Martes 24 de enero de 2012
+ Camacho
y Ebrard, hoy como 1993
+ Salinazo en elección de Mancera
Cuando explicó
el porqué de su reacción de no reconocimiento a la precandidatura de
Luis Donaldo Colosio, Manuel Camacho dijo que detrás de la nominación
del secretario de Desarrollo Social se encontraban “grupos de interés”.
A pesar de la
campaña en el sentido de que se trataba de un berrinche, en realidad
Camacho estaba denunciando la conformación de un nuevo bloque de poder
operado por la alianza Carlos Salinas-Joseph Marie Córdoba Montoya y en función
de la continuidad del proyecto económico neoliberal. El mismo día
en que Camacho anunció su pacto con Colosio, el candidato presidencial fue asesinado.
Como se adelantó
aquí hace una semana, Marcelo Ebrard estaba reproduciendo el caso
Colosio-Camacho en la nominación de Miguel Angel Mancera vía encuestas: un dedazo marcado por el interés del nuevo grupo dominante en la ciudad de México que
reflejaba los intereses del grupo Ebrard-López Obrador y no los
del PRD.
Lector de
clásicos del pensamiento político, Ebrard estaría recordando aquella
referencia de Marx con la que abre su texto El 18 Brumario de Luis Bonaparte en 1851: “Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y
personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces.
Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa”.
La crisis en el
PRI de 1993 es prácticamente la misma del PRD capitalino en el 2012: un relevo de dirigentes con nuevas ideas, el neoliberalismo salinista en el caso priísta
y un neopopulismo autoritario en el de López Obrador y Ebrard, pero ambos abandonando ideas originales y sobre todo imponiendo por la fuerza una nueva élite
política. En algún momento Miguel Angel Mancera dejó entrever que no le
importaría afiliarse al PRD, pero Ebrard se opuso porque de lo que se trataba
era precisamente de quitar la influencia del PRD de Los Chuchos;
a ello contribuyó la facción lopezobradorista en el PRD de René Bejarano, hasta
hace poco opuesta a Ebrard pero ya en franca alianza por la intención
del tabasqueño de desplazar al PRD del control del DFD e imponer por
adelantado a Morena.
En 1993, la candidatura
original de Colosio representaba los intereses de Salinas y el grupo que había
tomado por asalto el PRI y quería desplazar al priísmo histórico que,
por cierto, no representaba Camacho. Salinas prometió juego limpio pero
sólo para neutralizar a Camacho; con el control del aparato del partido,
Salinas decidió por Colosio. Camacho se negó a reconocer a Colosio a la espera
de una negociación política de proyectos y por la certeza de Camacho de que
Colosio iba a ser el títere de los intereses consolidados alrededor de
Salinas.
Al final, el
acuerdo Colosio-Camacho irritó a Salinas porque representaba primero una
expresión de autonomía del candidato salinista y luego porque implicaba
un acuerdo con las entonces ideas reformadoras de Camacho, aunque en el fondo
se trataba de la ruptura del bloque de poder de Salinas y Córdoba con
Colosio como la garantía de continuidad del modelo económico neoliberal;
en el contexto de tiempo de ese entendimiento ocurrió el asesinato de
Colosio que le permitió que Salinas impedir el regreso del PRI con
intereses sociales y garantizar el neoliberalismo con Ernesto Zedillo como
presidente neoliberal.
En el 2012 los
papeles se invirtieron: Camacho y Ebrard pasaron de víctimas del
autoritarismo de 1993 a victimarios de la democracia en el 2012; las
variables de hace casi 20 años son las mismas: la continuidad de una nueva
élite de poder, la imposición de una política económica, el control del
aparato de poder y el enfrentamiento entre dos grupos políticos. Ebrard operó
la nominación de Miguel Angel Mancera igual a Salinas en 1993.
Más que
convertirse en la Camacho de 1993, la diputada local Alejandra Barrales
apareció como la última oportunidad del PRD para mantener un espacio de
poder en la ciudad de México. Su reacción a la maniobra de las encuestas revelada por el entonces secretario de Turismo de Ebrard, Alejandro Rojas Díaz Durán, no fue de berrinche sino que se basó en la inequidad del proceso interno. La
reacción de los lopezobradoristas y ebradistas fue caracterizar la reacción de
Barrales como de berrinche porque fue el adjetivo que disminuyó la
denuncia de Camacho en 1993 a un proceso manipulado.
Lo paradójico de
estas historias es que Camacho y Ebrard aparecen hoy como responsables de todas las irregularidades salinistas que denunciaron en 1993. En aquel
entonces, Camacho se negó a renunciar al gobierno, habló con Salinas pero
aceptó al final las reglas del juego, fue designado secretario de Relaciones
Exteriores y Ebrard como subsecretario, y Camacho se fue como comisionado de la
paz en Chiapas y Ebrard se quedó como asesor político de Salinas.
Por lo padecido
en 1993, Ebrard estaba obligado éticamente a evitar la salinización del proceso de designación del candidato perredista a jefe de gobierno; sin
embargo, su interés por imponer a un sucesor que garantizara no sólo el
continuismo lo llevó a aplicar el modelo Plutarco Elías Calles de un candidato
sumiso sino la derrota política del PRD.
Los escenarios
de Barrales son los de reaglutinar a las fuerzas del PRD excluidas por
López Obrador y Ebrard paradójicamente con los mismos argumentos de Manuel
Camacho de 1993 contra Salinas por la imposición de Colosio o pactar con Miguel Angel Mancera un acuerdo político que le permita al PRD acceder a
posiciones importantes en el próximo gobierno y frene las intenciones de
Morena de quedarse con todo el pastel capitalino.
En el fondo, como ocurrió en 1993, el PRD como entonces el PRI mostró una fisura que se profundizará si Ebrard, Camacho y López Obrador --como
Salinas-- desdeñan las quejas perredistas y que se pagará en las urnas.
Lo peor era que Camacho y Ebrard debieron ser los primeros interesados
en no salinizar el proceso de elección del candidato perredista
capitalino pero por sus grupos de interés hoy fueron el Salinas de 1993.
(Diario
Político 2012 de Carlos Ramírez en www.grupotransicion.com.mx)
carlosramirezh@hotmail.com
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