Martes 10 de enero de 2012
+ GDF-PRD:
comenzó la guerra
+ Se
ve la mano oculta de AMLO
Como era
previsible, la candidatura ciudadana del ex procurador capitalino
Miguel Angel Mancera hizo sonar los tambores de guerra en el perredismo local
por la sencilla razón de que el gobierno del DF no es solamente una
posición de poder ni nada más una estructura de movilización, sino una caja chica para gastos políticos.
Como acción concertada,
ayer diarios y algunas columnas políticas operaron una información coincidente:
que Manuel Camacho Solís, sin la anuencia de Marcelo Ebrard y desde luego sin
el aval de Andrés Manuel López Obrador, era el promotor de la candidatura
de Mancera al gobierno del DF. Con esos datos filtrados comenzó la
guerra de posiciones en el perredismo capitalino para ver quién pondrá
el candidato y quién tendrá más ventajas para definir candidaturas a jefes
delegacionales y diputados locales.
A pesar de que
López Obrador negoció con Ebrard la candidatura presidencial a cambio de
dejarle al jefe saliente de gobierno del DF la definición de la candidatura, el
punto de conflicto ha sido la militancia perredista. Los perredistas temen que un jefe de gobierno que no milite en el PRD le quite el manejo de
los intereses presupuestales al PRD y permita la formación de otro grupo de
poder no perredista con cargo a las finanzas capitalinas.
En el perredismo
capitalino ha existido siempre la desconfianza en la lealtad perredista
de Ebrard, confirmado después del despido de Martí Batres Guadarrama como
secretario de Seguridad Pública por la decisión de Ebrard de no cumplir con la
orden de López Obrador de no reconocimiento al presidente Felipe Calderón. Como
todo cacique político, López Obrador exige sumisión completa. Al final
de cuentas, el DF ha sido un cacicazgo político del tabasqueño y Ebrard
comenzó a regatear el liderazgo hacia finales de su sexenio. De ahí que el
perredismo lopezobradorista se va a negar a entregarle el poder político
y presupuestal de la ciudad de México a un no perredista.
El fondo del
asunto tiene que ver, además, con el escenario futuro. Lo que se disputa
en la candidatura perredista a la jefatura de gobierno es la construcción de un
nuevo bloque político para la candidatura presidencial del 2018, en el
entendido de que en el equipo de Marcelo Ebrard existe la certeza de que
López Obrador no va a ganar la presidencia de la república, que el PRD se va a
desmoronar y que la sobrevivencia del bloque perredista va a depender del
liderazgo que sobreviva para dentro de seis años: Cuauhtémoc Cárdenas
está alejado del partido, Lázaro Cárdenas Batel dejó pasar oportunidades
partidistas, López Obrador es menos perredista de lo que dice y Los
Chuchos tiene el control del partido pero carecen de liderazgo
político y moral.
Ahí es donde
Ebrard ha visto la oportunidad de construir un nuevo bloque político y
de poder previendo el agotamiento del ciclo del PRD; pero para construir su
cacicazgo necesita de recursos presupuestales --los del gobierno del DF-- y la
derrota electoral de López Obrador. Por ello fue que Ebrard tuvo que adelantar su agenda política al cesar ignominiosamente a Batres como la figura más
relevante del perredismo lopezobradorista en el DF, aunque el costo fue también precipitar la guerra de posiciones en el PRD capitalino con miras a las
candidaturas del 2012.
En la
candidatura perredista a jefe de gobierno para este año se va a jugar la
candidatura presidencial del 2018; la apuesta de Ebrard consiste en tratar de salirse del corral lopezobradorista que lo quiere cercar con la oferta del tabasqueño de
la Secretaría de Gobernación, tratando de repetir el escenario del 2006:
López Obrador se llevó a Ebrard al gobierno del DF para dejarlo por dedazo como su sucesor, pero siempre atado a la dependencia del cacique.
Si López Obrador
gana la presidencia de la república este año, Ebrard tendría que someterse al escenario caciquil y reforzar su dependencia del tabasqueño; si López Obrador
pierde, Ebrard no quiere quedarse en el aire. Por ello es que el
objetivo central de Ebrard en su campaña adelantada para el 2018 necesita del
poder político y presupuestal del gobierno del DF y requiere del
desmoronamiento del PRD por la derrota electoral; sin liderazgos fuertes,
Ebrard quedaría como el jefe máximo del bloque neopopulista. De
ahí el hecho de que la imposición de Mancera como candidato no-perredista por
el PRD y la victoria electoral en julio sean el escenario de trasfondo de la disputa por las candidaturas en el DF.
La filtración a varios medios y columnas de datos que exponen a Camacho Solís como el
operador de la candidatura de Mancera provino del juego de poder del perredismo
lopezobradorista y la maniobra podría tener las huellas del grupo de René
Bejarano y Dolores Padierna, las posiciones más fuertes del PRD en el gobierno
del DF y en los grupos populares beneficiarios de los programas sociales. El
problema va a estalla cuando las encuestas señalen a Mancera pero los
grupos perredistas se dividan públicamente y le dejen el paso abierto al PRI
que ya rebasa al PRD en algunos sondeos electorales.
Al colocar a
Camacho Solís en el centro de una imposición al perredismo, López
Obrador de paso debilita la posición de la alianza Diálogo Nacional
entre PRD-PT-Movimiento Ciudadano-Morena, se confirma como el Caudillo de la
coalición neopopulista, retoma el control de político-electoral del DF y
mantiene el poder presupuestal del gobierno capitalino con un candidato que sí sea perredista. Al final, el objetivo de los caciques es el control más allá de las posiciones de poder y la subordinación de los liderazgos
intermedios.
De ahí que la guerra de posiciones por la candidatura del PRD al gobierno
del DF está ya enfrentando a López Obrador y a Marcelo Ebrard y va a convertirse
en el principal obstáculo de Mancera, aunque jugará como un escenario adverso a las posibilidades del PRD para mantener la jefatura de gobierno del DF.
(Diario
Político 2012 de Carlos Ramírez en www.grupotransicion.com.mx)
carlosramirezh@hotmail.com
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