La CIA y Watergate, el mito (Primera Parte)

 

Hazaña del periodismo de investigación

The Washington Post, la historia que derribó a Nixon

Cuando comenzaron a caer las renuncias de funcionarios del gobierno de Richard Nixon por haber estado involucrados en la cobertura del acto criminal del caso Watergate, el vocero presidencial Ronald Ziegler se vio obligado a ofrecer una disculpa al diario The Washington Post y a los periodistas Bob Woodward y Carl Bernstein. Un cuarto de siglo después, el cine norteamericano difundió la película Dick, una severa sátira contra Watergate y los periodistas investigadores, como si todos los personajes de ese drama hubieran sido piezas de una gran comedia.

La muerte de la señora Katharine Graham, dueña el Post y pieza clave de la estrategia periodística para revelar las actividades criminales de un grupo operativo que trabajaba en los sótanos de la Casa Blanca --por eso se les llamó los plomeros--, volvió a abrir el caso Watergate como una hazaña de la prensa frente al poder. Pero lo malo ha sido la forma de magnificar un hecho de suyo significativo, al grado de convertir a Watergate en un mito de la prensa.

Watergate --más allá del mito-- tuvo sus lados humanos. Cuando The Washington Post recibió el premio Pulitzer por "servicio público" --así caracterizaron su tarea de informar sobre las actividades del poder político--, los reporteros Woodward y Bernstein quedaron muy resentidos con ese hecho porque --cuenta Ben Bradlee, director del Post en los años setenta y ochenta, en sus memorias La vida de un periodista (Ediciones El País, España)-- los periodistas en verdad "sudaron" la búsqueda de la noticia y sobre todo la confirmación de datos filtrados. Sin embargo, el premio se otorgaba al diario y no a los reporteros, aunque de manera inusitada Woodward y Bernstein fueron citados en el reporte del jurado.

Bradlee aparece en el libro Todos los hombres del presidente, publicado por Woodward y Bernstein semanas antes de la renuncia de Nixon, como una pieza importante de la investigación. Sin embargo, la investigadora Carl Felsenthal señala en su libro Power, privilege and The Post. The Katharine Graham story que Bradlee se pasaba el tiempo encerrado en su oficina resolviendo crucigramas, mientras el peso de la responsabilidad recaía en Howard Simons, asistente del director. La señora Graham llegó a bajar a la sala de redacción hasta tres veces al día para enterarse y supervisar el contenido de la información de Woodward y Bernstein.

La hazaña de Watergate fue el desarrollo del periodismo de investigación, la capacidad del Post para sortear las trampas jurídicas de las posibles demandas, y la insistencia para seguir las pistas. Cuando el Post iba a publicar la información de que John Mitchell, director de la campaña de reelección de Nixon y procurador en funciones, había controlado el fondo secreto para los asaltantes de Watergate, el aludido amenazó con demandar. "Si publican esa historia", dijo Mitchell a gritos, "Katie Graham se va a pillar las tetas en una máquina de escurrir ropa". Por cierto, la señora Graham tuvo dos regalos de joyería con una máquina de escurrir ropa, pero la convencieron que se vería mal si se publicaba una foto con esa joya.

Con todo, alrededor de Watergate se ha tejido un mito. Y se trata de un mito con muchas ramificaciones.

II

Watergate, dicen, fue una hazaña de la libertad de expresión. Pero en realidad no fue estrictamente así. Se trató, ciertamente, de una lucha por la credibilidad de los medios escritos de prensa. Cuenta Tom Wicker, columnista de The New York Times y jefe de la oficina de ese diario en Washington, que los medios de prensa habían caído en un profundo descrédito ante los lectores. En su libro Para la prensa (Editorial Guernika), Wicker explicó cómo los lectores enfrentaron la crisis de credibilidad de la prensa con la guerra de Vietnam. Mientras los corresponsales en la zona de guerra hablaban de victorias en batallas nunca realizadas, las madres de familia recibían cartas de sus hijos sobre las locuras criminales de la guerra.

Poco a poco y en Vietnam, la prensa tuvo que ir recuperando su credibilidad. El camino, lo explica Wicker, radicó en la simple confirmación de los boletines del Pentágono que se repartían a los medios. Los corresponsales de guerra salieron a los lugares señalados en los boletines para enterarse de batallas nunca realizadas y de triunfos jamás alcanzados. Cuenta Wicker cómo el secretario norteamericano de Estado se enfrentó a los corresponsales en Vietnam que lo acosaban con preguntas sobre una guerra pérdida y lo hacía con el argumento del poder:

-- ¿De qué lado están ustedes?

El asunto no era de parcialidades sino de funciones periodísticas. A la prensa norteamericana le costó mucho trabajo recuperar la credibilidad frente a sus lectores. Y lo logró poniéndose al lado de la verdad y la crítica en la guerra de Vietnam. Y lo consiguió revelando la criminalidad de la guerra en el Sudeste asiático. La prensa aún no entendía que Nixon había dejado correr el ritmo de la guerra para luego usar su pacificación como bandera de reelección. Nixon se reeligió con cifras nunca jamás alcanzadas por un presidente, pero meses después tuvo que renunciar en medio de la posibilidad de un juicio y un cese.

La prensa consiguió recuperar la credibilidad por dos vías: por un lado, con el trabajo propiamente periodístico. Los medios fueron clave en la revelación de la guerra perdida y en los horrores de la represión. El periodista Seymour M. Hersh, por ejemplo, reveló la matanza de civiles en la aldea de My Lai y con ello provocó el horror de los estadounidenses. Y las familias entendían finalmente, con los reportes de la guerra perdida, por qué sus hijos llegaban dentro de féretros o en condiciones de vida tipificadas de locura. Los medios fueron el instrumento de consolidación de las protestas juveniles contra la guerra, como lo cuenta crudamente Norman Mailer en Los ejércitos de la noche (Editorial Grijalbo y Editorial Anagrama).

Pero la lucha por la recuperación de la credibilidad también fue dentro de los medios. En el libro Por la prensa, de la prensa, para la prensa y algo más (Editorial Guernika) se cuenta la historia interna del The Washington Post para recuperar la credibilidad frente a los lectores. El Post designó a un ejecutivo para que revisara críticamente las ediciones diarias ya en circulación y revelara las irregularidades y los desequilibrios. Así, el Post se vigilaba a sí mismo. Un memorándum diario circulaba entre los altos ejecutivos. Y, paralelamente, el diario incluía una pequeña columna titulada For your information (Para su información) en la que el Post se disculpaba ante los lectores de las inconsistencias e imprecisiones diarias.

Esta ardua tarea de lucha por la credibilidad logró después, por ejemplo, que diarios como The Washington Post pudieran acreditar acusaciones severas contra funcionarios del gobierno de Nixon pero citando "fuentes anónimas". Los lectores creían en el diario. Al final, la lucha por la credibilidad tuvo resultados. Los lectores le fueron creyendo más a las fuentes anónimas del Post que a los desmentidos retadores de la Casa Blanca contra ese estilo de revelaciones. Inclusive, la información que acusaba a los funcionarios del entorno de Nixon de haber ocultado Watergate, estaba acreditada a una fuente anónima. El Post llegó a decir que el FBI había incluido ciertas líneas de investigación pero sin ofrecer fuente y las autoridades tenían que reconocerlo a posteriori.

La credibilidad fue clave. Cuando el todopoderoso conductor noticioso de televisión Walter Cronkite decidió entrarle al tema de Watergate, sus dos programas --uno de 15 minutos y otro de diez-- se basaron en las primeras planas del Post, porque sorprendentemente se habían dado cuenta que en el escándalo no había documentos clave para sostenerlo. Así, la gran lucha del Post fue por la credibilidad, aunque luego el Post sufrió un severo revés de credibilidad cuando la periodista Janet Cooke había recibido el Premio Pulitzer por reportajes sobre un niño drogadicto, pero tarde se percataron que había sido una historia inventada. A pesar de que Gabriel García Márquez reivindicó a Cooke para la literatura de ficción, el Post decidió regresar el premio. Dicen que por ese incidente perdió Bob Woodward la posibilidad de la dirección general del diario, porque él era el responsable superior de Cooke.

La lucha por la libertad de expresión había tenido en EU otros parámetros. La Casa Blanca nunca pudo detener la investigación sobre Watergate. Si acaso, ejerció algunas maniobras de intimidación y una guerra de Ziegler contra el Post. La batalla por la libertad de expresión se había dado un poco antes. Y no fue, como pudiera ocurrir en México, contra el Ogro Autoritario del Estado o el gobierno, sino contra las instancias jurídicas y legales. David Rudenstine cuenta la lucha de la prensa contra el poder en el libro The day the presses stopped. A history of the Pentagon papers case, una investigación de la batalla periodística y judicial para publicar la historia secreta de la guerra de Vietnam, primero en The New York Times y luego en The Washington Post, con los famosos Papeles del Pentágono, un reporte amplísimo redactado por Daniel Ellsberg, quien luego fue sometido a espionaje por el mismo equipo que asaltó Watergate. Toda la historia viene en The life and times of Daniel Ellsberg, libro de Tom Wells apenas en circulación en EU.

Atrás habían quedado los tiempos de las complicidades entre la prensa y el poder, que cuenta Gay Talase en El reino y el poder (editorial Grijalbo), la historia de The New York Times, cuando el gobierno de John F. Kennedy presionó al Times para que no publicara las revelaciones sobre la participación de la CIA en el entrenamiento de un grupo invasor a Cuba para intentar el derrocamiento de Fidel Castro. El director ejecutivo del Times, Cliffton Daniel, aceptó censurar el reportaje de Tad Szulc. Cuando esa invasión fracasó en Bahía de Cochinos, el presidente Kennedy le dijo a Daniel que se hubiera evitado un fracaso norteamericano de haberse publicado la historia. Pero ya era demasiado tarde para los arrepentimientos.

En el caso de los papeles del Pentágono y en el caso Watergate, la prensa decidió alejarse de las complicidades.

III

La historia de Watergate sigue siendo un enigma. En un texto publicado en 1983, Pieces (Fragmentos, en español en 1985 en Editorial Gedisa Literatura), el escritor Norman Mailer hace una disección inteligente del asunto, y llega a una conclusión que pudiera resumirse en pocas palabras: se trató de una de las operaciones de mayor alcance en la historia del espionaje político interno en Estados Unidos, pero realizado por el peor de los equipos de espías. Las dudas siguen latentes: ¿fue realmente una incursión criminal para colocar micrófonos en el cuartel general del Partido Demócrata en el conjunto de edificios Watergate, o fue una operación montada ex profeso para ensuciar al gobierno de Nixon? Y los hechos siguen sueltos: ¿tuvo Watergate alguna relación con el asesinato de Kennedy en Dallas diez años antes?

El texto de Mailer podría parecer exculpatorio de Nixon. En una conversación en la Oficina Oval de la Casa Blanca --grabada y luego publicada en el libro Abuse of power. The new Nixon tapes, de Stanley I Kutler-- celebrada el 12 de julio de 1973, Henry Kissinger le comentó a Nixon sobre las intenciones de Mailer de escribir sobre Watergate. "Dice Mailer que por primera vez en su vida usted empieza a caerle bien", dijo Kissinger a Nixon. Según Kissinger, Mailer --un severo crítico de los abusos de poder-- va a escribir que Watergate "es una conspiración de la CIA contra usted (Nixon) porque usted impulsó la detente (el parón de la ofensiva contra la URSS y China)". "Esto es un poco extraño", comentó Alexander Haig, general y jefe de gabinete en la Casa Blanca.

Frente a ese análisis que dejaba a Nixon fuera de la conspiración por Watergate, el presidente de EU sólo murmuró:

-- Gracias. Es bueno escuchar eso.

El análisis de Mailer, tan celebrado por Kissinger porque exoneraba a Nixon, ofreció múltiples perspectivas. Pero las mejores bordan sobre el carácter mismo de la operación. El equipo estaba coordinado desde la Casa Blanca, los operadores responsables habían sido altos jefes de la CIA en guerras sucias contra otros países, no hubo limitaciones de dinero para pagar a los asaltantes o para adquirir el material técnico necesario. Pero el asalto resultó un ejemplo de la novatez o, en palabras de Mailer, de estupidez. Y para colmo, cuando los asaltantes fueron atrapados y presentados ante un juez en audiencia pública en la que se encontraba Bob Woodward, uno de los espías, James McCord, sorprendió a todos cuando contestó la pregunta de sus trabajos anteriores.

-- Consejero de seguridad.

-- ¿Dónde? --repreguntó el juez.

-- La CIA --respondió, con candor, McCord.

Y luego Woodward tuvo acceso a las pertenencias de los asaltantes y sobre todo sus agendas, y ahí había una referencia a teléfonos de la Casa Blanca y a un contacto: E. Howard Hunt, ex operador clandestino de la CIA y ex subjefe de la estación de la CIA en México. Hunt tenía oficinas en la Casa Blanca. McCord había sido jefe de seguridad del comité para la reelección de Nixon. Y Hunt trabajaba en la Casa Blanca con Chuck Colson, el responsable de las guerras sucias de Nixon contra opositores. Y para amarrar los datos, la primera pista que le dio Garganta Profunda, la fuente de información más importante de Woodward y Bernstein, fue la confirmación de que Hunt trabajaba para la Casa Blanca y era el cerebro del grupo que asaltó las oficinas del Partido Demócrata en Watergate.

Y de ahí comenzó a desenredarse la historia que llevó a la renuncia del presidente Nixon en agosto de 1974, antes de que la Corte lo sometiera a juicio y lo destituyera.

El lado inexplicable llega a sorprender. Los responsables de operaciones clandestinas de la CIA y de la guerra sucia del poder, llevaron a cabo un asalto casi infantil. Para meterse en la noche al cuartel general de los demócratas, el grupo operativo de Watergate llevaban un equipo de quinta categoría: cuatro radio-comunicadores y se necesitaban seis, los radios tardaron en cargar su batería, no desconectaron el sistema de alarma contra ladrones de las oficinas, hubo dos incursiones a las oficinas porque se intervino una línea telefónica equivocada en la primera, colocaron mal las cerraduras, lo cual alertó a los guardias. Y el asalto de junio fue el segundo, porque el primero semanas antes había fracasado porque colocaron micrófonos en teléfonos equivocados.

La confesión de McCord sobre su trabajo en la CIA llevó a Hunt a sospechar que se trataba de un doble agente, que trabajaba para los republicanos de Nixon pero para favorecer a los demócratas. En una carta a un juez, McCord exoneró a la CIA --a pesar de haber trabajado en la agencia-- y reveló presiones para que declararan culpables. Este dato y el hecho de haber sido una operación trabajada por novatos, llevó a Mailer a la duda de que "lo mejor que puede disimular una operación clandestina es una apariencia de ineficacia".

Las dudas podrían llevar a las certezas. En uno de sus modelos de interpretación de Watergate, Mailer señala: "difícilmente hubo en el caso Watergate un episodio que no nos fuera presentado en forma tal que pareciese más estúpido que lo que hubiera podido razonablemente ser. ¿O será más exacto decir que aquello que esperábamos percibir es más brillante que el nivel en el cual hemos sido estimulados a percibirlo?" Y luego Mailer cita a Guillermo de Ockham para señalar la complejidad de las certezas y de los hechos: "el modelo más simple que concuerde con todos los hechos, nos llevará probablemente a hechos inexplicables".

Y en la historia de Watergate hay hechos que disparan la especulación. Hunt, por ejemplo, fue el responsable de la operación pero tenía experiencia en la CIA que pareció no haberle servido de nada. Hunt era un personaje de la mitología de la CIA: operaba guerras clandestinas, pero en sus tiempos libres era escritor anónimo de novelas de suspenso y espionaje. A él le acreditaban el conocimiento de mucha información secreta sobre el asesinato de Kennedy, a quien la CIA odiaba por el fracaso de la invasión cubana en Bahía de Cochinos.

Aquí se localizan hechos explicables que hacen más inexplicables las hipótesis. El 8 de diciembre de 1972, meses después del asalto a Watergate, la esposa de Hunt, Dorothy, murió al estrellarse un avión de United Air Arlines en un viaje de Washington a Chicago. Murieron 45 personas. La esposa de Hunt estaba encargada de efectuar pagos a cubanos con dinero de la Casa Blanca, y cuatro de los cinco asaltantes en Watergate era cubanos ligados al fracaso de Bahía de Cochinos. Mailer recuerda que el investigador Sherman Skolnick había revelado que en ese avión habían muerto cuando menos doce personas conectadas en una u otra forma con Watergate. Y después del desastre un antiguo jefe de Gordon Liddy, otro plomero de la Casa Blanca, jefe de los asaltantes en Watergate y condenado a prisión por el incidente, fue designado subsecretario de Transporte y por tanto encargado de supervisar la investigación del accidente. Y más tarde Alexander Butterfield, quien reveló que la Casa Blanca grababa las conversaciones del presidente, fue designado director de la oficina federal de aviación y tuvo a su cargo la supervisión del accidente.

IV

Watergate fue, en un desliz cortazariano, un "modelo para armar". Sus piezas separadas ayudarían a entender el caso:

1.-- Las obsesiones de Nixon contra los demócratas.

2.-- La existencia previa de un grupo nixoniano para la guerra sucia contra disidentes, y enemigos políticos que operaban en la indagación y revelación de hechos negativos en los otros candidatos.

3.-- Los dos asaltos a las oficinas demócratas en Watergate.

4.-- La aparición de la CIA en el escenario Watergate con varios ex agentes que --en la lógica de la CIA-- nunca dejan de serlo.

5.-- La reacción de la Casa Blanca para cubrir el asunto y encubrir a los asaltantes, pagando a veces altos sobornos para comprar el silencio.

6.-- La investigación de The Washington Post a partir de la declaración de McCord de que había trabajado en la CIA y que sus jefes --Hunt, Liddy y Colson-- también tenían cargos y oficinas en la Casa Blanca.

7.-- La existencia de un grupo de plomeros --por aquello de destapar caños-- en la Casa Blanca para combatir a políticos, periodistas y disidentes.

8.-- La aparición de Garganta Profunda como la principal fuente de información de Woodward y Bernstein, para llevarlos casi de la mano hasta la Oficina Oval de la Casa Blanca.

9.-- La caída de los principales colaboradores, asesores y funcionarios de Nixon por Watergate.

10.-- El juicio contra el presidente que lo obligó a renunciar, pese a su reelección con el mayor número de votos y a la paz en Vietnam.

Aunque cada tema merece una indagación propia, pocos como el de Garganta Profunda pudieran explicar la complejidad del incidente en Watergate y la caída de Nixon. Esa fuente de información de Woodward y Bernstein apareció de pronto como, muy en el estilo del periodismo de revelaciones, la fuente de confirmación. De hecho, Garganta nunca le dio a los periodistas ninguna exclusiva ni ningún documento. Simplemente se dedicaba a confirmar o negar pistas que tenían los periodistas. Por tanto, se trataba de una fuente de información que se localizaba en el centro mismo del equipo de Nixon.

Cuenta Bradlee en sus memorias una plática de Woodward con Garganta Profunda. Los periodistas le habían llamado, en septiembre de 1972, para leerle una parte del artículo que decía que "agentes federales habían recibido información de empleados en la campaña de Nixon acerca de que altos miembros del comité de reelección estaban implicados en la financiación de la operación Watergate". Garganta, recuerda Bradlee, le dijo a Woodward que la historia era "demasiado blanda" y que "puedes ser más duro". Se trataba, pues, de una confirmación dada desde dentro del equipo de Nixon.

El papel de Garganta le dio a la investigación del Post un buen espacio para las dudas. A veces daba la impresión que el Post era una especie de mensajero de una lucha interna en el gobierno y en la administración Nixon. Las pistas de Garganta llevaron a la Casa Blanca. Lo recuerda Bradlee. Por tanto, existe la sospecha de que el Post fue parte de una conspiración de poder que iba mucho más allá del periodismo. Garganta se encargó de conducir las revelaciones del Post hasta la oficina de Nixon. Los reporteros le dieron estructura periodística a una lucha por el poder en las alturas de la política estadounidense.

Los reporteros Woodward y Bernstein estuvieron en las hábiles manos de Garganta Profunda. En una reunión con Woodward en octubre, Garganta le razonó al periodista el interés del FBI sobre Watergate con mil 500 interrogatorios. "No lo hace el FBI sólo por tener un simple robo con allanamiento de morada".

-- ¿Quién está implicado? --preguntó Woodward.

-- Sólo el presidente y Mitchell lo saben --contestó Garganta.

Y luego, esa misteriosa fuente de información le pasó datos clave a Woodward de lo que ocurría dentro de las altas esferas del gobierno: Mitchell había encontrado muchas pistas. Garganta le filtró a Woodward la reacción de espanto del procurador general cuando encontró con las derivaciones de Watergate: "si esto se supiera, podría acabar con la administración. Acabar con ella, eso he dicho".

El papel de Gargantas Profunda fue vital para revelar la descomposición del poder. En otra ocasión, Garganta le dijo a Woodward: "puedes decir sin ningún problema que 50 personas, más de 50, trabajan para la Casa Blanca y el comité de reelección del presidente jugando sucio, saboteando, espiando". Así, Garganta le descubría al novato periodista los hilos de poder de Watergate que tenían su origen en oficinas ejecutivas de la Casa Blanca. Woodward y Bernstein se dedicaban a confirmar esos datos. Así, la investigación periodística fue dirigida no por Graham, Bradlee o Simons, sino por Garganta Profunda. Garganta fue el que le dio dimensión política a la indagación periodística. Y Nixon fue obligado a renunciar por las revelaciones de Garganta Profunda.

El valor de la investigación de Woodward y Bernstein radicó en su perseverancia para darle forma periodística a pistas salidas de la lucha interna por el poder. Lo importante fue, asimismo, que ni el Post ni los dos periodistas estaban metidos en la lucha partidista, aunque --como siempre ocurre en el periodismo-- la prensa crítica se convierte en parte de la batalla de los grandes poderes. Con su investigación, el Post dio algunas lecciones de periodismo: cómo seguir pistas periodísticas hasta los poderes máximos.

La identidad de Garganta se convirtió en uno de los mitos del mito Watergate. En Todos los hombres del presidente, Woodward señala el momento en el que la señora Graham le pidió el nombre. El periodista se quedó helado. Le dijo a su editora que se lo diría si ella se lo "exigía". La señora Graham se rió y le dijo que no, que no quería cargar con esa responsabilidad. Pero el nombre lo conocen sólo cinco personas: Woodward, Bernstein, Bradlee, Graham y el propio Garganta. Y la señora Graham ya murió.

De la identidad de Garganta depende sin duda el carácter histórico-político del caso Watergate, y la caracterización de la lucha del Post. Una cosa fue el combate periodístico para obligar al poder político a reconocer su guerra sucia contra los demócratas y disidentes y otra que haya habido una fuente de información interesada en orientar la investigación de los periodistas. Aquí el punto clave radica en el tipo de relación entre Woodward y Garganta y el grado de confianza. ¿Sabía Woodward de los intereses extra periodísticos de Garganta? ¿Tenía realmente Garganta un interés político que encontró en la denuncia periodística del Post el canal de expresión?

Así, la identidad de Garganta Profunda podría calificar el papel del Post en el caso Watergate, porque se trató de una fuente con intereses políticos. La justificación del Post es obvia, pero al final de cuentas sería dependiente de los intereses primarios de la fuente clave en la orientación política de las denuncias. De hecho, Woodward ha revelado en sus libros que dependía de las orientaciones de Garganta Profunda para sus denuncias y éstas llevaron seguramente adonde Garganta quería: la renuncia de Nixon y el enjuiciamiento de los operadores de la guerra sucia de la Casa Blanca.

¿Quién fue/es Garganta Profunda? Se trata del misterio del siglo XX en el periodismo político norteamericano. Bradlee revela que en la lista de sospechosos estaba Alexander Haig, ayudante de Henry Kissinger y luego jefe de personal de la Casa Blanca. A petición propia, Woodward dijo que Haig no era Garganta. En su investigación Katharin the Great. Katharine Graham and The Washington Post, la periodista Deborah Davis señala que Garganta era Richard Ober, un alto oficial de inteligencia de la CIA, amigo de Bradlee en Harvard y colaborador de Kissinger.

Mailer recoge la versión de Colson que decía que Garganta era Robert Bennett, espía y presidente de la compañía de relaciones públicas Mullen. Inclusive, con amargura, Colson decía: "cada una de las historias que le valieron a Woodward el Premio Pulitzer le fueron proporcionadas por la CIA". La agencia Mullen era una pantalla de la CIA. Inclusive, el columnista mexicano Manuel Buendía había revelado en su libro La CIA en México que la agencia Mullen había operado en México como agencia Murden, a través de Richard K. Lorden, a quien Buendía identificaba como agente de la CIA. La historia tenía asideros. Hunt había sido subjefe de la estación de la CIA en México y más tarde había trabajado para la agencia Mullen con Bennett.

El año pasado, Leonard Garment, funcionario de comercio del gobierno de Nixon, publicó un libro significativo: In search of Deep Throat. The greatest political mystery of our time. La búsqueda de Garganta Profunda ha sido, pues, persistente. Garment llegó a la conclusión que Garganta era John Sears, en los años de Watergate un "oscuro operador político que había trabajado en 1968 en la campaña presidencial de Nixon y un poco en la administración Nixon en la Casa Blanca". Garment enlistaba las motivaciones de Garganta, aunque sin involucrar la hipótesis de que Garganta hubiera sido la punta de lanza de un grupo secreto para derrocar a Nixon.

1.-- El deseo de "desenmascarar" el rostro diabólico de Nixon.

2.-- El deseo de "salvar" a Nixon aunque a costa de destruirlo. Garganta le dijo alguna vez a Woodward: "he de hacer las cosas a mi manera".

3.-- La "amistad" de Woodward y Garganta y entonces habría habido el interés de ayudar a un amigo.

4.-- El deseo de involucrarse en el misterio de un juego secreto.

En el fondo, establece Garment, "Garganta tenía su agenda política". Y en su libro, Garment hace un análisis de las versiones que lo señalaban a él como Garganta. De hecho, Garment reconoce que él habló con Woodward y Bernstein para comentar algunos datos que luego fueron usados en el segundo libro de los periodistas, Los días finales. Pero Garment se descarta porque se califica como un funcionario que "cotorrea", no que esparce rumores. Garment se considera un buen "intermediario", pero no un conductor de investigaciones periodísticas.

En el libro Deep truth. The lives of Bob Woodward and Carl Bernstein, el periodista Adrian Havill trata de llegar a la "verdad profunda" a través de la investigación de los reporteros, aunque hace hincapié más en el pasado de Woodward que en el de Bernstein. En su investigación, Havill señala que el perfil de Garganta lo llevaría a ser David Gergen, otro funcionario medio de la Casa Blanca con Nixon. Havill también plantea sus sospechas de Haig como el misterioso informador de los periodistas del Post, aunque da otros nombres: David Miller, operador de la CIA y amigo de Woodward, y el almirante Bobby Ray Inman, que fue su director de la CIA y conoció a Woodward cuando hizo su servicio militar en la Marina.

Havill revela que Haig fue una de las fuentes con nombre que llegó a confirmarle notas a Woodward, y apareció como una fuente visible en el segundo libro Los días finales. Havill utiliza el libro Todos los hombres del presidente para señalar que Woodward pudo haber dejado pistas falsas y que Garganta es el nombre de varias fuentes de información y no de una. De todos modos, hay algunas que dibujarían a Haig, un duro general que después fue secretario de Estado con Reagan y fue obligado a renunciar porque rompió la cadena sucesoria en 1981 cuando Reagan sufrió un atentado y salió del aire varias horas.

Havill establece el cruce de perfiles: Haig y Garganta son fumadores consistentes, los dos toman scotch y Haig trabajaba en la "rama ejecutiva" con relaciones con la CIA y la seguridad nacional. Garganta era una fuente de confirmaciones breves y la formación militar de Haig lo hacía un hombre de respuestas cortas. Y hay otro dato revelador: The Washington Post. De manera inusitada, apoyaron entusiastamente la incorporación de Haig a la jefatura del gabinete en la Casa Blanca.

El problema sobre la personalidad secreta de Garganta radica en la dificultad para saber si los datos aportados por Woodward y Bernstein son ciertos o simplemente los publicaron en su libro para despistar a los investigadores. Y Havill aporta algunos datos falsos incluidos en el libro Todos los hombres del presidente que pudieran llevar a la hipótesis que Woodward y Bernstein falsearon ciertos datos para ocultar pistas. Por ejemplo, Havill considera pista falsa la información del libro de que en un momento de nerviosismo mandaron a Woodward al cine y fue a ver la película pornográfica Garganta Profunda, de donde salió la idea de llamar así a la fuente más importante del caso.

Havill dice que no había cines de películas pornográficas en los alrededores del Post, porque cuatro meses antes de la fecha consignada en el libro el gobierno había prohibido los cines porno en esa zona. Asimismo, el investigador comprobó que el clima que se consignó un día preciso en el libro no fue así. Asimismo, Havill descubrió que algunos datos cruzados entre Woodward y Bernstein eran falsos y que uno al otro se habían dicho algunas mentiras.

 

La CIA y Watergate, el mito (Segunda Parte)

 

El asunto da para mucho. El periodista Jim Hougan, ex editor de la revista Harpers, publicó en 1984 el libro Secret agenda. Watergate, deep trota and the CIA. Hougan le dedica todo un capítulo a la identidad de Garganta y establece la creencia del "cuerpo de prensa en Washington" de que Garganta "es la composición de varias fuentes de información, por lo que el secreto de las identidades separadas quizá nunca sea conocido". Para el investigador, el papel de Garganta fue vital en la caída de Nixon. Asimismo, señala que su identidad, por esa razón y por la relación con la CIA, nunca se va a conocer porque entonces el papel de Woodward y Bernstein en el caso Watergate sería diferente, quizá menos ideal del conocido.

Para Hougan, Garganta fue una personalidad "maquiavélica, una figura movida más por sus propias ambiciones que por el juego limpio en la política nacional". Así, "Woodward y Bernstein pudieron haber sido instrumentos de una dura lucha por el poder". Una de las razones del investigador radica en la percepción de que los dos periodistas del Post parecieron haber creído en el "altruismo de Garganta", que en las evidencias de la pugna entre grupos.

La clave del papel de Garganta Profunda se localiza en su identidad. Garganta apareció en la vida de Woodward apenas dos días después del arresto de los cinco asaltantes de Watergate. Woodward dice que le habló a "un viejo amigo". Pero las posibilidades de que Woodward tuviera buenas fuentes de información en la administración Nixon eran nulas, pues apenas llevaba como un año trabajando en el Post, aunque como reportero en el periódico Sentinel había escrito algunos trabajos sobre las actividades clandestinas de la CIA. Por lo tanto, Woodward sí pudo haber tenido algunas relaciones con oficiales de la CIA, algunos de los cuales había conocido cuando hizo su servicio militar en oficinas de inteligencia de la Marina.

La posición de Garganta en el gobierno de Nixon era privilegiada, por lo que todos los ojos se dirigen hacia Haig. Como asistente militar de Kissinger en el Consejo de Seguridad Nacional, y luego como chief of the staff, Haig llegó a tener el manejo no sólo de la información sino de los grupos que pululaban en la Casa Blanca. Ahí se localiza otra percepción de los analistas: un buen jefe de personal debe estar molesto cuando su jefe permite la existencia de grupos secretos que realizaban trabajos de desestabilización. Esta sensación hubiera podido llevar a Haig a conducir la investigación del Post hacia esos grupos clandestinos.

Asimismo, Hougan descubre que Garganta fue falible y que dio varias pistas no ciertas, lo que llevaría a suponer que su posición en la Casa Blanca no era tan relevante como todos suponían. Falló en una pista de Hunt que debería llevar al procurador Mitchell, se equivocó en la contabilidad de 50 agentes especiales para la guerra sucia que había en la Casa Blanca y dio la pista equivocada de que había cuando menos cuatro grupos de guerra sucia en la oficina presidencial. Asimismo, Hougan llega a la conclusión que Garganta tenía a su vez pocas fuentes de información y que carecía de contactos en el FBI.

Haig era una pieza clave en el tablero de posiciones en la Casa Blanca. Y respondía a la pincelada de Garganta que dieron Woodward y Bernstein: un chismoso sin remedio. Y de acuerdo con la revista Time, Hougan desliza posibilidades de la identidad de Garganta referida a una pequeña lista de ocho personas que tuvieron información sobre el entorno de Nixon, que aparecía en las revelaciones de esa fuente misteriosa: el propio Nixon, su secretaria Rose Mary Woods, Alexander Haig, Charles Colson (el jefe de los grupos de guerra sucia y por tanto el operador del grupo que asaltó Watergate), Stephen Bull (asistente de Alexander Butterfield, el que reveló que Nixon grababa las conversaciones en la oficina presidencial y los tres abogados de Nixon: Fred Buzgardt, Leonard Garment (autor de In search of Deep Throat) y Samuel Powers.

Lo único que no coincidiría con el papel de Haig como Garganta serían algunas fechas de supuestos encuentros con Woodward, cuando Haig se encontraba comisionado con Kissinger en París pactando la paz con Vietnam, pero habría el detalle de que los periodistas dieron muchas fechas falsas para desorientar a los investigadores. En este contexto, Hougan aporta otros nombres a la lista de posibles Garganta, pero en su libro deja la impresión de que el primero es Alexander Haig.

El misterio sobre Garganta Profunda sigue latente. Y Woodward y Bernstein han dicho que darán el nombre real de Garganta Profunda cuando el personaje misterioso muera.

V

Otra de las partes más misteriosas del caso Watergate radica en el papel de la CIA. Y no sólo por el hecho de que varias coordenadas de la agencia de espionaje se hayan cruzado en el asunto. Una pista de la CIA causó muchas preocupaciones: las relaciones de Phillip Graham --esposo de Katharine Graham--, Bradlee y Woodward con la CIA, pero no como periodistas sino como colaboradores. En 1979, la periodista Deborah Davis publicó su investigación sobre Katharine the Great y ahí había datos que revelaban que Ben Bradlee había colaborado en operaciones secretas de la CIA cuando era agregado de prensa en la embajada de Estados Unidos en París. Bradlee protestó por la referencia y, vía amenazas judiciales, logró que el libro fuera retirado de la circulación.

Pero en 1987, Davis publicó una segunda edición corregida y aumentada y ahí reforzaba su tesis de Graham, Bradlee y Woodward y la CIA. La primera edición del libro tenía imprecisiones, pero revelada documentos concretos oficiales de la agencia de espionaje que tuvieron más valor en la segunda edición: cartas que involucraban a Bradlee en operaciones de contra propaganda al estilo de la CIA. Y aunque Bradlee siempre negó haber trabajado para la CIA, Carl Felsental en Power, privilege and the Post dice que la versión que ligaba a Phil Graham con la CIA "es más plausible". Inclusive, amigos de Phil decían que él conocía más información secreta de Bahía de Cochinos que sus reporteros del Post. En un artículo publicado en 1977 en la revista Rolling Stone sobre "la CIA y la prensa", Carl Bernstein incluye la declaración de funcionarios de la CIA en el sentido de que "Philip Graham es alguien de quien puedes recibir alguna ayuda". Philip había llevado al Post a un papel activo en la guerra fría de EU contra el comunismo.

La tesis de Davis descansa en la posibilidad de que el Post hubiera sido un ariete de la CIA en contra de Nixon y su equipo de ex espías. La investigación de Davis señaló que Bradlee, como periodista, pasó varios meses clasificando cables y códigos de la Marina y se definía como un "liberal anticomunista" que apoyaba la investigación macartista contra "los traidores en el gobierno". En 1951, Bradlee, con el apoyo de Phil Graham, arribó a la oficina de prensa de la embajada estadounidense en París, una oficina que se consideraba como una pantalla del Departamento de Estado. Su tarea fue la de circular propaganda anticomunista.

Una de las tareas de Bradlee en París, fue la de circular material de desinformación sobre el caso de los Rosenberg, el matrimonio judío acusado de vender información a Rusia y condenado a muerte. Un documento de un asistente de la fiscalía, fechado en diciembre de 1952, señala la petición de Bradlee. La petición de información de Bradlee, según el memorando, urgía "para responder a la propaganda comunista". Según ese documento, Bradlee debió de haber establecido contacto con un representante de la CIA en el aeropuerto de París, pero no había sido posible. Por tanto, establece Davis, la tarea de Bradlee tenía que ver con propaganda de la CIA.

El presunto involucramiento de Bradlee con la CIA habría ocurrido por la contra propaganda de la CIA en el caso de los Rosenberg. La historia marcó, junto con el caso de Zaco y Vanzetti, el punto culminante de la lucha violenta de EU contra el comunismo interno. Lo interesante de los Rosenberg radicó en el hecho de que el matrimonio fue declarado inocente a posteriori. La historia novelada de ese caso se encuentra magistralmente recreada en la novela El libro de Daniel, del escritor progresista E.L. Doctorow. El libro planteaba la versión de que los Rosenberg, identificados como los Isaacson en la novela, eran inocentes y apareció un par de años antes de que los Rosenberg fueran exonerados de las acusaciones de espionaje.

En 1987 hubo todavía un intercambio de cartas entre Davis y Bradlee, donde el editor del Post negaba cualquier involucramiento con la CIA en el uso de propaganda anticomunista. En su carta, Davis le informaba a Bradlee que en la segunda edición aparecerían documentos sobre el caso de los Rosenberg y la CIA. Y que se trataba de documentos y declaraciones que el propio Bradlee había enviado a Ronald Radosh para el libro The Rosenberg file. En respuesta, Bradlee simplemente negó tres veces cualquier relación o trabajo para la CIA.

En su libro de memorias La vida de un periodista, Bradlee ofrece una explicación sobre la versión de Davis. El ex director del Post dice que, como agregado de prensa en la embajada de EU en París, enfrentó presiones de los medios contra el juicio de los Rosenberg. Agrega que varias veces pidió a Washington información sobre el juicio para tener elementos de prueba acerca de las acusaciones de espionaje, pero nadie le hizo caso. Por tanto, un viernes convenció al embajador de EU en París que lo dejara ir a Washington a revisar el expediente. Pero los bancos estaban cerrados. Por tanto, Bradlee y el embajador --en versión del propio Bradlee-- fueron a ver a Robert Thayer, jefe de la oficina de la CIA en París, y él le dio dinero a Bradlee para comprar el pasaje del avión.

"El incidente me puso en aprietos años más tarde", cuenta Bradlee, "cuando una mujer llamada Deborah Davis afirmó en un libro sobre Katharine Graham que yo había trabajado para la CIA. Su "evidencia", obtenida gracias a la Ley de Libertad de Información, era un documento interno de la CIA que reseñaba que Bobby Thayer me había adelantado dinero para el billete de avión". Pero el asunto es más complicado. En su libro, Davis presenta varios documentos desclasificados de la CIA donde se establece que Bradlee formaba parte, y concretamente en el caso del juicio a los Rosenberg, de una campaña de contra información operada por la CIA. No se trató, pues, de un boleto de avión sino de algo más elaborado. A pesar de que los Rosenberg fueron declarados inocentes post mórtem, Bradlee dice que "estaba convencido de su culpabilidad", aunque "me deprimí mucho con la ejecución de los Rosenberg".

Por alguna razón, Bradlee estuvo siempre preocupado por la CIA. Como vecino y amigo de John F. Kennedy, Bradlee participó en la campaña demócrata. Cuando Kennedy ganó las elecciones, a un par de amigos les hizo la oferta para que cada uno hiciera una recomendación especial del tema que más les interesara. El otro le sugirió a Kennedy que despidiera a Edgar J. Hoover de la dirección del FBI y Bradlee pidió la remoción de Allen Dulles, jefe de la CIA, y la reorganización de la agencia de espionaje con la que había tenido contacto cuando fue agregado de prensa en la embajada de EU en París. Kennedy confirmó a Hoover y a Allen en sus cargos.

Pero la pista de la CIA no se agotaba en Phil Graham y Bradlee, sino que llegaba a Woodward. El punto clave radica en el papel activo de Garganta Profunda para conducir la investigación de Woodward y el Post hacia la Casa Blanca. La primera pista que le dio Garganta a Woodward fue la confirmación que Hunt había trabajado para la CIA. Y Hunt amarraba la relación de McCord con la CIA y la Casa Blanca. A partir de ahí, la parte negativa de la CIA fue prácticamente triturada por la investigación del Post, como si Garganta fuera la parte buena de la CIA. Así, hubo un detalle que se acomoda en el rompecabezas: la CIA tiene prohibidas las operaciones dentro de Estados Unidos. Y la propia CIA se preocupa que no ocurran.

Davis establece en su libro sobre la dueña del Post que Woodward, después de graduarse en Yale, había trabajado en el área de inteligencia del Pentágono, sobre todo, como Bradlee, en oficinas de comunicaciones secretas en la Marina. En el Pentágono, Woodward estuvo en una oficina de códigos para misiles guiados. Lo raro fue que el periodista, aún trabajando en el área de inteligencia naval, estuvo un año en California durante las protestas pacifistas. Luego, Woodward fue trasladado al Pentágono, donde, según declaró a una revista, fue miembro de una unidad ultra secreta de inteligencia que estuvo relacionada con asuntos importantes que tenían que ver con la Casa Blanca.

En este escenario establece Davis su hipótesis que Garganta fue Richard Ober, que coordinó un equipo de vigilancia de la CIA, el FBI y la Marina en contra del movimiento pacifista, y que bien pudo haber sido el coordinador de Woodward. Ello llevaría a la posibilidad de que Woodward hubiera estado un año en California, como parte de ese equipo de espionaje que luchaba contra los movimientos pacifistas. La interpretación pudiera ser válida. El trato de Garganta con Woodward no fue el de un funcionario informado y un novato periodista con apenas unos meses laborando en el Post, sino que, según se refleja en el libro Todos los hombres del presidente, se trataba de una relación personal, casi de jefe a subordinado, los dos hablando el lenguaje secreto de las operaciones de inteligencia. Por ejemplo, Woodward convocaba a Garganta con una bandera roja puesta en su balcón y Garganta citaba al periodista a través de un recado colocado en la sección de monitos de The New York Times. ¿Cómo tenía acceso Garganta a las rutas de distribución del Times?, se pregunta Garment en In search of Deep Throat.

En su libro Todos los hombres del presidente, Woodward y Bernstein dieron una justificación de los motivos de Garganta para no soltar toda la información, y sí ir guiando a los periodistas en sus investigaciones. "Si les decía de una vez todo lo que sabía, un buen plomero (de la Casa Blanca) podía averiguar de dónde procedía toda la información". Los dos reporteros "pensaban más bien que Garganta Profunda trataba de proteger a su departamento, de conseguir un cambio de actitud (en los funcionarios involucrados en el escándalo) antes de que todo estuviera perdido". Así, los propios periodistas investigadores le daban a Garganta la coartada.

Las pistas de Woodward y su formación como oficial de inteligencia militar han provocado las más intensas investigaciones. Havill en Deep truth señala que Kissinger --de quien fue ayudante militar Haig en esos años-- utilizaba los servicios de información clandestina de la Marina para sus negociaciones de paz con Vietnam del Norte. Woodward sirvió como oficial de inteligencia en el barco Wright, dedicado precisamente a comunicaciones secretas. Las relaciones pudieron establecerse desde ahí, aunque el periodista siempre negó trabajos delicados. Sin embargo, varios testigos vieron a Woodward afuera de las oficinas de Haig en el Consejo de Seguridad Nacional, aunque el propio periodista ha negado enfáticamente haber conocido a Haig hasta 1973.

Antes de trabajar en el Post, Woodward escribió tres años en el periódico Montgomery County Sentinel de Maryland. En esos años se dio una buena relación entre Woodward y David C. Miller, un agente de la CIA después de regresar de Vietnam. Miller trabajaba en la oficina del procurador general John Mitchell y luego John Dean. Ahí trabó amistad con Woodward y con el abogado Richard Copaken. Miller y Copaken estuvieron involucrados en el proyecto Culebra, una isla puertorriqueña donde operaba la unidad de espionaje Task Force 157. Esta unidad pertenecía a inteligencia naval --donde Woodward había servido como teniente de la Marina-- y usaba a agentes libres de la CIA para defender los intereses de EU más allá del territorio estadounidense. La unidad Task Force 157 ayudó a Kissinger a viajar secretamente a China. Woodward se relacionó con agentes de la CIA a través de esa unidad.

A partir de estos datos, Havill se hace una pregunta: ¿fue Woodward free lance o mantuvo relación directa con funcionarios de la CIA como informante o agente operador entre su graduación en Yale y su separación de la Marina? ¿Fue Woodward un free lance de la CIA en la Task Force 157? Havill dice que tuvo declaraciones de agentes de inteligencia que respondieron afirmativamente a estas preguntas. Un mes después de abandonar la Marina, Woodward buscó empleo en el The Washington Post en agosto de 1970, aunque fue aceptado un año después cuando fue a buscar a un jefe de sección del Post a su casa donde descansaba pintando una barda y Woodward se subió hasta ahí para preguntarle si iba a obtener ese empleo.

En su libro Secret agenda, Hougan localiza datos más que interesantes sobre el trabajo de Woodward en inteligencia naval y en los barcos Wright y Fox. El primero fue uno de los barcos designados como National Emergency Comand Post Afloat (NEPCA); es decir, sede del presidente de la nación en caso de guerra, algo así como el avión Air Force One. En el Wright Woodward fue oficial de comunicaciones. La función de ese barco era llevar al presidente a un lugar seguro en una emergencia nacional y dotarlo de un alto nivel de control de las comunicaciones para la toma de decisiones. El barco era, en pocas palabras, según un almirante de esos años, el "bunker acuático del presidente de Estados Unidos" y tenía capacidad para convertirse en una especie de "cuarto de guerra" como el que existe en la Casa Blanca. Woodward fue oficial de inteligencia en esa nave.

Una vez que terminó su periodo en el Wright, Woodward no tomó su opción de regresar a la vida civil y fue asignado al Fox. Luego fue asignado al Pentágono, el Departamento de Defensa de EU, como oficial de inteligencia para el jefe de operaciones navales. Era, dicen expertos, una tarea bastante complicada para un oficial tan joven. En ese cargo, Woodward manejó todo el tráfico de comunicaciones de y hacia el jefe de operaciones navales. Esas comunicaciones incluían comunicados top secret de la Casa Blanca, la CIA, la Agencia de Seguridad Nacional, el Departamento de Estado, la Agencia de Inteligencia Militar y el Consejo de Seguridad Nacional. Woodward supervisaba, dice Hougan, los códigos secretos de dicho tráfico de comunicados.

Lo curioso es que Woodward trabajaba en el Pentágono durante el primer año de gobierno de Nixon, y fue un año crítico en términos de seguridad nacional y de tráfico de secretos militares y navales. El periodista del Post llegó a usar algunos de los canales secretos de la Task Force 157. En esa posición, Woodward debió de haber conocido los esfuerzos secretos de Kissinger y su ayudante militar Alexander Haig para la paz en Vietnam y la relación directa con China. Años más tarde, en 1977, Woodward escribió en el Post algunos textos sobre la información secreta que conoció como oficial de inteligencia. Entre ellos, una nota sobre la Task Force 157 y el ex agente de la CIA Edwin Wilson. El entonces jefe de operaciones navales, almirante Thomas Moorer, le dijo a Hougan que Woodward se llevó secretos militares que "merecían una corte marcial" y que "abrieron una brecha de seguridad nacional".

Como reportero del Sentinel antes de llegar al Post, Woodward escribió textos sobre la CIA, dice la investigación de Hougan. Uno de ellos, el 22 de abril de 1971, se refería a un discurso de Richard Helms, director de la agencia, y en él Woodward describía cómo reclutaban agentes de la CIA en los campos universitarios. Otro tenía que ver con el presupuesto de la agencia y el personal asignado. Y en uno más Woodward establecía que Helms, de simpatías demócratas, seguía confirmado por el gobierno republicano de Nixon.

En julio de 1971 --entraría hasta septiembre de ese año al Post--, Woodward escribió una historia contando cómo vivían en el área de Washington los altos funcionarios del gobierno, pero sólo basado en el Congressional Directory. El reportero contó, por ejemplo, que en el complejo habitacional de Watergate --donde estallaría el escándalo que lo haría famoso-- vivían el procurador Mitchell y los secretarios de Comercio y Transporte de Nixon. El reportaje iba ilustrado con tres fotos escogidas personalmente por Woodward: una de la casa del almirante Moorer, su jefe en la jefatura de operaciones navales, otra del secretario de la Defensa y una más del secretario de Educación. Sin embargo, Hougan encontró un detalle: Woodward no hablaba nada de Moorer en su reportaje, pero la foto apareció como ilustración. ¿Lo traicionó el subconsciente?

Así pues, las evidencias se acumulan para probar que Woodward no fue un novato en materia de investigación de inteligencia y que llegó al Post con una buena relación con agentes y ex agentes de la CIA.

VI

Las dudas sobre el papel de la CIA y el pasado de Graham, Bradlee y Woodward no le quitan al Post el mérito de haber desarrollado una investigación a fondo de la guerra sucia de la Casa Blanca de Nixon contra la oposición y los disidentes. ¿Cuál fue el mérito del Post?, se pregunta Bradlee. En el fondo no ofrece muchas respuestas ni reflexiones. La respuesta del director del Post es sencilla: simplemente "haber mantenido el interés nacional por Watergate". Y de ahí, haber "fijado para siempre a Watergate en la historia".

Pero había más. La lucha del Post fue muy solitaria. Ningún periódico le dio seguimiento a la historia como lo hizo el Post, ni siquiera el Times. Sólo cuando el Post publicó la historia aconsejada por Garganta Profunda para revelar la existencia de un grupo especial en la Casa Blanca dedicado a las tareas secretas de desprestigiar y espiar a la oposición, los críticos y los disidentes, el Times mandó la información a su primera plana y, se jacta Bradlee, citó varias veces al Post. Sin embargo, en los momentos difíciles, el Post daba una lucha solitaria. "Si es una historia tan buena", se preguntaba Katharine Graham, "¿dónde está el resto de la prensa?".

La prensa estaba ausente. Y no sólo de la historia sino de los méritos. A pesar de su gran esfuerzo de investigación, ni el Post ni Woodward ni Bernstein fueron nominados para recibir los premios Pulitzer de periodismo en 1973 sobre notas publicadas en 1972. Bradlee y el Post se indignaron. Pero al final, los medios hubieron de reconocer que nadie merecía ese premio más que el Post, aunque con un jaloneo de última hora. Cuando le dieron al Post el premio por servicio público --el más codiciado de la lista--, Woodward y Bernstein quedaron fuera porque el premio era para el diario. Al final, el principal orgullo de Bradlee fue haber colocado al Post al mismo nivel del The New York Times. Ahora se hablaba, cuenta con orgullo, del Times y del Post. "Esa había sido mi meta secreta", diría Bradlee en sus memorias.

Pero Watergate quedó en la historia, aunque ésta haya cambiado. La prensa fracasó en su cobertura del Monicagate de William Clinton. Al final, el sistema político norteamericano pareció haber quedado inmunizado de los cuestionamientos de la prensa. Y hasta el propio Watergate quedó en su nicho. La película Dick resultó una parodia de Watergate, Woodward y Bernstein eran dos reporteros despistados, Garganta Profunda se redujo a dos niñas adolescentes que cuidaban el perro del presidente y que escuchaban cosas que le pasaban al Post. Y nadie protestó por ello.

De todo el cuadro de actores de Watergate, el único que quedó en el limbo fue Garganta Profunda. Y hay muchas razones para que su identidad no se conozca nunca, aun después de muerto. Pero una de ellas podría ser la más importante: la identidad de Garganta como un funcionario del área de inteligencia del gobierno de EU, podría llevar a una reevaluación crítica del Post en el caso Watergate porque entonces podría interpretarse que el diario fue sólo un instrumento de intereses más poderosos, probablemente de la CIA en una operación doméstica prohibida por la Constitución. De ahí que la identidad pueda quedar guardada para siempre en el más absoluto secreto.

El Post, finalmente, logró su objetivo de convertir a Watergate en una hazaña de lucha por la credibilidad de la prensa. Y lo tuvo que reconocer el propio secretario de prensa de Nixon, Ronald Ziegler, uno de los críticos más severos contra el diario en sus conferencias diarias. Un día después de las renuncias de los dos principales colaboradores de Nixon, Bob Haldeman y John Ehrlichman, un periodista le preguntó a Ziegler si no le debía una disculpa al Post. El vocero de Nixon respondió:

-- Si pensamos en ello, tal y como están las cosas en este momento, sí. Pido disculpas al Post y pido disculpas al señor Woodward y al señor Bernstein. Debo decir que los errores fueron en términos de los comentarios. Fui excesivamente entusiasta en mis comentarios acerca del Post, sobre todo si se les contempla dentro del contexto de acontecimientos que han tenido lugar. Cuando nos equivocamos, nos equivocamos, y en este caso lo estábamos.

Ziegler guardó silencio unos segundos, Luego retomó el hilo:

--Pero...

Otro periodista lo interrumpió y le dijo:

-- No empieces otra vez, Ron.

Los modelos de Mailer

En su ensayo sobre Watergate de 1985, Norman Mailer aventura algunas hipótesis sobre el caso pero las disfrazó de "modelos epistemológicos" de la siguiente manera:

Modelos

I.-- Aun cuando falte la mitad de las piezas del rompecabezas, cabe la posibilidad de que algo encaje. Pese a los huecos, la imagen quedará más o menos visible. Incluso si han desaparecido la mayor parte de las piezas, es posible disponer de un mosaico suelto con los elementos aislados. En estas circunstancias, la posibilidad de entrever la figura completa es pequeña, pero no se ha perdido del todo. Es precisamente la misma que uno preferiría conocer con certeza si las pocas piezas restantes pertenecieran al mismo conjunto.

II.-- Quizá los fragmentos de un espejo roto, en vez de las piezas dispersas de un rompecabezas, nos den un fundamento más sólido para el desarrollo de la metáfora. Al fin y al cabo, no estamos frente a la realidad, sino ante la imagen de una realidad que se sube hasta la superficie en el espejo roto de los medios masivos de comunicación.

III.-- Lo importante es no olvidar que estamos interpretando acciones extrañas. Hombres al parecer honestos se encubren mutuamente. Debemos recordar que una vida vivida bajo una máscara produce en el actor un estado mental crónico no muy distinto de esos peculiares momentos en que uno, mirándose muy insistentemente al espejo, llega a reconocer que la cara que lo mira a uno tiene que ser --inexorablemente-- la propia. Y sin embargo no lo es. Lo que el espejo refleja son nuestras vicisitudes --pero no nuestra alma--; porque otro día, y delante de otro espejo, allí estaremos nosotros, abrumados, pero luciendo una imagen espléndida.

IV.-- Sin duda, la dificultad es análoga a la que se supone escribir un poema que sólo conste de nombres, números, objetos, conjeturas, habladurías, globos de ensayo, insinuaciones y otros fragmentos sueltos de la prosa.

V.-- A veces, dice el avispado observador, "pienso en esa historia de Howard Hughes, tan temeroso de los microbios que mantiene a Jean Peters en el extremo opuesto de la habitación. Y me pregunto: ¿y si el miedo a las bacterias hubiese sido una ficción y el doble de Howard Hughes no se hubiera atrevido a acercarse demasiado a Jean Peters?".

VI.-- Difícilmente hubo en el caso Watergate un episodio que no nos fuera presentado en forma tal que pareciese más estúpido que lo que hubiera podido razonablemente ser. ¿O será más exacto decir que aquello que esperábamos percibir es más brillante que el nivel en el cual hemos sido estimulados a percibirlo?

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