|
La CIA y Watergate, el mito (Primera Parte)
Hazaña del periodismo de investigación
The Washington Post, la historia que derribó a
Nixon
Cuando comenzaron a caer las renuncias de
funcionarios del gobierno de Richard Nixon por haber estado involucrados en la
cobertura del acto criminal del caso Watergate, el vocero presidencial Ronald
Ziegler se vio obligado a ofrecer una disculpa al diario The
Washington Post y a los periodistas Bob Woodward y Carl Bernstein. Un cuarto de
siglo después, el cine norteamericano difundió la película
Dick, una severa sátira contra Watergate y los periodistas
investigadores, como si todos los personajes de ese drama hubieran sido piezas
de una gran comedia.
La muerte de la señora Katharine Graham, dueña el Post y pieza
clave de la estrategia periodística para revelar las actividades
criminales de un grupo operativo que trabajaba en los sótanos de la Casa Blanca --por eso
se les llamó los plomeros--, volvió a abrir el caso Watergate
como una hazaña de la prensa frente al poder. Pero lo malo ha sido la
forma de magnificar un hecho de suyo significativo, al grado de convertir a
Watergate en un mito de la prensa.
Watergate --más allá del mito-- tuvo sus lados humanos. Cuando The Washington Post recibió el premio Pulitzer por
"servicio público" --así caracterizaron su tarea de
informar sobre las actividades del poder político--, los reporteros
Woodward y Bernstein quedaron muy resentidos con ese hecho porque --cuenta Ben Bradlee, director del Post en los años setenta y
ochenta, en sus memorias La vida de un periodista (Ediciones El País,
España)-- los periodistas en verdad "sudaron" la
búsqueda de la noticia y sobre todo la confirmación de datos
filtrados. Sin embargo, el premio se otorgaba al diario y no a los reporteros,
aunque de manera inusitada Woodward y Bernstein fueron citados en el reporte
del jurado.
Bradlee aparece en el libro Todos los hombres del
presidente, publicado por Woodward y Bernstein semanas antes de la renuncia de
Nixon, como una pieza importante de la investigación. Sin embargo, la
investigadora Carl Felsenthal señala en su
libro Power, privilege and The Post. The
Katharine Graham story que Bradlee
se pasaba el tiempo encerrado en su oficina resolviendo crucigramas, mientras
el peso de la responsabilidad recaía en Howard Simons, asistente del
director. La señora Graham llegó a bajar a la sala de
redacción hasta tres veces al día para enterarse y supervisar el
contenido de la información de Woodward y Bernstein.
La hazaña de Watergate fue el desarrollo del periodismo de
investigación, la capacidad del Post para sortear las trampas
jurídicas de las posibles demandas, y la insistencia para seguir las
pistas. Cuando el Post iba a publicar la información de que John
Mitchell, director de la campaña de reelección de Nixon y
procurador en funciones, había controlado el fondo secreto para los
asaltantes de Watergate, el aludido amenazó con demandar. "Si
publican esa historia", dijo Mitchell a gritos, "Katie
Graham se va a pillar las tetas en una máquina
de escurrir ropa". Por cierto, la señora Graham tuvo dos regalos de
joyería con una máquina de escurrir ropa, pero la convencieron que
se vería mal si se publicaba una foto con esa joya.
Con todo, alrededor de Watergate se ha tejido un mito. Y se trata de un mito
con muchas ramificaciones.
II
Watergate, dicen, fue una hazaña de la
libertad de expresión. Pero en realidad no fue estrictamente así.
Se trató, ciertamente, de una lucha por la credibilidad de los medios
escritos de prensa. Cuenta Tom Wicker,
columnista de The New York
Times y jefe de la oficina de ese diario en Washington, que los medios de
prensa habían caído en un profundo descrédito ante los
lectores. En su libro Para la prensa (Editorial Guernika),
Wicker explicó cómo los lectores
enfrentaron la crisis de credibilidad de la prensa con la guerra de Vietnam.
Mientras los corresponsales en la zona de guerra hablaban de victorias en
batallas nunca realizadas, las madres de familia recibían cartas de sus
hijos sobre las locuras criminales de la guerra.
Poco a poco y en Vietnam, la prensa tuvo que ir recuperando su credibilidad. El
camino, lo explica Wicker, radicó en la simple
confirmación de los boletines del Pentágono que se
repartían a los medios. Los corresponsales de guerra salieron a los
lugares señalados en los boletines para enterarse de batallas nunca
realizadas y de triunfos jamás alcanzados. Cuenta Wicker
cómo el secretario norteamericano de Estado se enfrentó a los
corresponsales en Vietnam que lo acosaban con preguntas sobre una guerra
perdida y lo hacía con el argumento del poder:
-- ¿De qué lado están ustedes?
El asunto no era de parcialidades sino de funciones periodísticas. A la
prensa norteamericana le costó mucho trabajo recuperar la credibilidad
frente a sus lectores. Y lo logró poniéndose al lado de la verdad
y la crítica en la guerra de Vietnam. Y lo consiguió revelando la
criminalidad de la guerra en el Sudeste asiático. La prensa aún
no entendía que Nixon había dejado correr el ritmo de la guerra
para luego usar su pacificación como bandera de reelección. Nixon
se reeligió con cifras nunca jamás alcanzadas por un presidente,
pero meses después tuvo que renunciar en medio de la posibilidad de un
juicio y un cese.
La prensa consiguió recuperar la credibilidad por dos vías: por
un lado, con el trabajo propiamente periodístico. Los medios fueron
clave en la revelación de la guerra perdida y en los horrores de la represión.
El periodista Seymour M. Hersh, por ejemplo,
reveló la matanza de civiles en la aldea de My Lai
y con ello provocó el horror de los estadounidenses. Y las familias
entendían finalmente, con los reportes de la guerra perdida, por
qué sus hijos llegaban dentro de féretros o en condiciones de
vida tipificadas de locura. Los medios fueron el instrumento de
consolidación de las protestas juveniles contra la guerra, como lo
cuenta crudamente Norman Mailer en Los ejércitos de la noche (Editorial
Grijalbo y Editorial Anagrama).
Pero la lucha por la recuperación de la credibilidad también fue
dentro de los medios. En el libro Por la prensa, de la prensa, para la prensa y
algo más (Editorial Guernika) se cuenta la
historia interna del The Washington Post para
recuperar la credibilidad frente a los lectores. El Post designó a un
ejecutivo para que revisara críticamente las ediciones diarias ya en
circulación y revelara las irregularidades y los desequilibrios.
Así, el Post se vigilaba a sí mismo. Un memorándum diario
circulaba entre los altos ejecutivos. Y, paralelamente, el diario
incluía una pequeña columna titulada For
your information (Para su
información) en la que el Post se disculpaba ante los lectores de las
inconsistencias e imprecisiones diarias.
Esta ardua tarea de lucha por la credibilidad logró después, por
ejemplo, que diarios como The Washington Post
pudieran acreditar acusaciones severas contra funcionarios del gobierno de
Nixon pero citando "fuentes anónimas". Los lectores
creían en el diario. Al final, la lucha por la credibilidad tuvo
resultados. Los lectores le fueron creyendo más a las fuentes
anónimas del Post que a los desmentidos retadores de la Casa Blanca contra ese
estilo de revelaciones. Inclusive, la información que acusaba a los funcionarios
del entorno de Nixon de haber ocultado Watergate, estaba acreditada a una
fuente anónima. El Post llegó a decir que el FBI había
incluido ciertas líneas de investigación pero sin ofrecer fuente
y las autoridades tenían que reconocerlo a posteriori.
La credibilidad fue clave. Cuando el todopoderoso conductor noticioso de
televisión Walter Cronkite decidió
entrarle al tema de Watergate, sus dos programas --uno de 15 minutos y otro de
diez-- se basaron en las primeras planas del Post, porque sorprendentemente se
habían dado cuenta que en el escándalo no había documentos
clave para sostenerlo. Así, la gran lucha del Post fue por la
credibilidad, aunque luego el Post sufrió un severo revés de
credibilidad cuando la periodista Janet Cooke
había recibido el Premio Pulitzer por reportajes sobre un niño
drogadicto, pero tarde se percataron que había sido una historia
inventada. A pesar de que Gabriel García Márquez
reivindicó a Cooke para la literatura de
ficción, el Post decidió regresar el premio. Dicen que por ese
incidente perdió Bob Woodward la posibilidad de la dirección
general del diario, porque él era el responsable superior de Cooke.
La lucha por la libertad de expresión había tenido en EU otros
parámetros. La Casa
Blanca nunca pudo detener la investigación sobre
Watergate. Si acaso, ejerció algunas maniobras de intimidación y
una guerra de Ziegler contra el Post. La batalla por la libertad de
expresión se había dado un poco antes. Y no fue, como pudiera
ocurrir en México, contra el Ogro Autoritario del Estado o el gobierno,
sino contra las instancias jurídicas y legales. David Rudenstine cuenta la lucha de la prensa contra el poder en
el libro The day the presses stopped.
A history of the Pentagon papers
case, una investigación de la batalla periodística y judicial
para publicar la historia secreta de la guerra de Vietnam, primero en The New York Times y luego en The Washington Post, con los famosos Papeles del
Pentágono, un reporte amplísimo redactado por Daniell
Ellsberg, quien luego fue sometido a espionaje por el
mismo equipo que asaltó Watergate. Toda la historia viene en The life and
times of Daniel Ellsberg,
libro de Tom Wells apenas en circulación en
EU.
Atrás habían quedado los tiempos de las complicidades entre la
prensa y el poder, que cuenta Gay Talase en El reino y el poder (editorial
Grijalbo), la historia de The New
Tork Times, cuando el gobierno de John F. Kennedy
presionó al Times para que no publicara las revelaciones sobre la
participación de la CIA
en el entrenamiento de un grupo invasor a Cuba para intentar el derrocamiento
de Fidel Castro. El director ejecutivo del Times, Cliffton
Daniel, aceptó censurar el reportaje de Tad Szulc. Cuando esa invasión fracasó en
Bahía de Cochinos, el presidente Kennedy le dijo a Daniel que se hubiera
evitado un fracaso norteamericano de haberse publicado la historia. Pero ya era
demasiado tarde para los arrepentimientos.
En el caso de los papeles del Pentágono y en el caso Watergate, la
prensa decidió alejarse de las complicidades.
III
La historia de Watergate sigue siendo un
enigma. En un texto publicado en 1983, Pieces
(Fragmentos, en español en 1985 en Editorial Gedisa Literatura), el
escritor Norman Mailer hace una disección inteligente del asunto, y
llega a una conclusión que pudiera resumirse en pocas palabras: se
trató de una de las operaciones de mayor alcance en la historia del
espionaje político interno en Estados Unidos, pero realizado por el peor
de los equipos de espías. Las dudas siguen latentes: ¿fue
realmente una incursión criminal para colocar micrófonos en el
cuartel general del Partido Demócrata en el conjunto de edificios
Watergate, o fue una operación montada ex profeso para ensuciar al
gobierno de Nixon? Y los hechos siguen sueltos: ¿tuvo Watergate alguna
relación con el asesinato de Kennedy en Dallas diez años antes?
El texto de Mailer podría parecer exculpatorio de Nixon. En una
conversación en la
Oficina Oval de la Casa Blanca --grabada y luego publicada en el
libro Abuse of power. The new Nixon tapes, de Stanley I
Kutler-- celebrada el 12 de julio de 1973, Henry
Kissinger le comentó a Nixon sobre las intenciones de Mailer de escribir
sobre Watergate. "Dice Mailer que por primera vez en su vida usted empieza
a caerle bien", dijo Kissinger a Nixon. Según Kissinger, Mailer
--un severo crítico de los abusos de poder-- va a escribir que Watergate
"es una conspiración de la
CIA contra usted (Nixon) porque usted impulsó la
detente (el parón de la ofensiva contra la URSS y China)".
"Esto es un poco extraño", comentó Alexander Haig,
general y jefe de gabinete en la Casa Blanca.
Frente a ese análisis que dejaba a Nixon fuera de la
conspiración por Watergate, el presidente de EU sólo
murmuró:
-- Gracias. Es bueno escuchar eso.
El análisis de Mailer, tan celebrado por Kissinger porque exoneraba a
Nixon, ofreció múltiples perspectivas. Pero las mejores bordan
sobre el carácter mismo de la operación. El equipo estaba
coordinado desde la Casa
Blanca, los operadores responsables habían sido altos
jefes de la CIA
en guerras sucias contra otros países, no hubo limitaciones de dinero
para pagar a los asaltantes o para adquirir el material técnico
necesario. Pero el asalto resultó un ejemplo de la novatez
o, en palabras de Mailer, de estupidez. Y para colmo, cuando los asaltantes
fueron atrapados y presentados ante un juez en audiencia pública en la
que se encontraba Bob Woodward, uno de los espías, James McCord, sorprendió a todos cuando contestó la
pregunta de sus trabajos anteriores.
-- Consejero de seguridad.
-- ¿Dónde? --repreguntó el juez.
-- La CIA --respondió,
con candor, McCord.
Y luego Woodward tuvo acceso a las pertenencias de los asaltantes y sobre todo
sus agendas, y ahí había una referencia a teléfonos de la Casa Blanca y a un
contacto: E. Howard Hunt, ex operador clandestino de la CIA y ex subjefe de la
estación de la CIA
en México. Hunt tenía oficinas en la Casa Blanca. McCord había sido jefe de seguridad del
comité para la reelección de Nixon. Y Hunt trabajaba en la Casa Blanca con Chuck Colson, el responsable de las guerras sucias de Nixon contra
opositores. Y para amarrar los datos, la primera pista que le dio Garganta
Profunda, la fuente de información más importante de Woodward y
Bernstein, fue la confirmación de que Hunt trabajaba para la Casa Blanca y era el
cerebro del grupo que asaltó las oficinas del Partido Demócrata
en Watergate.
Y de ahí comenzó a desenredarse la historia que llevó a la
renuncia del presidente Nixon en agosto de 1974, antes de que la Corte lo sometiera a juicio
y lo destituyera.
El lado inexplicable llega a sorprender. Los responsables de operaciones
clandestinas de la CIA
y de la guerra sucia del poder, llevaron a cabo un asalto casi infantil. Para
meterse en la noche al cuartel general de los demócratas, el grupo
operativo de Watergate llevaban un equipo de quinta categoría: cuatro
radio-comunicadores y se necesitaban seis, los radios tardaron en cargar su
batería, no desconectaron el sistema de alarma contra ladrones de las
oficinas, hubo dos incursiones a las oficinas porque se intervino una línea
telefónica equivocada en la primera, colocaron mal las cerraduras, lo
cual alertó a los guardias. Y el asalto de junio fue el segundo, porque
el primero semanas antes había fracasado porque colocaron
micrófonos en teléfonos equivocados.
La confesión de McCord sobre su trabajo en la CIA llevó a Hunt a
sospechar que se trataba de un doble agente, que trabajaba para los
republicanos de Nixon pero para favorecer a los demócratas. En una carta
a un juez, McCord exoneró a la CIA --a pesar de haber
trabajado en la agencia-- y reveló presiones para que declararan
culpables. Este dato y el hecho de haber sido una operación trabajada
por novatos, llevó a Mailer a la duda de que "lo mejor que puede
disimular una operación clandestina es una apariencia de
ineficacia".
Las dudas podrían llevar a las certezas. En uno de sus modelos de
interpretación de Watergate, Mailer señala:
"difícilmente hubo en el caso Watergate un episodio que no nos
fuera presentado en forma tal que pareciese más estúpido que lo
que hubiera podido razonablemente ser. ¿O será más exacto
decir que aquello que esperábamos percibir es más brillante que
el nivel en el cual hemos sido estimulados a percibirlo?" Y luego Mailer
cita a Guillermo de Ockham para señalar la complejidad de las certezas y
de los hechos: "el modelo más simple que concuerde con todos los
hechos, nos llevará probablemente a hechos inexplicables".
Y en la historia de Watergate hay hechos que disparan la especulación.
Hunt, por ejemplo, fue el responsable de la operación pero tenía
experiencia en la CIA
que pareció no haberle servido de nada. Hunt era un personaje de la
mitología de la CIA:
operaba guerras clandestinas, pero en sus tiempos libres era escritor
anónimo de novelas de suspenso y espionaje. A él le acreditaban
el conocimiento de mucha información secreta sobre el asesinato de
Kennedy, a quien la CIA
odiaba por el fracaso de la invasión cubana en Bahía de Cochinos.
Aquí se localizan hechos explicables que hacen más inexplicables
las hipótesis. El 8 de diciembre de 1972, meses después del asalto
a Watergate, la esposa de Hunt, Dorothy, murió al estrellarse un
avión de United Air Arlines
en un viaje de Washington a Chicago. Murieron 45 personas. La esposa de Hunt
estaba encargada de efectuar pagos a cubanos con dinero de la Casa Blanca, y cuatro
de los cinco asaltantes en Watergate era cubanos ligados al fracaso de
Bahía de Cochinos. Mailer recuerda que el investigador Sherman Skolnick había revelado que en ese avión
habían muerto cuando menos doce personas conectadas en una u otra forma
con Watergate. Y después del desastre un antiguo jefe de Gordon Liddy, otro plomero de la Casa Blanca, jefe de
los asaltantes en Watergate y condenado a prisión por el incidente, fue
designado subsecretario de Transporte y por tanto encargado de supervisar la
investigación del accidente. Y más tarde Alexander Butterfield, quien reveló que la Casa Blanca grababa
las conversaciones del presidente, fue designado director de la oficina federal
de aviación y tuvo a su cargo la supervisión del accidente.
IV
Watergate fue, en un desliz cortazariano, un "modelo para armar". Sus piezas
separadas ayudarían a entender el caso:
1.-- Las obsesiones de Nixon contra los demócratas.
2.-- La existencia previa de un grupo nixoniano para
la guerra sucia contra disidentes, y enemigos políticos que operaban en
la indagación y revelación de hechos negativos en los otros
candidatos.
3.-- Los dos asaltos a las oficinas demócratas en Watergate.
4.-- La aparición de la CIA
en el escenario Watergate con varios ex agentes que --en la lógica de la CIA-- nunca dejan de serlo.
5.-- La reacción de la
Casa Blanca para cubrir el asunto y encubrir a los
asaltantes, pagando a veces altos sobornos para comprar el silencio.
6.-- La investigación de The Washington Post a
partir de la declaración de McCord de que
había trabajado en la CIA
y que sus jefes --Hunt, Liddy y Colson--
también tenían cargos y oficinas en la Casa Blanca.
7.-- La existencia de un grupo de plomeros --por aquello de
destapar caños-- en la
Casa Blanca para combatir a políticos, periodistas y
disidentes.
8.-- La aparición de Garganta Profunda como la principal fuente de
información de Woodward y Bernstein, para llevarlos casi de la mano
hasta la Oficina Oval
de la Casa
Blanca.
9.-- La caída de los principales colaboradores,
asesores y funcionarios de Nixon por Watergate.
10.-- El juicio contra el presidente que lo obligó a renunciar, pese a
su reelección con el mayor número de votos y a la paz en Vietnam.
Aunque cada tema merece una indagación propia, pocos como el de Garganta
Profunda pudieran explicar la complejidad del incidente en Watergate y la
caída de Nixon. Esa fuente de información de Woodward y Bernstein
apareció de pronto como, muy en el estilo del periodismo de
revelaciones, la fuente de confirmación. De hecho, Garganta nunca le dio a los periodistas ninguna exclusiva ni ningún
documento. Simplemente se dedicaba a confirmar o negar pistas que tenían
los periodistas. Por tanto, se trataba de una fuente de información que
se localizaba en el centro mismo del equipo de Nixon.
Cuenta Bradlee en sus memorias una plática de
Woodward con Garganta Profunda. Los periodistas le había
llamado, en septiembre de 1972, para leerle una parte del artículo que
decía que "agentes federales habían recibido
información de empleados en la campaña de Nixon acerca de que
altos miembros del comité de reelección estaban implicados en la
financiación de la operación Watergate". Garganta, recuerda Bradlee, le dijo a Woodward que la historia era
"demasiado blanda" y que "puedes ser más duro". Se
trataba, pues, de una confirmación dada desde dentro del equipo de
Nixon.
El papel de Garganta le dio a la investigación del Post un buen espacio
para las dudas. A veces daba la impresión que el Post era una especie de
mensajero de una lucha interna en el gobierno y en la administración
Nixon. Las pistas de Garganta llevaron a la Casa Blanca.
Lo recuerda Bradlee. Por tanto, existe la sospecha de
que el Post fue parte de una conspiración de poder que iba mucho
más allá del periodismo. Garganta se encargó de conducir
las revelaciones del Post hasta la oficina de Nixon. Los reporteros le dieron
estructura periodística a una lucha por el poder en las alturas de la
política estadounidense.
Los reporteros Woodward y Bernstein estuvieron en las hábiles manos de
Garganta Profunda. En una reunión con Woodward en octubre, Garganta le
razonó al periodista el interés del FBI sobre Watergate con mil
500 interrogatorios. "No lo hace el FBI sólo por tener un simple
robo con allanamiento de morada".
-- ¿Quién está implicado? --preguntó Woodward.
-- Sólo el presidente y Mitchell lo saben --contestó Garganta.
Y luego, esa misteriosa fuente de información le pasó datos clave
a Woodward de lo que ocurría dentro de las altas esferas del gobierno:
Mitchell había encontrado muchas pistas. Ganganta
le filtró a Woodward la reacción de espanto del procurador
general cuando encontró con las derivaciones de Watergate: "si esto
se supiera, podría acabar con la administración. Acabar con ella,
eso he dicho".
El papel de Gargantas Profunda fue vital para revelar la descomposición
del poder. En otra ocasión, Garganta le dijo a Woodward: "puedes
decir sin ningún problema que 50 personas, más de 50, trabajan
para la Casa Blanca
y el comité de reelección del presidente jugando sucio,
saboteando, espiando". Así, Garganta le descubría al novato
periodista los hilos de poder de Watergate que tenían su origen en
oficinas ejecutivas de la Casa Blanca. Woodward y Bernstein se dedicaban a
confirmar esos datos. Así, la investigación periodística
fue dirigida no por Graham, Bradlee o Simons, sino
por Garganta Profunda. Garganta fue el que le dio dimensión
política a la indagación periodística. Y Nixon fue
obligado a renunciar por las revelaciones de Garganta Profunda.
El valor de la investigación de Woodward y Bernstein radicó en su
perseverancia para darle forma periodística a pistas salidas de la lucha
interna por el poder. Lo importante fue, asimismo, que ni el Post ni los dos
periodistas estaban metidos en la lucha partidista, aunque --como siempre ocurre
en el periodismo-- la prensa crítica se convierte en parte de la batalla
de los grandes poderes. Con su investigación, el Post dio algunas
lecciones de periodismo: cómo seguir pistas periodísticas hasta
los poderes máximos.
La identidad de Garganta se convirtió en uno de los mitos del mito
Watergate. En Todos los hombres del presidente, Woodward señala el
momento en el que la señora Graham le pidió el nombre. El
periodista se quedó helado. Le dijo a su editora que se lo diría
si ella se lo "exigía". La señora Graham se rió
y le dijo que no, que no quería cargar con esa responsabilidad. Pero el
nombre lo conocen sólo cinco personas: Woodward, Bernstein, Bradlee, Graham y el propio Garganta. Y la señora
Graham ya murió.
De la identidad de Garganta depende sin duda el carácter
histórico-político del caso Watergate, y la
caracterización de la lucha del Post. Una cosa fue el combate
periodístico para obligar al poder político a reconocer su guerra
sucia contra los demócratas y disidentes y otra que haya habido una
fuente de información interesada en orientar la investigación de
los periodistas. Aquí el punto clave radica en el tipo de
relación entre Woodward y Garganta y el grado de confianza.
¿Sabía Woodward de los intereses extraperiodísticos
de Garganta? ¿Tenía realmente Garganta un interés
político que encontró en la denuncia periodística del Post
el canal de expresión?
Así, la identidad de Garganta Profunda podría calificar el papel
del Post en el caso Watergate, porque se trató de una fuente con
intereses políticos. La justificación del Post es obvia, pero al
final de cuentas sería dependiente de los intereses primarios de la
fuente clave en la orientación política de las denuncias. De
hecho, Woodward ha revelado en sus libros que dependía de las
orientaciones de Garganta Profunda para sus denuncias y éstas llevaron
seguramente adonde Garganta quería: la renuncia de Nixon y el
enjuiciamiento de los operadores de la guerra sucia de la Casa Blanca.
¿Quién fue/es Garganta Profunda? Se trata del
misterio del siglo XX en el periodismo político norteamericano. Bradlee revela que en la lista de sospechosos estaba
Alexander Haig, ayudante de Henry Kissinger y luego jefe de personal de la Casa Blanca.
A petición propia, Woodward dijo que Haig no era Garganta. En su
investigación Katharin the
Great. Katharine Graham and The
Washington Post, la periodista Deborah Davis señala que Garganta era
Richard Ober, un alto oficial de inteligencia de la CIA, amigo de Bradlee en Harvard y colaborador de Kissinger.
Mailer recoge la versión de Colson que
decía que Garganta era Robert Bennett, espía y presidente de la
compañía de relaciones públicas Mullen. Inclusive, con
amargura, Colson decía: "cada una de las
historias que le valieron a Woodward el Premio Pulitzer le fueron
proporcionadas por la CIA".
La agencia Mullen era una pantalla de la CIA. Inclusive, el
columnista mexicano Manuel Buendía había revelado en su libro La CIA en México que la
agencia Mullen había operado en México como agencia Murden, a través de Richard K. Lorden,
a quien Buendía identificaba como agente de la CIA. La historia
tenía asideros. Hunt había sido subjefe de la estación de la CIA en México y
más tarde había trabajado para la agencia Mullen con Bennett.
El año pasado, Leonard Garment, funcionario de
comercio del gobierno de Nixon, publicó un libro significativo: In serch of Deep
Trota. The greatest political mystery of our time. La búsqueda
de Garganta Profunda ha sido, pues, persistente. Garment
llegó a la conclusión que Garganta era John Sears, en los
años de Watergate un "oscuro operador político que
había trabajado en 1968 en la campaña presidencial de Nixon y un
poco en la administración Nixon en la Casa Blanca". Garment enlistaba las motivaciones de Garganta, aunque sin
involucrar la hipótesis de que Garganta hubiera sido la punta de lanza
de un grupo secreto para derrocar a Nixon.
1.-- El deseo de "desenmascarar" el rostro diabólico de Nixon.
2.-- El deseo de "salvar" a Nixon aunque a costa de destruirlo.
Garganta le dijo alguna vez a Woodward: "he de hacer las cosas a mi
manera".
3.-- La "amistad" de Woodward y Garganta y entonces habría
habido el interés de ayudar a un amigo.
4.-- El deseo de involucrarse en el misterio de un juego secreto.
En el fondo, establece Garment, "Garganta
tenía su agenda política". Y en su libro, Garment hace un análisis de las versiones que lo
señalaban a él como Garganta. De hecho, Garment
reconoce que él habló con Woodward y Bernstein para comentar
algunos datos que luego fueron usados en el segundo libro de los periodistas,
Los días finales. Pero Garment se descarta
porque se califica como un funcionario que "cotorrea", no que esparce
rumores. Garment se considera un buen
"intermediario", pero no un conductor de investigaciones
periodísticas.
En el libro Deep truth. The lives of
Bob Woodward and Carl Bernstein, el periodista Adrian Havill trata de llegar a
la "verdad profunda" a través de la investigación de
los reporteros, aunque hace hincapié más en el pasado de Woodward
que en el de Bernstein. En su investigación, Havill
señala que el perfil de Garganta lo llevaría a ser David Gergen, otro funcionario medio de la Casa Blanca con Nixon.
Havill también plantea sus sospechas de Haig
como el misterioso informador de los periodistas del Post, aunque da otros
nombres: David Miller, operador de la
CIA y amigo de Woodward, y el almirante Bobby Ray Inman, que fue sudirector de la CIA y conoció a
Woodward cuando hizo su servicio militar en la Marina.
Havill
revela que Haig fue una de las fuentes con nombre que llegó a
confirmarle notas a Woodward, y apareció como una fuente visible en el
segundo libro Los días finales. Havill utiliza
el libro Todos los hombres del presidente para señalar que Woodward pudo
haber dejado pistas falsas y que Garganta es el nombre de varias fuentes de
información y no de una. De todos modos, hay algunas que
dibujarían a Haig, un duro general que después fue secretario de
Estado con Reagan y fue obligado a renunciar porque rompió la cadena
sucesoria en 1981 cuando Reagan sufrió un atentado y salió del
aire varias horas.
Havill establece el cruce de perfiles: Haig y
Garganta son fumadores consistentes, los dos toman scotch y Haig trabajaba en
la "rama ejecutiva" con relaciones con la CIA y la seguridad nacional.
Garganta era una fuente de confirmaciones breves y la formación militar
de Haig lo hacía un hombre de respuestas cortas. Y hay otro dato
revelador: The Washington Post. De manera inusitada,
apoyaron estusiastamente la incorporación de
Haig a la jefatura del gabinete en la Casa Blanca.
El problema sobre la personalidad secreta de Garganta radica
en la dificultad para saber si los datos aportados por Woodward y Bernstein son
ciertos o simplemente los publicaron en su libro para despistar a los
investigadores. Y Havill aporta algunos datos falsos
incluidos en el libro Todos los hombres del presidente que pudieran llevar a la
hipótesis que Woodward y Bernstein falsearon ciertos datos para ocultar
pistas. Por ejemplo, Havill considera pista falsa la
información del libro de que en un momento de nerviosismo mandaron a
Woodward al cine y fue a ver la película pornográfica Garganta
Profunda, de donde salió la idea de llamar así a la fuente
más importante del caso.
Havill dice que no había cines de
películas pornográficas en los alrededores del Post, porque
cuatro meses antes de la fecha consignada en el libro el gobierno había
prohibido los cines porno en esa zona. Asimismo, el investigador
comprobó que el clima que se consignó un día preciso en el
libro no fue así. Asimismo, Havill
descubrió que algunos datos cruzados entre Woodward y Bernstein eran
falsos y que uno al otro se habían dicho algunas mentiras.
La CIA y Watergate, el mito (Segunda Parte)
El
asunto da para mucho. El periodista Jim Hougan, ex
editor de la revista Harpers, publicó en 1984
el libro Secret agenda. Watergate, deep trota and the CIA. Hougan le dedica todo un
capítulo a la identidad de Garganta y establece la creencia del
"cuerpo de prensa en Washington" de que Garganta "es la
composición de varias fuentes de información, por lo que el
secreto de las identidades separadas quizá nunca sea conocido".
Para el investigador, el papel de Garganta fue vital en la caída de
Nixon. Asimismo, señala que su identidad, por esa razón y por la
relación con la CIA,
nunca se va a conocer porque entonces el papel de Woodward y Bernstein en el
caso Watergate sería diferente, quizá menos ideal del conocido.
Para Hougan, Garganta fue una personalidad
"maquiavélica, una figura movida más por sus propias
ambiciones que por el juego limpio en la política nacional".
Así, "Woodward y Bernstein pudieron haber sido instrumentos de una
dura lucha por el poder". Una de las razones del investigador radica en la
percepción de que los dos periodistas del Post parecieron haber
creído en el "altruismo de Garganta", que en las evidencias de
la pugna entre grupos.
La clave del papel de Garganta Profunda se localiza en su identidad. Garganta
apareció en la vida de Woodward apenas dos días después
del arresto de los cinco asaltantes de Watergate. Woodward dice que le
habló a "un viejo amigo". Pero las posibilidades de que
Woodward tuviera buenas fuentes de información en la administración
Nixon eran nulas, pues apenas llevaba como un año trabajando en el Post,
aunque como reportero en el periódico Sentinel
había escrito algunos trabajos sobre las actividades clandestinas de la CIA. Por lo tanto,
Woodward sí pudo haber tenido algunas relaciones con oficiales de la CIA, algunos de los cuales
había conocido cuando hizo su servicio militar en oficinas de
inteligencia de la
Marina.
La posición de Garganta en el gobierno de Nixon era
privilegiada, por lo que todos los ojos se dirigen hacia Haig. Como asistente
militar de Kissinger en el Consejo de Seguridad Nacional, y luego como chief of the
staff, Haig llegó a tener el manejo no sólo de la
información sino de los grupos que pululaban en la Casa Blanca.
Ahí se localiza otra percepción de los analistas: un buen jefe de
personal debe estar molesto cuando su jefe permite la existencia de grupos
secretos que realizaban trabajos de desestabilización. Esta
sensación hubiera podido llevar a Haig a conducir la
investigación del Post hacia esos grupos clandestinos.
Asimismo, Hougan descubre que Garganta fue falible y
que dio varias pistas no ciertas, lo que llevaría a suponer que su
posición en la Casa
Blanca no era tan relevante como todos suponían.
Falló en una pista de Hunt que debería llevar al procurador
Mitchell, se equivocó en la contabilidad de 50 agentes especiales para
la guerra sucia que había en la Casa Blanca y dio la pista equivocada de que
había cuando menos cuatro grupos de guerra sucia en la oficina
presidencial. Asimismo, Hougan llega a la
conclusión que Garganta tenía a su vez pocas fuentes de
información y que carecía de contactos en el FBI.
Haig era una pieza clave en el tablero de posiciones en la Casa Blanca.
Y respondía a la pincelada de Garganta que dieron Woodward y Bernstein:
un chismoso sin remedio. Y de acuerdo con la revista Time, Hougan
desliza posibilidades de la identidad de Garganta referida a una pequeña
lista de ocho personas que tuvieron información sobre el entorno de
Nixon, que aparecía en las revelaciones de esa fuente misteriosa: el
propio Nixon, su secretaria Rose Mary Woods, Alexander Haig, Charles Colson (el jefe de los grupos de guerra sucia y por tanto
el operador del grupo que asaltó Watergate), Stephen Bull (asistente de
Alexander Butterfield, el que reveló que Nixon
grababa las conversaciones en la oficina presidencial y los tres abogados de
Nixon: Fred Buzgardt, Leonard Garment
(autor de In search of Deep Throat) y Samuel Powers.
Lo único que no coincidiría con el papel de Haig como Garganta
serían algunas fechas de supuestos encuentros con Woodward, cuando Haig
se encontraba comisionado con Kissinger en París pactando la paz con
Vietnam, pero habría el detalle de que los periodistas dieron muchas
fechas falsas para desorientar a los investigadores. En este contexto, Hougan aporta otros nombres a la lista de posibles
Garganta, pero en su libro deja la impresión de que el primero es
Alexander Haig.
El misterio sobre Garganta Profunda sigue latente. Y Woodward y Bernstein han
dicho que darán el nombre real de Garganta Profunda cuando el personaje
misterioso muera.
V
Otra de las partes más misteriosas del
caso Watergate radica en el papel de la CIA. Y no sólo por el hecho de que varias
coordenadas de la agencia de espionaje se hayan cruzado en el asunto. Una pista
de la CIA
causó muchas preocupaciones: las relaciones de Phillip
Graham --esposo de Katharine Graham--, Bradlee y
Woodward con la CIA,
pero no como periodistas sino como colaboradores. En 1979, la periodista
Deborah Davis publicó su investigación sobre Katharine the Great y ahí había datos que revelaban que
Ben Bradlee había colaborado en operaciones
secretas de la CIA
cuando era agregado de prensa en la embajada de Estados Unidos en París.
Bradlee protestó por la referencia y,
vía amenazas judiciales, logró que el libro fuera retirado de la
circulación.
Pero en 1987, Davis publicó una segunda edición corregida y
aumentada y ahí reforzaba su tesis de Graham, Bradlee
y Woodward y la CIA. La
primera edición del libro tenía imprecisiones, pero revelada documentos
concretos oficiales de la agencia de espionaje que tuvieron más valor en
la segunda edición: cartas que involucraban a Bradlee
en operaciones de contrapropaganda al estilo de la CIA. Y aunque Bradlee siempre negó haber trabajado para la CIA, Carl Felsental
en Power, privilege and the Post dice que la
versión que ligaba a Phil Graham con la CIA "es más plausible".
Inclusive, amigos de Phil decían que él conocía más
información secreta de Bahía de Cochinos que sus reporteros del
Post. En un artículo publicado en 1977 en la revista Rolling Stone sobre
"la CIA y la
prensa", Carl Bernstein incluye la declaración de funcionarios de la CIA en el sentido de que
"Philip Graham es alguien de quien puedes recibir alguna ayuda".
Philip había llevado al Post a un papel activo en la guerra fría
de EU contra el comunismo.
La tesis de Davis descansa en la posibilidad de que el Post hubiera sido un
ariete de la CIA
en contra de Nixon y su equipo de ex espías. La investigación de
Davis señaló que Bradlee, como periodista,
pasó varios meses clasificando cables y códigos de la Marina y se definía
como un "liberal anticomunista" que apoyaba la investigación macartista contra "los traidores en el gobierno".
En 1951, Bradlee, con el apoyo de Phil Graham,
arribó a la oficina de prensa de la embajada estadounidense en
París, una oficina que se consideraba como una pantalla del Departamento
de Estado. Su tarea fue la de circular propaganda anticomunista.
Una de las tareas de Bradlee en París, fue la
de circular material de desinformación sobre el caso de los Rosenberg,
el matrimonio judío acusado de vender información a Rusia y
condenado a muerte. Un documento de un asistente de la fiscalía, fechado
en diciembre de 1952, señala la petición de Bradlee.
La petición de información de Bradlee,
según el memorando, urgía "para responder a la propaganda
comunista". Según ese documento, Bradlee
debió de haber establecido contacto con un representante de la CIA en el aeropuerto de
París, pero no había sido posible. Por tanto, establece Davis, la
tarea de Bradlee tenía que ver con propaganda
de la CIA.
El presunto involucramiento de Bradlee
con la CIA
habría ocurrido por la contrapropaganda de la CIA en el caso de los
Rosenberg. La historia marcó, junto con el caso de Zaco
y Vanzetti, el punto culminante de la lucha violenta de EU contra el comunismo
interno. Lo interesante de los Rosenberg radicó en el hecho de que el
matrimonio fue declarado inocente a posteriori. La historia novelada de ese
caso se encuentra magistralmente recreada en la novela El libro de Daniel, del
escritor progresista E.L. Doctorow. El libro
planteaba la versión de que los Rosenberg, identificados como los Isaacson en la novela, eran inocentes y apareció un
par de años antes de que los Rosenberg fueran exonerados de las
acusaciones de espionaje.
En 1987 hubo todavía un intercambio de cartas entre Davis y Bradlee, donde el editor del Post negaba cualquier
involucramiento con la CIA
en el uso de propaganda anticomunista. En su carta, Davis le informaba a Bradlee que en la segunda edición aparecerían
documentos sobre el caso de los Rosenberg y la CIA. Y que se trataba de
documentos y declaraciones que el propio Bradlee
había enviado a Ronald Radosh para el libro The Rosenberg file. En respuesta, Bradlee
simplemente negó tres veces cualquier relación o trabajo para la CIA.
En su libro de memorias La vida de un periodista, Bradlee ofrece una explicación sobre la
versión de Davis. El ex director del Post dice que, como agregado de
prensa en la embajada de EU en París, enfrentó presiones de los
medios contra el juicio de los Rosenberg. Agrega que varias veces pidió
a Washington información sobre el juicio para tener elementos de prueba
acerca de las acusaciones de espionaje, pero nadie le hizo caso. Por tanto, un viernes
convenció al embajador de EU en París que lo dejara ir a
Washington a revisar el expediente. Pero los bancos estaban cerrados. Por
tanto, Bradlee y el embajador --en versión del
propio Bradlee-- fueron a ver a Robert Thayer, jefe de la oficina de la CIA en París, y
él le dio dinero a Bradlee para comprar el
pasaje del avión.
"El incidente me puso en aprietos años más tarde",
cuenta Bradlee, "cuando una mujer llamada
Deborah Davis afirmó en un libro sobre Katharine Graham que yo
había trabajado para la
CIA. Su "evidencia", obtenida gracias a la Ley de Libertad de
Información, era un documento interno de la CIA que reseñaba que
Bobby Thayer me había adelantado dinero para
el billete de avión". Pero el asunto es más complicado. En
su libro, Davis presenta varios documentos desclasificados de la CIA donde se establece que Bradlee formaba parte, y concretamente en el caso del
juicio a los Rosenberg, de una campaña de contrainformación
operada por la CIA. No
se trató, pues, de un boleto de avión sino de algo más
elaborado. A pesar de que los Rosenberg fueron declarados inocentes post mórtem, Bradlee dice que
"estaba convencido de su culpabilidad", aunque "me
deprimí mucho con la ejecución de los Rosenberg".
Por alguna razón, Bradlee estuvo siempre
preocupado por la CIA. Como
vecino y amigo de John F. Kennedy, Bradlee
participó en la campaña demócrata. Cuando Kennedy
ganó las elecciones, a un par de amigos les hizo la oferta para que cada
uno hiciera una recomendación especial del tema que más les
interesara. El otro le sugirió a Kennedy que despidiera a Edgar J. Hoover de la dirección del FBI y Bradlee
pidió la remoción de Allen Dulles, jefe
de la CIA, y la
reorganización de la agencia de espionaje con la que había tenido
contacto cuando fue agregado de prensa en la embajada de EU en París.
Kennedy confirmó a Hoover y a Allen en sus
cargos.
Pero la pista de la CIA
no se agotaba en Phil Graham y Bradlee, sino que
llegaba a Woodward. El punto clave radica en el papel activo de Garganta
Profunda para conducir la investigación de Woodward y el Post hacia la Casa Blanca.
La primera pista que le dio Garganta a Woodward fue la confirmación que
Hunt había trabajado para la
CIA. Y Hunt amarraba la relación de McCord con la
CIA y la Casa Blanca. A partir de ahí, la parte
negativa de la CIA
fue prácticamente triturada por la investigación del Post, como
si Garganta fuera la parte buena de la CIA. Así, hubo un detalle que se acomoda
en el rompecabezas: la CIA
tiene prohibidas las operaciones dentro de Estados Unidos. Y la propia CIA se
preocupa que no ocurran.
Davis establece en su libro sobre la dueña del Post que Woodward,
después de graduarse en Yale, había trabajado en el área
de inteligencia del Pentágono, sobre todo, como Bradlee,
en oficinas de comunicaciones secretas en la Marina. En el
Pentágono, Woodward estuvo en una oficina de códigos para misiles
guiados. Lo raro fue que el periodista, aún trabajando en el área
de inteligencia naval, estuvo un año en California durante las protestas
pacifistas. Luego, Woodward fue trasladado al Pentágono, donde,
según declaró a una revista, fue miembro de una unidad
ultrasecreta de inteligencia que estuvo relacionada con asuntos importantes que
tenían que ver con la Casa Blanca.
En este escenario establece Davis su hipótesis que
Garganta fue Richard Ober, que coordinó un
equipo de vigilancia de la CIA,
el FBI y la Marina
en contra del movimiento pacifista, y que bien pudo haber sido el coordinador
de Woodward. Ello llevaría a la posibilidad de que Woodward hubiera
estado un año en California, como parte de ese equipo de espionaje que
luchaba contra los movimientos pacifistas. La interpretación pudiera ser
válida. El trato de Garganta con Woodward no fue el de un funcionario
informado y un novato periodista con apenas unos meses laborando en el Post,
sino que, según se refleja en el libro Todos los hombres del presidente,
se trataba de una relación personal, casi de jefe a subordinado, los dos
hablando el lenguaje secreto de las operaciones de inteligencia. Por ejemplo,
Woodward convocaba a Garganta con una bandera roja puesta en su balcón y
Garganta citaba al periodista a través de un recado colocado en la
sección de monitos de The New
York Times. ¿Cómo tenía acceso Garganta a las rutas de
distribución del Times?, se pregunta Garment
en In resech of Deep Throat.
En su libro Todos los hombres del presidente, Woodward y Bernstein dieron una
justificación de los motivos de Garganta para no soltar toda la
información, y sí ir guiando a los periodistas en sus
investigaciones. "Si les decía de una vez todo lo que sabía,
un buen plomero (de la
Casa Blanca) podía averiguar de dónde
procedía toda la información". Los dos reporteros
"pensaban más bien que Garganta Profunda trataba de proteger a su
departamento, de conseguir un cambio de actitud (en los funcionarios
involucrados en el escándalo) antes de que todo estuviera perdido".
Así, los propios periodistas investigadores le daban a Garganta la
coartada.
Las pistas de Woodward y su formación como oficial de inteligencia
militar han provocado las más intensas investigaciones. Havill en Deep truth señala que Kissinger --de quien fue ayudante
militar Haig en esos años-- utilizaba los servicios de
información clandestina de la
Marina para sus negociaciones de paz con Vietnam del Norte.
Woodward sirvió como oficial de inteligencia en el barco Wright,
dedicado precisamente a comunicaciones secretas. Las relaciones pudieron
establecerse desde ahí, aunque el periodista siempre negó
trabajos delicados. Sin embargo, varios testigos vieron a Woodward afuera de
las oficinas de Haig en el Consejo de Seguridad Nacional, aunque el propio
periodista ha negado enfáticamente haber conocido a Haig hasta 1973.
Antes de trabajar en el Post, Woodward escribió tres años en el
periódico Montgomery County Sntinel de Maryland. En esos años se dio una buena
relación entre Woodward y David C. Miller, un agente de la CIA después de regresar
de Vietnam. Miller trabajaba en la oficina del procurador general John Mitchell
y luego John Dean. Ahí trabó amistad con Woodward y con el
abogado Richard Copaken. Miller y Copaken
estuvieron involucrados en el proyecto Culebra, una isla puertorriqueña
donde operaba la unidad de espionaje Task Force 157. Esta unidad pertenecía a inteligencia
naval --donde Woodward había servido como teniente de la Marina-- y usaba a
agentes libres de la CIA
para defender los intereses de EU más allá del territorio
estadounidense. La unidad Task Force
157 ayudó a Kissinger a viajar secretamente a China. Woodward se
relacionó con agentes de la
CIA a través de esa unidad.
A partir de estos datos, Havill se hace una pregunta:
¿fue Woodward free lance o mantuvo relación directa con
funcionarios de la CIA
como informante o agente operador entre su graduación en Yale y su
separación de la Marina?
¿Fue Woodward un free lance de la
CIA en la
Task Force
157? Havill dice que tuvo declaraciones de agentes de
inteligencia que respondieron afirmativamente a estas preguntas. Un mes
después de abandonar la
Marina, Woodward buscó empleo en el The Washington Post en agosto de 1970, aunque fue aceptado
un año después cuando fue a buscar a un jefe de sección
del Post a su casa donde descansaba pintando una barda y Woodward se
subió hasta ahí para preguntarle si iba a obtener ese empleo.
En su libro Secret agenda, Hougan
localiza datos más que interesantes sobre el trabajo de Woodward en
inteligencia naval y en los barcos Wright y Fox. El primero fue uno de los
barcos designados como National Emergency
Comand Post Afloat (NEPCA);
es decir, sede del presidente de la nación en caso de guerra, algo
así como el avión Air Force One. En el Wright Woodward fue oficial de comunicaciones.
La función de ese barco era llevar al presidente a un lugar seguro en
una emergencia nacional y dotarlo de un alto nivel de control de las
comunicaciones para la toma de decisiones. El barco era, en pocas palabras,
según un almirante de esos años, el "bunker acuático
del presidente de Estados Unidos" y tenía capacidad para
convertirse en una especie de "cuarto de guerra" como el que existe
en la Casa
Blanca. Woodward fue oficial de inteligencia en esa nave.
Una vez que terminó su periodo en el Wright, Woodward no tomó su
opción de regresar a la vida civil y fue asignado al Fox. Luego fue
asignado al Pentágono, el Departamento de Defensa de EU, como oficial de
inteligencia para el jefe de operaciones navales. Era, dicen expertos, una
tarea bastante complicada para un oficial tan joven. En ese cargo, Woodward
manejó todo el tráfico de comunicaciones de y hacia el jefe de
operaciones navales. Esas comunicaciones incluían comunicados top secret de la Casa Blanca, la CIA, la Agencia de Seguridad
Nacional, el Departamento de Estado, la Agencia de Inteligencia Militar y el Consejo de
Seguridad Nacional. Woodward supervisaba, dice Hougan,
los códigos secretos de dicho tráfico de comunicados.
Lo curioso es que Woodward trabajaba en el Pentágono durante el primer
año de gobierno de Nixon, y fue un año crítico en
términos de seguridad nacional y de tráfico de secretos militares
y navales. El periodista del Post llegó a usar algunos de los canales
secretos de la Task Force 157.
En esa posición, Woodward debió de haber conocido los esfuerzos
secretos de Kissinger y su ayudante militar Alexander Haig para la paz en
Vietnam y la relación directa con China. Años más tarde,
en 1977, Woodward escribió en el Post algunos textos sobre la
información secreta que conoció como oficial de inteligencia.
Entre ellos, una nota sobre la
Task Force
157 y el ex agente de la CIA
Edwin Wilson. El entonces jefe de operaciones navales,
almirante Thomas Moorer, le dijo a Hougan que Woodward se llevó secretos militares que
"merecían una corte marcial" y que "abrieron una brecha
de seguridad nacional".
Como reportero del Sentinel antes de llegar al Post,
Woodward escribió textos sobre la
CIA, dice la investigación de Hougan.
Uno de ellos, el 22 de abril de 1971, se refería a un discurso de
Richard Helms, director de la agencia, y en él
Woodward describía cómo reclutaban agentes de la CIA en los campos
universitarios. Otro tenía que ver con el presupuesto de la agencia y el
personal asignado. Y en uno más Woodward establecía que Helms, de simpatías demócratas, seguía
confirmado por el gobierno republicano de Nixon.
En julio de 1971 --entraría hasta septiembre de ese año al
Post--, Woodward escribió una historia contando cómo
vivían en el área de Washington los altos funcionarios del
gobierno, pero sólo basado en el Congressional
Directory. El reportero contó, por ejemplo,
que en el complejo habitacional de Watergate --donde estallaría el
escándalo que lo haría famoso-- vivían el procurador
Mitchell y los secretarios de Comercio y Transporte de Nixon. El reportaje iba
ilustrado con tres fotos escogidas personalmente por Woodward: una de la casa
del almirante Moorer, su jefe en la jefatura de
operaciones navales, otra del secretario de la Defensa y una más
del secretario de Educación. Sin embargo, Hougan
encontró un detalle: Woodward no hablaba nada de Moorer
en su reportaje, pero la foto apareció como ilustración.
¿Lo traicionó el subconsciente?
Así pues, las evidencias se acumulan para probar que Woodward no fue un
novato en materia de investigación de inteligencia y que llegó al
Post con una buena relación con agentes y ex agentes de la CIA.
VI
Las dudas sobre el papel de la CIA y el pasado de Graham, Bradlee y Woodward no le quitan al Post el mérito de
haber desarrollado una investigación a fondo de la guerra sucia de la Casa Blanca de Nixon
contra la oposición y los disidentes. ¿Cuál fue el
mérito del Post?, se pregunta Bradlee. En el
fondo no ofrece muchas respuestas ni reflexiones. La respuesta del director del
Post es sencilla: simplemente "haber mantenido el interés nacional
por Watergate". Y de ahí, haber "fijado para siempre a
Watergate en la historia".
Pero había más. La lucha del Post fue muy solitaria.
Ningún periódico le dio seguimiento a la historia como lo hizo el
Post, ni siquiera el Times. Sólo cuando el Post publicó la
historia aconsejada por Garganta Profunda para revelar la existencia de un
grupo especial en la Casa
Blanca dedicado a las tareas secretas de desprestigiar y
espiar a la oposición, los críticos y los disidentes, el Times
mandó la información a su primera plana y, se jacta Bradlee, citó varias veces al Post. Sin embargo, en
los momentos difíciles, el Post daba una lucha solitaria. "Si es
una historia tan buena", se preguntaba Katharine Graham,
"¿dónde está el resto de la prensa?".
La prensa estaba ausente. Y no sólo de la historia sino de los
méritos. A pesar de su gran esfuerzo de investigación, ni el Post
ni Woodward ni Bernstein fueron nominados para recibir los premios Pulitzer de
periodismo en 1973 sobre notas publicadas en 1972. Bradlee
y el Post se indignaron. Pero al final, los medios hubieron de reconocer que
nadie merecía ese premio más que el Post, aunque con un jaloneo
de última hora. Cuando le dieron al Post el premio por servicio
público --el más codiciado de la lista--, Woodward y Bernstein
quedaron fuera porque el premio era para el diario. Al final, el principal
orgullo de Bradlee fue haber colocado al Post al
mismo nivel del The New York
Times. Ahora se hablaba, cuenta con orgullo, del Times y del Post. "Esa
había sido mi meta secreta", diría Bradlee
en sus memorias.
Pero Watergate quedó en la historia, aunque ésta haya cambiado.
La prensa fracasó en su cobertura del Monicagate
de William Clinton. Al final, el sistema político norteamericano
pareció haber quedado inmunizado de los cuestionamientos de la prensa. Y
hasta el propio Watergate quedó en su nicho. La película Dick
resultó una parodia de Watergate, Woodward y Bernstein eran dos
reporteros despistados, Garganta Profunda se redujo a dos niñas
adolescentes que cuidaban el perro del presidente y que escuchaban cosas que le
pasaban al Post. Y nadie protestó por ello.
De todo el cuadro de actores de Watergate, el único que quedó en
el limbo fue Garganta Profunda. Y hay muchas razones para que su identidad no
se conozca nunca, aun después de muerto. Pero una de ellas podría
ser la más importante: la identidad de Garganta como un funcionario del
área de inteligencia del gobierno de EU, podría llevar a una
reevaluación crítica del Post en el caso Watergate porque
entonces podría interpretarse que el diario fue sólo un
instrumento de intereses más poderosos, probablemente de la CIA en una operación
doméstica prohibida por la Constitución. De ahí que la
identidad pueda quedar guardada para siempre en el más absoluto secreto.
El Post, finalmente, logró su objetivo de convertir a Watergate en una
hazaña de lucha por la credibilidad de la prensa. Y lo tuvo que
reconocer el propio secretario de prensa de Nixon, Ronald Ziegler, uno de los
críticos más severos contra el diario en sus conferencias
diarias. Un día después de las renuncias de los dos principales
colaboradores de Nixon, Bob Haldeman y John Ehrlichman, un periodista le preguntó a Ziegler si
no le debía una disculpa al Post. El vocero de Nixon respondió:
-- Si pensamos en ello, tal y como están las cosas en este momento,
sí. Pido disculpas al Post y pido disculpas al señor Woodward y
al señor Bernstein. Debo decir que los errores fueron en términos
de los comentarios. Fui excesivamente entusiasta en mis comentarios acerca del
Post, sobre todo si se les contempla dentro del contexto de acontecimientos que
han tenido lugar. Cuando nos equivocamos, nos equivocamos, y en este caso lo estábamos.
Ziegler guardó silencio unos segundo, Luego
retomó el hilo:
--Pero...
Otro periodista lo interrumpió y le dijo:
-- No empieces otra vez, Ron.
Los modelos de Mailer
En su ensayo sobre Watergate de 1985, Norman
Mailer aventura algunas hipótesis sobre el caso pero las disfrazó
de "modelos epistemológicos" de la siguiente manera:
Modelos
I.-- Aun cuando falte la mitad de las piezas
del rompecabezas, cabe la posibilidad de que algo encaje. Pese a los huecos, la
imagen quedará más o menos visible. Incluso si han desaparecido
la mayor parte de las piezas, es posible disponer de un mosaico suelto con los
elementos aislados. En estas circunstancias, la posibilidad de entrever la
figura completa es pequeña, pero no se ha perdido del todo. Es
precisamente la misma que uno preferiría conocer con certeza si las
pocas piezas restantes pertenecieran al mismo conjunto.
II.-- Quizá los fragmentos de un espejo
roto, en vez de las piezas dispersas de un rompecabezas, nos den un fundamento
más sólido para el desarrollo de la metáfora. Al fin y al
cabo, no estamos frente a la realidad, sino ante la imagen de una realidad que
se sube hasta la superficie en el espejo roto de los medios masivos de
comunicación.
III.-- Lo importante es no olvidar que estamos
interpretando acciones extrañas. Hombres al parecer honestos se encubren
mutuamente. Debemos recordar que una vida vivida bajo una máscara
produce en el actor un estado mental crónico no muy distinto de esos
peculiares momentos en que uno, mirándose muy insistentemente al espejo,
llega a reconocer que la cara que lo mira a uno tiene que ser
--inexorablemente-- la propia. Y sin embargo no lo es. Lo que el espejo refleja
son nuestras vicisitudes --pero no nuestra alma--; porque otro día, y
delante de otro espejo, allí estaremos nosotros, abrumados, pero
luciendo una imagen espléndida.
IV.-- Sin duda, la dificultad es
análoga a la que se supone escribir un poema que sólo conste de
nombres, números, objetos, conjeturas, habladurías, globos de
ensayo, insinuaciones y otros fragmentos sueltos de la prosa.
V.-- A veces, dice el avispado observador,
"pienso en esa historia de Howard Hughes, tan temeroso de los microbios
que mantiene a Jean Peters en el extremo opuesto de
la habitación. Y me pregunto: ¿y si el miedo a las bacterias
hubiese sido una ficción y el doble de Howard Hughes no se hubiera
atrevido a acercarse demasiado a Jean Peters?".
VI.-- Difícilmente hubo en el caso
Watergate un episodio que no nos fuera presentado en forma tal que pareciese
más estúpido que lo que hubiera podido razonablemente ser.
¿O será más exacto decir que aquello que
esperábamos percibir es más brillante que el nivel en el cual
hemos sido estimulados a percibirlo?
Imprimir
|