Más bien la sabiduría política primero de los
generales que derrotaron a Díaz, luego de los políticos que fundaron los
equilibrios del poder, más tarde de los burócratas que heredaron el poder y
terminó con el despilfarro del capital político por impulsar el crecimiento del
Estado sin atender a sus bases fiscales.
De ahí que el sistema
político priísta y su Estado correlativo no fueron un milagro ni una suerte,
sino el producto de la conducción de unas élites y la creación de redes de
poder dependientes y corporativas. Lo paradójico fue que la legitimación del
Estado tuvo la decisión de mover a las élites políticas en relación con el motor
de la actividad social y de convertir el desarrollo en la bujía de las
relaciones sociales. Cuando esas élites movieron la economía sin
responsabilidad y sin modificar las redes sociales, la crisis colapsó al
sistema y al Estado y el PRI perdió el poder.
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